La educación en España deja mucho que desear. Harían falta más recursos, que ahora no se tienen. Pero todo el dinero del mundo no bastaría si no se da lo esencial: las ganas de educar.
Hay que ir a las raíces: eso es ser radical. En educación la raíz es, por parte de quienes enseñan, tener esa vocación. Pero no se valora mucho la vocación ni para educar ni para casi nada. Se valoran el beneficio económico, la fama y el éxito.
Al ampliarse los años de la obligatoriedad de la enseñanza, se necesitan muchos más profesores. No pocos y no pocas van a la docencia como un medio de ganarse la viva: muy legítimo, pero no incluye necesariamente la vocación.
Hay que tener hoy muchas ganas de educar; además, en un clima social que ha producido ya generaciones de niños y adolescentes con escasa inclinación al esfuerzo intelectual, lo que se advierte por el casi odio que muchos sienten ante la lectura. No se trata de leer por leer, sino que la lectura es la forma más fácil de estudiar.
Con tantas máquinas electrónicas -movimiento, acción, todo táctil-, leer letras parece lo más aburrido del mundo. Como no van a desaparecer las maquinitas (que también tienen su lugar: cada época inventa sus juguetes), se necesitan profesores y profesoras con verdadera pasión para enseñar a amar la palabra y, más adelante, el concepto, la idea y el símbolo.
Solo con pasión por educar, corrigiendo errores de políticos e ínfulas de algunos pedagogos, se puede conseguir que al menos una importante minoría salga de las aulas mejor de lo que entraron.
Que todo se arregle invadiendo la calle con una camiseta verde: lo dudo. Es un desahogo, a veces ideológico –“no gobiernan los míos”-, pero poco más.
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