Pablo J. de Irazazabal | 12-07-2008
El Congreso de Viena, en 1815, a la caída de Napoleón, intenta “reordenar Europa”. Pero las piezas del puzzle no encajan con facilidad. Especialmente cuando dos partes importantes del mapa –Italia y Alemania—no han encontrado aún su identidad nacional definitiva en la Europa de aquel tiempo.
Y es, precisamente, cuando Italia y Alemania alcanzan su perfección nacional, el momento en que las grietas abiertas un siglo atrás acelerarán el proceso de descomposición.
1870 es un año muy importante, no sólo para la Historia de Europa, sino también para la del mundo. Al unificarse Italia, Pío IX se encierra voluntariamente en el Vaticano. Al unificarse Alemania se desatará la Guerra francoprusiana y el vencedor, Otto von Bismarck, es hombre que habla en exabruptos –“¿Europa?, ¡Qué estupidez!”--. Y es 1870 el punto de partida de una competitividad colonizadora europea en busca de las materias primas que necesita la segunda fase de la Revolución Industrial.
Bismarck ha vengado las ofensas de Napoleón a los prusianos, pero ha abierto una profunda sima en el corazón de Europa. Los países europeos se vierten al exterior, pero no en una empresa que lleva en sí misma la “común conciencia” –como lo fue la colonización de América en los siglos XV y XVI—sino en una feroz carrera imperialista por el poder y el dominio comercial del mundo.
La suma de estos factores y algunos más, conexos con ellos, desembocará en la tragedia de 1914, en la Guerra que primero es llamada “europea” y, más tarde, quizá a efectos estadísticos, ha sido calificada como “Primera Mundial” o GMI.
La catástrofe material de este conflicto se pudo medir en millones de cualquier moneda. La catástrofe humana, como siempre, no es mensurable. La catástrofe histórica es que, por primera vez, Europa fue incapaz de resolver sus propios problemas. Y una potencia extraeuropea, aunque hija de la misma civilización occidental, desembarcó en el Continente para sellar el resultado definitivo de la contienda y para dejar, también, los cadáveres de sus hombres en los cementerios europeos.
La mayor desgracia de la Guerra de 1914 es que no constituyó un final, sino un principio. Alemania no olvidó la derrota y preparó, sistemática y progresivamente, su venganza. Los totalitarismos pulverizaban el ingenuismo de utópicos proyectos europeos. ¿Qué otro desenlace podía preparar aquel escenario –contemplado desde la perspectiva de hoy—que la Segunda Guerra Mundial o GMII?.
Es imposible comparar esta nueva tragedia con cualquiera precedente. Nunca antes se había alcanzado tal grado de destrucción. Nunca se habían desatado los odios hasta tal extremo. Y el cataclismo bélico directo apenas fue un indicador de las consecuencias que produjo.
Quizá, si aportó algún dato positivo –en el caso de que pueda utilizarse esta palabra al hablar de guerra—fue su carácter de límite en el horror, la idea del “nunca más en adelante algo que se parezca a esto”.
Y, aunque se luchó en cuatro de los cinco continentes, Europa sufrió, como no podía ser menos, el mayor castigo. Hasta el punto de pensar que había muerto o que su muerte definitiva se produciría en los años inmediatamente siguientes a la Guerra.
Europa había perdido su unidad geopolítica y, con el mismo nombre antiguo, se admitían dos apellidos distintos: el Este y el Oeste.
Europa había perdido su papel de protagonista y muy especialmente el que desempeñara entre 1870 y 1914. Por segunda vez en treinta años desde el otro lado del Atlántico llegaban los auxilios salvadores. Pero, en esta ocasión, y a diferencia de lo ocurrido en 1919, con una cierta vocación de permanencia.
Era tal la desolación de este viejo Continente, tan orgulloso de sí mismo, que permitió escribir a un observador norteamericano:
“¡Hasta qué grado de descomposición parecen haber llegado tantas cosas como vemos allí actualmente!. ¡Qué fútil intentar salvar a Europa que no hace nada por salvarse a sí misma!.
EL RENACIMIENTO DE EUROPA
Sin embargo, Europa renació. O, quizá, sea mejor decir que nació una nueva Europa con algunos, con bastantes –por supuesto no todos—elementos de la Europa antigua. Me atrevería a decir que nacía una nueva Europa que reorganizaba sus cenizas sobre un montón de intereses materiales y aceptaba la herencia de su Historia a beneficio de inventario.
