Pablo J. de Irazazábal. | 14-06-2008
Este grito de guerra parece que no es único para la selección nacional de fútbol que dirige Luis Aragonés. Lo utilizaban también los seguidores del Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, cuando emprendió la nada santa guerra contra Irak, que se ha convertido en el baldón de su mandato, a punto de finalizar.
Como una despedida nostálgica, Bush ha decidido recorrer gran parte de la Europa que tan poco ha conocido y que tanto le ha rechazado. En consecuencia, el viaje no está resultando precisamente triunfal. Además, se le está recibiendo con fría cortesía –a excepción del Papa, Benedicto XVI, que ha querido devolverle la acogida que tuvo en Estados Unidos. Entusiasmo, ninguno. Porque el todavía Presidente de Estados Unidos quiere convertirse en banderín de enganche de una segunda aventura que complemente a la de Irak: la cruzada contra Irán. Inútil es decir que se le escucha –la cortesía internacional es muy amplia—pero no se le da esperanza alguna de ayudarle en esa complicadísima idea.
Por otra parte, la Europa que pudo conocer Bush al principio de su mandato –hace ocho años—no es la misma que ahora le despide. En el año 2000 casi todos los europeos creían y amaban la Unión del viejo Continente que se ofrecía como rejuvenecida y alegre. Luego llegó la oferta de Constitución -- que todos dicen elaboró Giscard d´Estaing—y la bofetada propinada por Holanda y, lo que es peor, por la propia Francia. La inteligencia de Angela Merkel y sus buenos modos consiguieron en Lisboa un texto decentito que ha quedado malherido el 12 de junio, jueves, porque los irlandeses lo han rechazado en referéndum. Hasta el momento lo han aprobado 13 países, desde el más tempranero en hacerlo –Rumanía, 4 de febrero de 2008—hasta el último –Dinamarca, 29 de mayo de 2008. España no lo ha aprobado y el Reino Unido, tampoco. Irlanda ya dio el primer susto rechazando el Tratado de Niza en 2001 y los sondeos anticipaban ahora que el 35% de los votantes estaban por el no, el 30% por el sí y había un 35% de indecisos que, al final, al dejar de serlo, parecen haberse decantado por el no. La UE ha tropezado fatalmente. Se habla de arreglarlo con “acuerdos jurídicos”, pero lo escrito es que se debe contar con la unanimidad de los miembros y ésta ha sido rota por los irlandeses. Sorprendentemente el Gobierno, la Adminis-tración entera, los sindicatos, los medios de Comunicación, estaban a favor del sí y ésa ha sido la publicidad que se ha hecho en la isla. Pero un sutil argumento ha calado en la decisión de los votantes: “No nos tratan en plan de igualdad. La UE es un invento para beneficiar a los países grandes, como Francia o Alemania”.
La primavera de 2008 se ha comportado de manera cruel. De aquel “mes de las flores” tradicional, no queda nada. Las temperaturas y, sobre todo, las agresiones meteoroló-gicas traducidas a inundaciones, tifones, vendavales, etc. han dejado un mal recuerdo que a duras penas se está olvidando. Y ha llegado el petróleo. Después de la guerra del Yom Kipur –en 1973—y dado que todavía se hablaba de la “Guerra Fría”—vinieron las revanchas de los árabes manejando a su antojo la producción y el precio del crudo y, como aquel invierno fue muy duro, se dijo que estábamos en la “Guerra del frío”.
Bueno, pues aquí está su segunda edición. Y no porque la temperatura sea la de un invierno sin piedad. Pero el barril Brent, que se cotizaba a dos dólares en 1960, se pasea ahora por la altura de los 150. Y, como todos parecemos depender del oro negro, los precios suben, las huelgas con ellos y ¡en 2008!, con toda la tecnología lanzada al viento, se habla de desabastecimiento de productos básicos. Gentes atemorizadas confiesan: he llenado la nevera con carne, con leche, con frutas… he llenado también el depósito de gasolina (o de gas-oil) del coche. Las mismas gentes se enfadan: ¡que no me hablen de Macroe-conomía, yo lo que quiero es llegar a fin de mes en mi casa!.
Fuera de Madrid no he podido comprar mis periódicos habituales. Esto me ha hecho pensar en la globalización. Para nadie es un misterio que este término nació en la acelerada mente de Marshall McLuhan, el genio canadiense de la Comunicación que trabajó la mayor parte de su vida en Estados Unidos. El habló, antes que nadie, de la aldea global, de donde ha venido a tomarse la palabra –y su contenido—globalización.
Ya se sabe la historia de McLuhan. En el principio sólo existía la tribu, la reducida tribu, y el Jefe y el hechicero –que muchas veces se confundían en la misma persona—podían hacer que su mensaje llegara a todos con facilidad. Pero la tribu aumentó y ya no era posible dirigirse a todos los miembros al mismo tiempo. La evolución del hombre permitió salvar las dificultades: se inventó la escritura. Con un inconveniente: que había que aprender a leer y a escribir. Y siguió la evolución: apareció la radiofonía, que esquivaba los auténticos obstáculos y añadía dos ventajas, la inmediatez y la rapidez de transmisión. Y, ya, en cascada, la televisión, los satélites… El mundo podía hablar, con orgullo, de la aldea global. Amplia, sin límites, pero con comportamientos homogéneos en todas las esquinas del planeta.
Y ahora resulta que esa amplia aldea ha quedado reducida a la pequeña tribu de los primeros tiempos. No tenemos –a causa de las huelgas—ni pan, ni leche, ni carne, ni fruta. Ni periódicos. Vamos, una globalización de categoría regional.
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