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Los “juegos “ de guerra

Pablo J. de Irazazabal  |  16-08-2008

Naturalmente, a las víctimas y sus familiares, estos que yo llamo juegos de guerra ni les parecen lúdicos ni les hacen gracia alguna. Las estadísticas –siempre erráticas—dicen que, en la confrontación entre georgianos y rusos, ha habido 3.000 muertos, y los familiares no se cuentan. Hay muchos, pues, a los que no les gustan los juegos.

Para conmemorar el aniversario –63 años ya—de las dos grandes bombas de la Historia: el 6 de agosto, Hiroshima; el 8 de agosto, Nagasaki, Georgia (la del Cáucaso, claro) y Rusia se han enzarzado hasta el límite de misiles y aviones supersónicos en una disputa que muchos analistas califican de doméstica.
Otros han clamado con voces de profeta apocalíptico. Dos filósofos franceses, André Glucksman y Bernard-Henri Levy, en un artículo conjunto (nunca sabré cómo se escribe un artículo de este tipo; un libro, todavía, pero un artículo…) han dicho cosas como éstas:
 “Hay que salvar, aquí y ahora, a una democracia amenazada de muerte. Porque no se trata solamente de Georgia. El caso afecta también a Ucrania, a Azerbaiyán, a Asia Central, a Europa del Este y, por lo tanto, a Europa. Si dejamos que los tanques y los bombardeos arrasen Georgia, les estamos diciendo a todos los vecinos, más o menos cercanos a la Gran Rusia, que jamás los defenderemos, que nuestras promesas son papel mojado, que nuestros buenos sentimientos se los lleva el viento y que, por lo tanto, no pueden esperar nada de nosotros”.
Al español medio le resulta difícil situarse en el Cáucaso, allá en dónde los estudiosos vascos sitúan el nacimiento del euskara, los historiadores descubren a los alanos (esos que, en la volkerwänderung de Toynbee, se hacen medio padres de  nuestra civilización) y todos los contemporáneos fijan el nacimiento de ese seminarista exclaustrado que se convirtió en el mayor asesino de todos los tiempos, es decir, Stalin.
Pero, a ese español medio, le interesa saber una cosa: que ha habido dos Guerras, aparentemente finalizadas, cuyas consecuencias todavía están por conocerse en toda su magnitud. Se trata de la Segunda Guerra Mundial (GMII) y esa estupidez histórica que todos hemos convenido en llamar Guerra Fría. Precisamente por no cerrar bien la GMII se abrió el paso a la Fría.
En 1945 el mundo occidental, o los Aliados vencedores, o como se quiera llamar, empezaron a cometer equivoca-ciones: se dejó a los rusos llegar hasta donde no tenían que haber llegado, se creó ese monumento a la estulticia que es la ONU y, sobre todo, se hurtó a ésta los dos grandes temas de la posguerra:  los juicios que se llevaron a  Nüremberg y la liquidación general de la Guerra, que se fue a Potsdam. Los hombres –millares de hombres—que trabajan a diario en los edificios levantados sobre los terrenos que regaló Rockefeller, acabaron admitiendo la condescendiente gracieta de Churchill: “Más vale chacharear-chacharear, que guerrear-guerrear”. Y así vamos penando con el pesado fardo del artículo 27 e inmediatamente siguientes –la descripción del Consejo de Seguridad—a las espaldas. Por estas concesiones se dio a la URSS tres votos de regalo para unos países que no tenían la condición de tales, pero que acabaron desequilibrando votaciones y votaciones.
Y en la Guerra Fría, hasta la caída del muro de Berlín, hubo que tolerar todas las impertinencias de la Unión Soviética, desde la erección del propio  muro hasta la mala educación de los funcionarios –en nuestras propias carnes—soportada en el “checkpoint Charlie”, por ejemplo.
Y, en este cúmulo de "inepcias”, pasaba la desorganización de los Balcanes o la progresiva descomposición de la URSS, hecha realidad a partir de 1991. Allí estaban los orígenes de esa incongruencia de Kosovo, que unas veces se alaba y otras se denigra –según convenga—o la débil articulación de esa franja en la que aparecen los nombres de Georgia, o de las dos Osetias o Abjacia.
Ahora Georgia quiere hacer valer sus derechos –probablemente excediéndose en la argumentación, porque el lanzamiento de misiles bélicos no se estudia en el Derecho Internacional,  ni Público, ni Privado—y Rusia replica en idéntico tono, poniendo en línea batallones de vehículos blindados y aviones de la última generación, aprovechando que un importante oleoducto pasa por las proximidades de Gori, la cuna de Stalin.
Menos mal que ese político, controvertido pero eficaz, que se llama Nicolás Sarkozy, ha acudido rápido en su calidad de Presidente –“pro tempore”—de la UE y ha conseguido que Putin, Mijail Saakashvili –presidente prooccidental de Georgia—la UE, la OTAN, la ONU y, en general, la opinión internacional, den por bueno un plan de paz de seis puntos que fácilmente se resume en dos: que cesen las acciones de violencia y que los contendientes se vuelvan a sus posiciones iniciales. Eso que los técnicos llaman “statu quo ante”.
Y a los miles de muertos, ¿quién les restituye a la situación anterior?. Los juegos de guerra son muy peligrosos.