Pablo J. Irazazabal | 28-06-2008
El no de Irlanda a la ratificación del Tratado de Lisboa –lo que significa un frenazo a la integración de los europeos—ha puesto sobre la mesa las grandes preguntas: ¿es ésta la Europa que queremos?. O, peor, ¿sabemos la Europa que queremos?. Incluso, ¿Qué es Europa?.
Desde el 12 de junio de 1985 o, si se quiere, desde el 1 de enero de 1986, una afirmación parece haber hecho fortuna en España.
La repiten, hasta la saciedad, los políticos.
Se hace eco de ella el hombre de la calle.
Y, naturalmente, la han incorporado a su repertorio los humoristas que desempeñan su tarea de espejos de la Sociedad:
¡Ya somos europeos!.
Pero esta afirmación, aparentemente tan sencilla, no puede aceptarse sin reflexión. Vivimos en el siglo de la Comunicación y, admitiendo que Marshall McLuhan pueda tener razón al decir que “el mensaje es el masaje”, no podemos someternos a él sin saber qué mensaje estamos recibiendo.
En principio, decir que somos europeos sería, simplemente, una tautología. La Geografía, la Cultura y la Historia –tres coordenadas para la situación en el espacio—nos integran en Europa, en lo que se ha llamado Europa. Somos europeos desde siempre.
Un breve adverbio de tiempo –ya—es el que obliga a reflexionar: ya somos europeos. La interpretación gramatical no deja lugar a dudas: se está diciendo que no éramos europeos y que lo somos a partir de la firma de adhesión de junio de 1985 o de la entrada en vigor de lo firmado, en enero de 1986.
DOS EUROPAS DISTINTAS
Como no se puede admitir la contradicción –ser y no ser, al mismo tiempo—la única salida posible es preguntarse si se está hablando de la misma cosa. Si el término Europa es multívoco y son dos Europas distintas las que aparecen separadas por los acuerdos políticos.
La respuesta, desde luego, es afirmativa.
Pertenecemos, por herencia de siglos, a una Europa y hemos ingresado, hace muy poco tiempo, en otra.
Esta sencilla deducción es grave e importante. Aunque no nueva. Oswald Spengler escribía, en los años treinta del pasado siglo, de la “Decadencia de Occidente”, y el rumano Gafenku titulaba una de sus obras “Los últimos días de Europa”, con referencia a la Segunda Guerra Mundial.
A nadie se le oculta que los conceptos “Europa”, o “Civilización Occidental” han aparecido históricamente como sinónimos. De modo que habrá que aceptar –aunque sólo sea a efectos dialécticos—que una Europa, en algún momento de nuestro tiempo, ha muerto. Y que otra –también en nuestra historia contemporánea—ha renacido.
Se habla mucho de Europa. En temas esenciales, como son la integración, o en temas que no lo son tanto, pero que constituyen una realidad de hoy: Eurovisión, competiciones deportivas, proyectos técnicos o concursos de canciones.
Y aquí surge la sospecha. En un momento, no tan lejano, al hablar de Europa se tenía que partir de un hecho consumado: había una Europa del Este y una Europa del Oeste. Gafenku tenía razón al señalar los días de la Segunda Guerra Mundial como los últimos de Europa porque, desde 1945, quienes tanto tuvieron en común durante siglos anteriores estaban formando dos mundos no sólo diferentes, sino claramente antagónicos.
¿QUÉ ES EUROPA?
Pero hay más. Aunque Europa hubiera quedado reducida a la que, después de 1945, se llamó “Occidental”, la confusión sigue en el aire. ¿Qué significa la presencia de Israel en todos los concursos, deportivos o líricos, que llevan la calificación de europeos?. En las semifinales del reciente Campeonato de fútbol europeo fue eliminada la selección de Turquía mientras los políticos se quiebran la cabeza para saber cómo pueden habilitar a los turcos para que formen parte de esa Europa que se debate.
Indudablemente, la Europa de hoy es, por muchas razones, distinta de la de ayer.
Todo esto obliga a la precisión de las definiciones. Tenemos una concepción intuitiva de Europa pero, realmente, ¿qué Europa? O, dicho con más claridad, ¿qué es Europa?.
Arnold Toynbee –el gran historiador británico—ha buceado en la etimología del nombre de Europa varios siglos antes de Cristo y en el concepto que tenían los marinos egeos:
“Podría ser –escribe Toynbee—un disfraz griego de la voz fenicia ereb que corresponde a la arábiga ghard, que significa la región oscura, en la que el sol se pone en Occidente; o, si no se trataba de un término técnico tomado por los marinos griegos de sus confreres fenicios, sino de una palabra griega, podría significar la terra firma de ancha faz, es decir, un continente, por extenderse de manera continuada y sin presentar una brecha a través de la cual un barco pudiera pasar, a diferencia de las islas del archipiélago, alrededor de cuyas limitadas costas el marino egeo habría aprendido a abrirse paso”.
“Esta interpretación literal de la palabra sea tal vez demasiado racional para resultar convincente; otra posibilidad es la de que el Continente de Europa haya derivado su nombre de una deidad de ancha faz, porque era bovina. La Princesa tiria Europa –Herodoto, Libro I, cap. 2—que fue robada, según el mito helénico, por Zeus en forma de toro, probablemente era una deidad en forma de vaca y, según nuestra fantasía, podemos identificarla con la Hera de cabeza de vaca o con la deidad encarnada en una ternera a la que los helenos conocían como Io y los egipcios como Hathor”.
Dos elementos, pues, para la definición: el uno, muy concreto, el físico-geográfico; el otro, puramente mítico. La idea del Mito se empieza a manifestar en los albores de la precisión europea.
A partir de ahí, la verdad es que Toynbee ofrece un bosque de erudición para presentar lo que no es Europa, pero muy pocas oportunidades para adivinar lo que es Europa. (continuará)
Encuentra información actualizada de nuestra sección de OCIO.