Crónica Económica

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Anticlericalismo

Pedro Chamorro  |  21-03-2008

En momentos de profunda reflexión cristiana, dónde buscamos en nuestro interior y en la propia fé, las respuestas a los sinsentidos que vemos a diario, nos encontramos, paradójicamente, con aptitudes y posturas propias de otro siglo.

Hace pocas fechas, un familiar muy cercano, acudió a hablar con el sacerdote y párroco, de la localidad de Cee, en el corazón y profundidades de la Costa de la Morte, para solicitar fecha al efecto de bautizar a un niño en dicha localidad. La respuesta del cura fue, no sólo preguntar si los padres estaban casados, cosa lógica, sino advertir en tono prepotente y de forma inadmisible en la aptitud, que si alguno de los padrinos elegidos no estuviere confirmado que ni se planteara la posibilidad de bautizar al recién nacido, al menos en su parroquia.
Ante semejante memo, anclado sin duda en el Concilio de Trento, virrey de los ignorantes y desesperados y cacique de los profetas del desastre y otras hierbas, que sin duda disculpa y justifica a sus colegas protectores y cohabitadores de la ? sobrina? de turno en la casa rectoral, en aras a una soledad infinita, (que harían entonces las monjas de clausura papal, por ejemplo), pero incapaz de permitir el acceso a los sacramentos a un recién nacido, arquetipo de la inocencia, cuyos padres acuden a la Iglesia para solicitar la incorporación de un nuevo miembro y compañero en la fé.
Actitudes como las de este tipo, no solamente conducen a no incorporar a una nuevo miembro a la iglesia de Cristo, sino a perder a cerca de diez adeptos, entre los que me encuentro junto con el resto de la familia, que manteniendo nuestra fé de carboneros intacta y haciendo un profundo acto de contricción, nos reafirmamos en nuestra creencia en Cristo y rechazamos su representación en la tierra, compuesta por residuos como el descrito, cuya catadura moral raya lo inadmisible.
En siglo en que nos encontramos, dónde tratamos de convivir con diferentes culturas y creencias, en aras a crear una Babel en paz y fraternidad, respetándonos unos a otros y adaptando el mensaje de Cristo de ayudar al prójimo, de proteger, fomentar y aumentar la familia, educar de nuestros hijos en el respeto y la tolerancia, lo que menos necesitamos, y creo que la Iglesia tampoco, es a imbéciles pretenciosos, escondidos tras unas sotanas de rancios olores y secretos marchitos, vociferando y vomitando en un púlpito todo tipo de arengas e interpretaciones de las realidades que nos rodean, ajenas al mensaje pastoral y que constituyen la recreación del infierno semanal, en la falsa creencia que de esta forma estarán asegurados los ? clientes?.
Lo que necesitamos de verdad, en esta sociedad materialista y pretenciosamente pragmática, en un médico de almas, el viejo pastor de la antigua Galilea, que conocía perfectamente a su rebaño, que acudía a las casas de sus feligreses sin ser llamado y se incorporaba a la mesa familiar, como un miembro más de la familia, que velaba por el bienestar espiritual de su rebaño, consolaba a los niños, ayudaba a los ancianos en el tránsito final y en definitiva, colaboraba y enriquecía el desarrollo de la familia, que al fin y al cabo es la base de nuestra fé.