Crónica Económica

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Una aproximación, desde dentro, a la saga Medina Sidonia

Redacción  |  15-05-2008

Medina Sidonia A veces los autores de libros semi-histórico o casi biográficos, se convierten, sin quererlo, en protagonista de la crónica, del acontecer de las cosas que a lo largo de las páginas del libro se cuentan. Eso es, de alguna manera, lo que sucede con este libro documento sobre los últimos representantes de la familia Medina Sidonia. Su aparición coincidiendo con la ,muerte de la llamada “duquesa roja” , le proporciona una especial actualidad, lo llena de morbo.
En el libro, Íñigo Ramírez de Haro intercambia narraciones personales, en las que los personajes de la historia son los protagonistas, con planteamientos e forma de interrogación en los que el mismo expone sus tesis sobre temas como la aristocracia y su realidad en el siglo XXI, el valor de las tradiciones, la monarquía, etc. En función de los intereses de cada lector es aconsejable o apetecible uno u otro capítulo. Si lo que se quiere es pasar un buen rato, nuestra recomendación se centraría sobre los capítulos : Gabriel, Pilar, Leoncio Alonso, El Capi, Sanlucar de Barrameda, Leoncio y Luisa Isabel.


Porque, efectivamente, la historia de la duquesa roja −fallecida en marzo de 2008−, sus hijos y su viuda es una historia de grandes pasiones, fervores ideológicos, traiciones domésticas, amores prohibidos, apropiaciones indebidas y abandono. Es la historia de la familia aristocrática más antigua de España, incluso más que los mismísimos Borbones; es, por tanto, la Historia de España. ¿Qué piensan la duquesa de Medina Sidonia y sus hijos de las violentas disputas familiares? ¿Qué opinan de la sociedad y la monarquía? ¿Qué dicen de ellos quienes los conocen bien? ¿Son una vergüenza para la aristocracia o, por el contrario, unos inconformistas que no callan ante la injusticia?
En definitiva, la historia de una saga de vidas turbulentas, al margen de las convenciones, que cuando cruzan, estallan.

El autor Íñigo Ramírez de Haro es ingeniero aeronáutico, diplomático, filólogo y escritor. Es el XX marqués de Cazaza en África, título concedido por los Reyes Católicos al III duque de Medina Sidonia en 1504 para tomar la villa de Cazaza tras haber conquistado Melilla, hoy un desierto.



 


El caso Medina Sidonia


Iñigo Ramirez de Haro


La esfera de los libros


 


Por gentileza de la editorial se reproduce el primer capítulo del libro


 


¿PARA QUÉ SIRVE LA ARISTOCRACIA EN EL SIGLO XXI?

Tú, Íñigo, sabes que la vida es difícil. No absurda sino difícil. Y aquí estás en medio de la vida, con más dudas que certezas, todavía, afortunadamente, a veces cansado y otras con muchas ganas de nove¬dades, mientras las ganas no te fallen. Porque tú sabes que la vida es un problema de ganas, de curiosidad. Las ganas hacen aguas y ahí te quedas. ¡Las ganas son caprichosas! Van y vienen como las mareas. La vida es larga, ya has vivido muchas cosas, e inevitablemente te entra la sensación de más de lo mismo y de que ya lo has hecho todo: que la vida era esto…

¿La vida era esto? Se te van las ganas de vivir. Te entra el pavor de no tener ya más ganas. ¡El hilillo que une a la vida a veces se vuelve tan fino! Estás en el reflujo de la marea, o como dice el hombre del tiempo, en las bajas presiones. Y esperas. Esperas porque en anteriores reflujos siempre apareció algo, si no ahora no estarías aquí, y tal vez lo que llaman experiencia es que has aprendido a esperar y por lo tanto a confiar en que un nuevo reflujo renovará las ganas y recuperarás la acción como en las tragedias griegas. Has aprendido tranquilidad. Antes, hasta te rondaban ideas de suicidio, como recomendaban los estoicos cuando ya no se veía salida para ahorrarte la decrepitud. O incluso por lo que sugería Montaigne: «La muerte más voluntaria es la más hermosa».

Ahora esperas. Esperas a que vuelvan las ganas antes o después. Hasta ahora siempre han vuelto. Se te hace difícil vivir sin ganas, como sospechas que vive la mayoría, esa vida común y previsible que si mucho no te equivocas es lo que llaman felicidad.

¿Es eso la felicidad? La cuestión es que estando en estas esperas, en estos pensamientos, tú comprendes de pronto que nunca has aspi¬rado a la felicidad, que no te interesa, que sí, que entiendes que sea tan importante para otros, pero que a ti definitivamente se te queda chica. Te interesa otra cosa, otra cosa que no sabes muy bien qué es ni cómo se llama. Y te pones a buscarla. Y piensas y estudias y pregun¬tas… Preguntar, algo tan insólito en este país. Te puedes pasear por una ciudad tras otra, que a la gente sólo le interesa el forastero como excusa para su predicación. En España no se pregunta: se predica.