Una Europa que, por referencia a Estados Unidos, de donde podía venir la salvación, pretendía sumergirse en el “way of life” norteamericano utilizando el “way of think” europeo. Sólo el futuro diría si esto es posible.
En cualquier caso había nacido, con todas sus conse-cuencias, una “civilización atlántica”, filial de la “civilización occidental”. Y, en esto, quizá por vez primera, estuvieron de acuerdo Arnold Toynbee y Oscar Halecki.
BUSCANDO LA UNIDAD PERDIDA
Que no todos los europeos eran tan ajenos a la reconstrucción de Europa como el pesimista norte-americano, citado más arriba, veía a su alrededor, queda registrado en el esfuerzo de los que hicieron Historia buscando la unidad perdida.
Un muy notable trabajo del Profesor Leandro Benavides recogía estos empeños en el número de “Nuestro Tiempo” correspondiente al mes de Junio de 1957, tres semanas después de la firma del Tratado de Roma. Allí aparece relatado el largo calvario del “europeísmo” desde el “Pan Europa” del Conde Coudenhove Kalergi, en 1924, a la cita romana de 1957. Y es muy conveniente recordar las últimas palabras de la cita esperanzada que Benavides hace de Kalergi:
“Mientras sean solamente unos miles de personas los que crean en la Pan Europa, ésta será una utopía: cuando haya millones que crean en ella, será una realidad”.
La diferencia entre las utopías de los años 20 y las concreciones de los 50 es que, en la Belle Epoque todavía se admitía la especulación; en la Guerra Fría se trataba, descarnadamente, del ser o no ser.
Hay que descartar las casualidades en la Historia. Por eso, en un juego vital en el que estaban implicados –más que nadie—los alemanes, se acudió a los precedentes. Las 39 parcelas de identidad política con acento germánico que contempló el Congreso de Viena, bajo la forma de Imperio, Reinos, Principados o Ciudades Libres, sólo llegaron a la Unidad Nacional después de que, en 1834, empezase a funcionar la “Deutscher Zollverein”. Una idea económica ponía las bases para una futura realización política.
Por eso, en la posguerra mundial, aunque el buen sonido lo ponían las palabras de Churchill, de Spaak o de Alcide de Gasperi, los carriles para la circulación del convoy los pusieron el Plan Marshall, la OECE y el Benelux.
Churchill, que había galvanizado a los británicos durante la Guerra con su “sangre, sudor y lágrimas”, repitió la suerte con todos los europeos clamando desde la Universidad de Zurcí sobre el advenimiento de la iron courtain. Pero fue Robert Schumann, Ministro francés de Asuntos Exteriores quien puso en marcha la máquina al proponer, el 9 de mayo de 1950, la que había de ser la primera de las Comunidades, la del Carbón y del Acero, CECA.
Con esta experiencia y los fundamentales trabajos de Messina en 1955, pudo llegarse a la firma del Tratado de Roma el lunes 25 de marzo de 1957… a la una de la tarde.
Es muy posible que algunos de los ciudadanos del Benelux, Francia, Italia y Alemania dijesen, como nosotros hoy, ¡ya somos europeos!. No lo creo. Pero, en el hipotético caso de que lo dijeran, habría que volver a empezar, como si se tratase de un estribillo: Pero ¿Qué Europa?.
Al final de los 40, durante los 50 y también en los 60 podían espigarse estas ideas europeas:
La pragmática.- “Espero ver una Europa en la que los hombres y las mujeres de cada país tengan igual conciencia de ser europeos que de pertenecer a una patria determinada y en la que doquiera que vayan, en este vasto dominio, digan de verdad: aquí estoy en mi casa”. (Winston CHURCHILL).
La del orgullo herido.- “Ciento cincuenta millones de europeos no tienen derecho a sentirse inferiores a nadie. No hay país, por muy grande que sea, capaz de mirar con desdén a 150 millones de europeos dispuestos a estrechar filas para salvarse”. (Paul Henri SPAAK).
La de los utópicos conversos.- “Deseamos unir a Europa para levantar, por medio de un mercado continental y una moneda estable, el nivel medio de vida de millones de europeos desde la situación actual de profunda miseria. (COUDENHOVE-KALERGI).
La de los escépticos.- “Europa nunca ha existido. No se trata de una suma de soberanías nacionales en cónclave que crea una entidad. Tenemos que crear, de verdad, Europa”. Jean MONNET.
