Pablo J. de Irazazábal | 21-03-2008
Mucho me temo que, a los cinco tradicionales aros que simbolizan el mundo olÃmpico ?azul, negro, rojo, amarillo y verde?haya que añadirles muy pronto un sexto de color morado. Significará, claro, el dolor, el luto, la huella que la violencia está dejando en todo el mundo.
Los Juegos OlÃmpicos (JJ.OO.) son algo menos que lo que pensaba de ellos el voluntarioso Barón Pierre Fredy de Coubertin: ?Olimpia y las olimpiadas son sÃmbolos de una civilización entera, superior a paÃses, ciudades, héroes militares o religiones ancestrales?. Para no acudir a una Historia remota ?y hablamos siempre de los JJ.OO. de la Época moderna, es decir, a partir de finales del s. XIX- puede hablarse de la mala conciencia que dejaron dos convocatorias, sucesivas, la de 1980 ?celebrada en Moscú?y la de 1984 ?con sede en Los Angeles (Estados Unidos).
A la primera, a la que se negó a asistir el gran paÃs americano, dejaron de presentarse 65 paÃses; a la segunda, a la que no quiso estar presente el gran paÃs soviético, dejaron de acudir 14 representantes.
Ahora, a un tiro de piedra del inicio de los JJ.OO. del 2008 ? la convocatoria está fijada entre el 8 y el 24 de agosto?surge el aplastamiento, una vez más, del punto más alto del mundo, el Tibet, por el Gobierno de Beijing. Curiosamente muy pocos claman por los Derechos Humanos, sino por el peligro que puede derivarse para el normal desarrollo de las competiciones olÃmpicas.
El agudo filósofo francés Bernard-Henri Levy sugiere que estas lamentaciones jeremÃacas que se están levantando por el posible quebranto de los Juegos es una verdadera falacia. Occidente habÃa emprendido una jugada de estrategia que ha salido exactamente al revés de lo que pensaba. La tesis se formulaba asÃ: adulemos a China, que se celebren los Juegos con todo el esplendor posible, que los atletas de Beijing asombren al mundo. AsÃ, China se volverá hacia nosotros, estará a nuestro lado. En el Gran PaÃs se establecerán escuelas de democracia para el futuro.
Pues, no. China prohibe. China encarcela. China mata. Y, además, se queja de que el mundo está construyendo una conjura contra la celebración de los Juegos OlÃmpicos.
Una de las consecuencias de la globalización es que todo el mundo se considera en el derecho a exigir a los demás lo que le parece bien para sà mismo. Aquà se ha presentado el ejemplo. Voces muy particulares se han levantado gritando que el Papa no se habÃa pronunciado sobre la muerte de los tibetanos en las revueltas de Lhasa. PedÃan más. QuerÃan que, al condenar estas muertes, añadiese que no se debÃan celebrar los Juegos de Beijing.
Benedicto XVI se ha manifestado ya con enorme claridad: ?Sigo con gran ansiedad las informaciones que nos llegan estos últimos dÃas del Tibet. Mi corazón de padre siente tristeza y dolor frente al sufrimiento de tantas personas?. La violencia no resuelve los problemas, sino que los agrava. Pedimos a Dios Todopoderoso, fuente de luz, que ilumine las mentes de todos y dé a cada uno el coraje para elegir la senda del diálogo y la tolerancia?. Naturalmente, de Juegos OlÃmpicos, ni palabra.
La situación es muy confusa. No puede ser de otra manera cuando se ciegan las fuentes de información, cuando se expulsa ?sin explicación alguna?a los extranjeros que han tenido la curiosidad de asomarse por allÃ. A los pocos dÃas se han permitido unas imágenes de TV. Pero la voz no se corresponde con lo que presentan las cámaras: las dos docenas de viejÃsimos tibetanos que allà aparecen no pueden ser los ?esbirros del Dalai Lama? que pretenden hundir a China en su camino hacia los Juegos OlÃmpicos. Además, el Dalai Lama ha declarado que si la violencia sube de tono, él dimite.
Son duras ?pero muy creibles?las palabras de Bernard Henri Levy: ?No cambiemos los papeles. Son los chinos los que están estropeando la fiesta. Son ellos los que están pisoteando los principios del olimpismo. Son ellos los que hacen que la llama que, los próximos dÃas, cruzará el Everest, pase literalmente por encima de los cuerpos de hombres de oración y de paz asesinados?.
En aquella época siniestra que se llamó Gran Revolución Cultural de China --mediados los sesenta del pasado siglo- los chinos redujeron a escombros 6.000 monasterios budistas. Nadie dijo nada. No se habÃan perjudicado los intereses comerciales de ningún paÃs importante.
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