Crónica Económica

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“Le jour de gloire est arrivé »

Pablo J. de Irazazábal  |  19-07-2008

Charles De Gaulle medía casi dos metros de estatura. Nikolás Sarkozy, no. Sólo llega a 1,68.
Charles De Gaulle nunca dio origen a un escándalo en su vida matrimonial con Ivonne Charlotte Anne Marie Ventroux de la que tuvo un varón y dos hembras. Nicolás Sarkozy, desde que se iniciaron las elecciones que le han llevado a la Presidencia, parece más personaje de revistas del corazón que de los editoriales políticos. Su divorcio de la biznieta de Albéniz y su boda con Carla Bruni, ya instalado en El Elíseo, son un ejemplo.

Charles De Gaulle tenía como objetivo la grandeur de la France. Nicolás Sarkozy, también. Pero se ve que por procedimientos y caminos distintos.
De Gaulle, en su lucha por el engrandecimiento de Francia, dejó una molesta aureola de mal genio no reprimido, de malos modos, de intransigencia. Winston Churchill no podía soportarle.
En cambio, Sir Winston se hubiera regocijado con este Sarkozy que pone, en todo lo que hace, un alto grado de glamour. Su última obra de arte ha sido la Conferencia del Mediterráneo que ha sabido combinar con la festividad nacional del 14 de julio y el inevitable desfile por los Campos Elíseos a los acordes de “La Marsellesa”.
La que yo he llamado Conferencia del Mediterráneo se llama, en realidad, I Cumbre de la Unión por el Mediterráneo y demuestra la habilidad y el oportunismo del Presidente galo:
• En primer lugar, esta unión es, en siglas UPM, no tan distinta del UMP, que es el Partido de Sarko
• En segundo, el huésped de El Elíseo recoge una iniciativa que despreció Barcelona en 1995. Y ha decidido que si los peces del Mediterráneo no hablan, como en tiempos, catalán, que pasen a hablar francés
• En tercero, asume la lección de la ONU –con su fracaso como Organización Hegemónica Universal—y se aplica a las organizaciones regionales, como pretendió, no con mucho éxito, la Organización madre. Así, si no funciona la Unión Europea (UE), que lo haga la Unión por el Mediterráneo.
De momento, todo han sido éxitos:
• Se han congregado a la Mesa de plácemes (llamémosla así porque “negociaciones” o “deliberaciones” ha habido pocas), según las Agencias de Información 35 Jefes de Estado y de Gobierno, que luego se han convertido en 40 y, enseguida, en 42, quizá recogiendo al Príncipe Alberto de Mónaco y al Secretario General de la ONU, Ki—Moon, que habían quedado descolgados.
• Sarko ha rizado el rizo y si la presencia de Abú Mazen, Presidente de la Autoridad Palestina, era ya un hito, porque Ehud Olmert, Primer Ministro israelí, estaba sentado a pocos metros de distancia –cuando ambos se dieron la mano subió la adrenalina-- , el récord quedó superado al aparecer en escena Michel Suleimán, reciente Presidente de Líbano, y, sobre todo, el Presidente sirio Bashar Asad, considerado –hasta ese momento—una de las “bestias negras” de las tres cuartas partes de los reunidos. También hubo saludos –no sé si cordiales, al menos respetuosos—entre el libanés y el sirio, lo que permite clausurar 60 años de olvido diplomático entre los dos países.
• No se llegó, claro, a los saludos entre Asad y Olmert. Eso no hubiera sido apto para cardíacos.
Sarko siguió haciendo imposibles y llevó a sus invitados al desfile del Día Nacional. Entre ellos, claro, al Presidente sirio, quien despertó entre muchos de los asistentes bastante más que rumores. Pero el desfile fue un éxito: a pesar de la presencia de Bashar Asad –acusado por los silencios y las miradas de los ofendidos—y a pesar de las protestas de la clase militar, castigada con la reducción de plantilla y la remoción de Altos Mandos.
Indudablemente Sarko es un mago y, con tan difíciles mimbres –su popularidad en baja, Asad contestado, Olmert a la espera de un juicio que puede costarle el cargo y la carrera política—ha conseguido hacer un bello objeto, que no se sabe bien lo que es, pero que resulta muy agradable.