Ante esta innegable variedad de opiniones no es extraño que se produjera la confusión de la Torre de Babel matizada por el Profesor Lozano. En la traducción textual del Tratado de Roma que publicó la “Revista de Política Internacional”, del Instituto de Estudios Políticos de Madrid, el artículo 1º está redactado así:
“Por el presente Tratado las Altas Partes Contratantes crean entre ellas un Mercado Común Europeo”.
No tengo la ingenuidad suficiente para pensar que todos los españoles hayan leído el Tratado de Roma. Pero, cuando las confusiones se inician en lo alto, es lógico que las bases circulen por el caos. Cuatro de cada cinco españoles, sea cual sea su “status” socioeconómico y político, han utilizado indistintamente los términos “Mercado Común” y “Comunidad Económica”, los consideran sinónimos y prefieren el primero. Es más fácil entender la palabra “Mercado” que la palabra “Comunidad”. Y la confusión se mantiene hoy que los dos términos han pasado al olvido por la existencia de la Unión Europea que tiene ya 27 miembros y está estudiando la admisión de alguno más.
La confusión es grave. Es lástima que no se hubieran difundido ampliamente las precisiones terminológicas de José Miguel de Azaola en las tres espléndidas conferencias que pronunció –creo que en la Universidad de Deusto—en torno al Tratado de Roma. Es preciso caminar por las etapas de la Unión Aduanera –arancel común frente al exterior--; Mercado Común –Unión Aduanera que se enriquece, entre otras cosas, con las libertades de circulación de personas, mercancías y capitales—y Comunidad Económica, que es el Mercado Común coronado por la importantísima adición de las autoridades supranacionales.
La traducción del texto del Tratado de Roma aparece hoy bien distinta en los instrumentos de Documentación. Ahora se puede leer el artículo 1º redactado así:
“Por el presente Tratado las Altas Partes Contratantes crean entre ellas una Comunidad Económica Europea”.
Ya dijo Jean Monnet –a quien se llama “padre de Europa”—que: “El Mercado Común no es un producto, es un proceso”. La Comunidad sí puede ser un producto.
Por muy elemental que parezca, no podemos crear Europa, ni creer en Europa, mientras hablemos del Mercado Común. De otro modo nuestra incorporación europea no pasará de la preocupación por la homologación de precios o la repercusión del IVA.
Cuando incorporemos el término Comunidad o Unión, empezaremos a estar en el buen camino. Estaremos buscando la “común conciencia”.
Es sólo el punto de partida. Más importante aún es dotar esa proyección de “Comunidad” de su verdadero sentido. Es preciso inyectar en ella la savia del Cristianismo. Si no tenemos el coraje suficiente para ello apenas podremos pasar de la “Europa de los mercaderes”, de la ficción del “ejecutivo burócrata” con oficinas encristaladas en Bruselas y eficientes Secretarias bilingües.
No puedo por menos de recordar la vigorosa energía del Gran Juan Pablo II en su discurso europeísta del 9 de noviembre de 1982 en Santiago de Compostela:
“Yo, Juan Pablo II, hijo de la nación polaca, que se ha considerado siempre europea por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos. Yo, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del Cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡VUELVE A ENCONTRARTE. SÉ TU MISMA!. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás Continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Sería pretencioso añadir algo a estas palabras. Sólo quiero revivir una experiencia personal, de años atrás, en Estrasburgo. Caminaba por el Boulevard Wilson pensando en la incongruencia de esta denominación en una de las ciudades que se considera más europea.
Escuché, como ocurre dos veces al día, las notas de “La Marsellesa”, en honor al ilustre hijo de la ciudad, Rouget de Lisle. Y seguí pensando que aquello casaba mal con la idea de Europa, puesto que la Revolución Francesa había sido un factor de corrosión.
Llegué al Parlamento Europeo y creí estar en la reunión del Consejo de Administración de una Empresa, de una gran Empresa, sí, pero nada más.
Pero, al anochecer, asistí en la maravillosa Catedral de Estrasburgo a un espectáculo de “Luz y Sonido”. Escuchando la música de Bach y viendo los juegos multicambiantes de la luz que ascendía por las airosas columnas góticas y descansaba en los arcos ojivales, allí, sí, creí estar en Europa.
Encuentra información actualizada de nuestra sección de OCIO.