Que si convocar algún que otro referéndum sobre la independencia… Que si impedir que la bandera de España ondee en los lugares públicos y oficiales… Que si quemar retratos del Rey… Que sin silbar el himno nacional… En fin, todo eso. Una y otra vez. Cansinamente.
Todos los gobiernos de España, sean del signo que sean, han favorecido los nacionalismos. A veces porque lo necesitaban para gobernar el Estado. A veces no se sabe por qué: quizá por cálculo electoral, como se ve bien en los partidos socialistas vasco y catalán. Se piensa que volviéndose ellos “un poco nacionalistas” podrían arañar votos a los nacionalistas.
El resto de España está ya bastante harto de estas maniobras. A veces se ha respondido intentando campañas para que se dejen de consumir productos catalanes y vascos, pero esto no es justo, porque ese furor independentista no viene de la mayoría de la gente, sino de los políticos y de algunos intelectuales. Las empresas vascas y catalanas lo que quieren es vender, como todo el mundo.
No tiene sentido, y es inconstitucional, que en esas autonomías se planteen consultas sobre el independentismo.
Llegado el caso, lo más lógico sería un referéndum en toda España para consultar al entero pueblo español sobre si se concede la independencia al País Vasco y a Cataluña.
Con toda probabilidad saldría que no. Pero se puede especular con la posibilidad de que saliera un sí. Se les diría a esos políticos nacionalistas: “no es que vosotros os vayáis, es que os echamos”.
¿Adónde irían en una Europa que tardará años y años en ajustar su funcionamiento económico, sin el cual la ruina sería general? No es culpa de la mayoría de la gente vasca o catalana. Es el pesado abejorro de una cuantas voces paletas y anacrónicas en un mundo globalizado.
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