Pablo J. de Irazazábal | 26-04-2008
Tres de los cuatro últimos Papas –Pablo VI, Juan Pablo II y el actual, Benedicto XVI—han visitado los Estados Unidos de América del Norte. Los tres han sido recibidos no sólo con respeto, sino con cordialidad e, incluso con entusiasmo, lo que demuestra que no se trata de una adhesión a la persona, sino a la Institución.
.La primera conclusión a la que han llegado los seguidores del viaje de Benedicto XVI es que los norteamericanos, mal que bien, son un pueblo religioso que hace honor a su motto: “In God we trust”. Aparte, naturalmente, del gran número de católicos que justifican el viaje del Sumo Pontífice.
La segunda conclusión es que debe calificarse la actuación de Benedicto XVI con un Sobresaliente alto. Ha dejado respirar humildad, cordialidad, afectuosidad y, por supuesto, religiosidad. La manera con que ha afrontado el espinoso tema de los sacerdotes pederastas ha sido ejemplar, dejando en claro que la Institución –la Iglesia—es perfecta, pero que los que pertenecemos a Ella somos capaces de todos los errores y todos los horrores. Y los cometemos.
La tercera conclusión es que el Papa se ha manifestado como un verdadero padre. En el punto cero de Nueva York, cuando pasaron ante él varias personas que representaban a las víctimas del 11-S, se pudieron observar dos detalles significativos: 1) El 99% de los que se acercaron al Santo Padre doblaron su rodilla para besar el anillo del Pescador y no todos ellos eran católicos. 2) Todo podía hacer creer que sería el Papa quien dijera algunas palabras a los que pasaban. Pero no. Al contrario, quienes desfilaron ante el Santo Padre fueron ellos los que hablaron. Como si Benedicto XVI se hubiera sentado en el confesionario y se acercasen a él los contritos penitentes.
La cuarta conclusión es que, en la Santa Misa celebrada en el Estadio de los Yankees, hubo un fervor difícilmente contenido y un deseo previo que se hizo notar cuando se presentaron más de 200.000 solicitudes para llenar un aforo de 57.000 localidades.
Quedan por reseñar los dos puntos que podíamos calificar de políticos en la visita:
Pero todo eso está al margen. La intención, la buenísima intención, la intención paternal de Benedicto XVI, ha quedado a una altura inmejorable, demostrando que sus 81 años sólo son el reflejo de una maravillosa primavera.
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