Pablo J. Irazazabal | 05-07-2008
UNA COMUNIDAD
En 1950 un historiador polaco, el Profesor Oscar Halecki, publicó un libro de reducidas dimensiones titulado “Límites y divisiones de la Historia Europea”. El libro no gustó demasiado a Toynbee, por disconformidad en los cortes “espacio-tiempo” indispensables para el estudio de la Historia.
Pese a todo, en el prólogo al libro de Halecki, Christopher Dawson afirma con absoluta sinceridad:
“Este libro es el único que conozco –quizá el único que existe—que responde a la pregunta ¿qué es Europa?. Y la contesta de una manera que hace justicia a la complejidad del problema sin que por ello pierda de vista ninguno de sus factores relevantes”.
Por un proceso progresivo de acumulación de factores el Profesor Halecki llega a esta definición que –pese a las objeciones estimables de Toynbee—puede aceptarse como suficientemente válida:
“Europa es la Comunidad compuesta por todas aquellas naciones que, en las condiciones favorables de un Continente pequeño, pero diverso, aceptaron y desenvolvieron la herencia de la civilización grecorromana transformada y elevada por el Cristianismo, dando así a los pueblos libres ajenos al antiguo Imperio acceso a los valores permanentes del pasado”.
Halecki precisa que esa Europa tiene una “edad” cuyos límites podrías establecerse entre el año 950 y el 1950. La objeción global de Toynbee a esta definición es que Europa quedaría reducida a la suma del “concepto náutico” –emanado de los egeos—y una connotación cultural. Esto llevaría a una identificación de Europa con la “civilización occidental”, lo cual, por otra parte, no debería desagradar al historiador británico pues, al contrastar los tres grandes criterios que definen a una “civilización” –Estado Universal, Iglesia Universal y Volkerwänderung, o migración de pueblos—con la definición de Halecki se producen algo más que semejanzas.
En efecto, en la “civilización occidental” el Estado Universal es Roma; la Iglesia Universal, el Cristianismo y la Volkerwänderung la migración de los pueblos bárbaros que, a la postre, fueron subsumidos en la fuerza de la cultura grecorromana.
En su intento por ser estricto y contradecir la tesis Halecki, Toynbee afirma que no se puede hablar de un Cristianismo unitario pues, aunque lo fuera el latino-occidental y el grecoortodoxo, habría que contar también con el cristianismo nestoriano y el cristianismo monofisita, sustraídos al entorno geográfico de Europa.
Aunque Toynbee conceptualmente pueda tener razón, la realidad cotidiana se la quita. Cuando nos admiramos ante una Catedral de Francia, Alemania, España, Italia o Gran Bretaña; cuando quedamos en suspenso por la gradiosidad de la música de Bach, Beethoven, Mozart o Brahms; cuando profundizamos en la esencia del Derecho Público o Privado, creemos siempre –y con razón—estar recono-ciendo la presencia de Europa… o de la civilización occidental.
Se quiera o no se quiera, cuando Spengler habla de la “Decadencia de Occidente” está hablando de la decadencia de Europa. De lo contrario, dejaríamos perpetuamente a Europa en las astas de Zeus convertido en toro. Es decir, no pasaríamos del Mito.
Hay un detalle más. Esencial. La componente del Cristianismo en el “hacerse de Europa”, en el “ser Europa”, no es un accidente complementario, sino un núcleo esencial.
Halecki afirma:
“El Cristianismo penetró tan profundamente la civilización europea que, junto con la herencia grecorromana que había salvado, formó definiti-vamente la mentalidad europea”.
Gonzague de Reynold es tajante:
“Civilización europea es sinónimo de civlización cristiana”.
Reconocer que nuestro enlace cultural con el ayer remoto pasa por la custodia que del saber hicieron las abadías medievales es una evidencia. Y el mismo Arnold Toynbee, en su “Estudio de la Historia” no se recata en decir:
“Cuando Benito de Nursia escribe la regla benedictina y fija en ella el cultivo de los huertos, está escribiendo el futuro de los siete siglos que siguieron”.
No en balde, Benito de Nursia, San Benito, sería nombrado Patrón de Europa.
Retomamos ahora la definición de Europa para recordar que empieza así: “Es la Comunidad…”. Término difícil que necesita precisión.
El Profesor Lozano Bartolozzi, antes de iniciar su “Ecosistema político”, hace una agudísima observación: “Una leyenda entiende la diferenciación de lenguas que surgieron del castigo divino por construir la Torre de Babel, no como una verdadera dispersión en idiomas distintos, sino en el hecho de que los hombres comenzaron a dar diversas interpretaciones a las mismas palabras…por eso es conveniente matizar nuestra terminología”.
Durante la primera mitad del siglo XX se libró una verdadera batalla para precisar las distinciones entre Sociedad y Comunidad. De ese largo combate pueden extraerse las ideas de tres autores:
“La teoría de la Sociedad –dice Tönnies—construye un círculo de hombres que, como en la Comunidad, conviven pacíficamente, pero no están esencialmente unidos, sino esencialmente separados y, mientras en la Comunidad permanecen unidos a pesar de todas las separaciones, en la Sociedad permanecen separados a pesar de todas las uniones”.
Para Freyer:
“Todas las Comunidades son conexiones de espacio, de un efectivo y corporal estar juntos… Para la Comunidad el espacio es algo cualitativamente propio e incambiable. Es ámbito de destino, sistema cerrado e ineludible de condiciones de destino…”.
Y, finalmente, Geiger condensa, como notas esenciales de la Comunidad:
“…Común conciencia y participación de limitación espacial”.
Con estos elementos, reunidos no sin esfuerzo, podemos hacer incursiones en la Historia de Europa. Contemplar que, con Carlomagno, se puede hablar de un proyecto comunitario europeo. Que la Edad del Papado y el Imperio refuerza la idea de Europa. Que ésta resiste una apertura al exterior tan poderosa como la Colonización del Nuevo Mundo o unas rupturas interiores tan graves como la Reforma o las Guerras de Religión.
Sólo el llamado “Siglo de las Luces” abre grietas en la solidez del edificio. La Primera Revolución Industrial actuará de caldo de cultivo para la puesta en marcha del proceso Revolucionario ideológico. Y no es casualidad que el hombre, cercado entre la oferta materialista del capitalismo –herencia de la Revolución Industrial—y la tentación de reemplazar al Dios verdadero por la diosa Razón –hija de la Revolución Francesa—haya sustituido la antigua “común conciencia”, aunque se encuentre en el mismo “límite espacial”.
Incluso este límite sufre conmociones cuando el producto neto de la Revolución del 89 –Napoleón Bonaparte—intenta la construcción de un Imperio que algunos historiadores han querido comparar con el antiguo Imperio Romano.
(continuará)
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