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En los 60 años de Israel

Pablo J. de Irazazabal  |  17-05-2008

Por segunda vez en un año George W. Bush, Presidente de los Estados Unidos de América, ha visitado Israel. En esta ocasión lo ha hecho para celebrar el 60 aniversario del nacimiento del país y esta presencia corrobora lo que ha dicho en sus discursos, tanto en el aeropuerto, en donde fue recibido por el Primer Ministro, Ehud Olmert, como en su encuentro posterior con el Presidente Simon Peres: “Estados Unidos e Israel mantienen una fuerte y duradera alianza”.

Luego, el Presidente norteamericano, rodeado por impresionantes medidas de seguridad, se trasladó al Hotel Rey David, que ha sido su lugar de residencia durante su estancia en el país judío. También –hace algo más de 60 años—con casi idénticas medidas de seguridad, se trasladó al mismo hotel el Conde Folke Bernadotte, representante especial de Naciones Unidas, que trataba de poner orden en la complicada situación que ha caracterizado a la zona prácticamente desde que utiliza el nombre de Israel. No en balde este nombre viene a significar algo así como “el que pelea con Dios”. Como es sabido, el Hotel voló por los aires –como consecuencia de un atentado terrorista—y el Conde Bernadotte no necesitó siquiera la incineración.
Dicen, y no hay por qué dudarlo, que la confrontación entre árabes y judíos fue el primer problema que se sometió a Naciones Unidas cuando se puso en marcha en 1946. La ONU sentenció en 1947 desmarcando las zonas:
• Un Estado Judío
• Un Estado árabe-palestino
• Una situación especial para Jerusalem y los Santos Lugares.
Inútil es recordar que de los tres puntos sólo se ha conseguido el primero. La noche del 14 de mayo de 1948, unas horas antes de que expirase el Mandato de Gran Bretaña sobre el territorio judío, sus habitantes cambiaron la bandera tricolor británica por la bicolor –blanco y azul con la Estrella de David—de un nuevo país. Eso es lo que se conmemora ahora.
Por cierto, que las instituciones –armadas, civiles, administrativas—que iban a regir el nuevo Estado, no tenían bandera y el pueblo llano actuó por su cuenta y utilizó la que había diseñado el gran profeta del sionismo, Benjamín Herzl, en el Primer Congreso Sionista, celebrado en 1897. Luego, después de la independencia, Richard Ar´el se encargó, durante diez años, de perfeccionar la heráldica y el protocolo.
Al día siguiente de la declaración de independencia cinco estados árabes declararon la guerra al neonato país, creyéndolo presa fácil. Se equivocaron, porque el conflicto bélico que se liquidaría en 1949 fue la primera de las victorias que se han ido encadenando hasta 1973. Y, después, la guerra continua. Un goteo –a veces chaparrón—de muertes en las que se inscriben, indiscriminadamente, hombres, mujeres y niños.
Lo malo del nacimiento de Israel es que está asentado sobre dos nombres que huelen a muerte: Haganá e Irgun Zwei Leumi. A falta de Ejército regular, dos bandas de terroristas, absolutamente convencidas de que el fin justifica los medios, situaron a la naciente Israel entre la familia de los pueblos. Y estos precedentes han servido a los enemigos –los árabes—para imitar el ejemplo. Hoy  hablamos de Hizbullah, o de la Jihad Islámica (lo cual es una redundancia), o de Al Qaeda que creen, con idéntica fe, en la misma aberración de que el fin justifica los medios. Ya no se puede hablar de Derecho Internacional, sino de Derecho de las Bandas Armadas y de su oficio: el terrorismo.
Al mismo tiempo que Israel celebra, con legítima alegría, su aniversario, los telediarios, las primeras páginas de los periódicos, las emisiones de radio se llenan de sangre: en Irak, en Afganistán, en El Líbano, en la India, en España. Matar se ha convertido en una obsesión desenfrenada y el dolor, contenido o desbocado, es el factor común que acompaña a imágenes que el presentador televisivo de turno califica como “muy duras”.
Y, además, a estas tragedias que promueve el hombre con su maldad, se superponen las que ocasiona la naturaleza que, con su inmensa fuerza, multiplica por miles la muerte, la destrucción, el horror. Malos días estamos viviendo.