¿Por qué no se pregunta en España? El otro, el que viene de fuera, es la oportunidad para soltarle un monólogo. Tú oyes constantemente el discurso de la despreocupación, el no te compliques, el buen rollete, la vida es más simple, consiste en gozar de las cosas pequeñas de cada día, el café de las mañanas con el periódico, la familia, el placer de una buena comida, la amistad, el amor, viajar… Sí, sí, todo está muy bien y te calmas durante un tiempo. Te viene a la memoria el poeta Cernuda:

Siento esta noche nostalgias de otra vida,
quisiera ser el hombre común de alma letárgica,
que extrae de la moneda beneficio,
deja semilla en la mujer legítima,
sumisión cosechando de la prole,
por pública opinión ordena su conciencia,
y espera en Dios, pues frecuentó su templo.

Piensas que aún eres joven para sentirte tan viejo. Que hay más. Que quieres vivir… Que quieres preguntar: ¿cómo, dónde, cuándo se sabe que estás vivo? Y piensas. Y estudias. Y miras a tu alrededor… Y llegas a una primera constatación: hay gente para la que vivir es un dejarse llevar por la vida; hay otros que toman la vida por los cuernos y se esfuerzan por crear algo nuevo. Los primeros inevitablemente se rigen por la costumbre, la tradición, lo que han rumiado otros; los segundos aspiran a la excelencia.

¿Excelencia? Esa palabra enterrada en la Historia que apenas oyes ya hoy día… Es más, que incluso sospechas que produce rechazo en los circuitos oficiales políticamente correctos.A ti te interesa mucho y te pones a rastrear de dónde viene la excelencia y recuperas los libros fun¬dadores de nuestra civilización: la Ilíada y la Odisea. Allí la excelencia es simplemente la «virtud», y se llamaba areté.A los más «excelentes», a los «mejores», se les conoce como los aristoi. O sea que el término actual «aristocracia» no significa nada más que el gobierno de los «excelen¬tes». ¡Qué interesante! Dos mil ochocientos años después, todavía existe una cosa llamada «aristocracia» que en realidad significa «excelencia». No es fácil encontrar otro concepto que haya sobrevivido tantos siglos sin cambiar. Si «aristocracia» significa «excelencia», no puedes evitar una duda: ¿son nuestros «aristócratas» actuales los «mejores», los «excelen¬tes» de nuestra sociedad, como hace dos mil ochocientos años?… Te salta una respuesta rápida, pero mejor no precipitarse… Prefieres ponerte a investigar: empiezas por examinar qué es eso de la «aristo¬cracia» en la sociedad actual. Sin ir más lejos, te sorprende de entrada toda una serie de síntomas llamativos…

¿Qué síntomas? Tú sabes que a lo largo de la Historia de España, y del mundo en general, la aristocracia ha copado todas las institucio¬nes públicas y privadas que configuran el poder y el prestigio de una sociedad. ¿Sigue siendo así? Cuando examinas el panorama actual des¬cubres con sorpresa que apenas hay ya aristócratas en el gobierno, en la banca, en las altas finanzas, en las academias de letras, ciencias o artís¬ticas, en la diplomacia… Empiezas por el síntoma más obvio, el cul¬tural. Repasas la presencia de aristócratas en la vida cultural actual y no sólo no encuentras ningún nombre de relieve entre los creadores, como viene siendo de rigor desde el XIX, sino que tampoco entre los inves¬tigadores o en las academias, como sí había hasta hace poco. Cambias de tercio y piensas que el económico será un baluarte más seguro.Ahora que, como siempre, el dinero epata tanto y en los periódicos y revistas salen continuamente las listas de los más ricos del mundo, resulta que entre las cincuenta primeras fortunas de España sólo hay dos o tres aris¬tócratas. Apenas tienes que retrotraerte en el tiempo cuando, en pala¬bras de Domínguez Ortiz, «parecía probable que una tercera parte de las rentas de España pertenecieran a la nobleza».

¡Y todavía hace cuarenta o cincuenta años los aristócratas consti¬tuían la mayoría de los más ricos! ¡Menuda caída en picado! Te olvidas de la economía y confías en que la cantera histórica de la aristocracia, la política, seguirá funcionando bien. Compruebas las composiciones de los gobiernos actuales, de los parlamentos, de los partidos políti¬cos… ¡Pues tampoco! ¡Ningún nombre como tal! Como tal, por¬que tú sabes que sí. Sabes que los que fueron ministros como Soledad Becerril o Íñigo Cavero, y algunos otros, sí son aristócratas, como sin ir más lejos, una de las políticas de más éxito en la actualidad, Espe¬ranza Aguirre, ex ministra de Cultura, ex presidenta del Senado, pre¬sidenta de una Comunidad Autónoma, posible futura presidenta del gobierno de España…

¿Por qué todos ocultan su condición de aristócratas? En el caso de Aguirre, de alta aristócrata, condesa de Murillo consorte, Grande de España, madre del marqués de Villanueva de Duero, Grande de España, y del conde de Villariezo. Te resulta aún más llamativo, por no decir alarmante, que en su biografía autorizada y corregida por ella misma, donde te enteras de hasta los detalles más nimios de su vida, en nin¬gún momento del libro se menciona su condición aristocrática. Es curioso porque tú sabes que en privado, entre sus amistades y familia¬res, en los clubes sociales restringidos, no sólo sí usa el título nobilia¬rio sino que además le encanta y se jacta de ello. Y te sorprende aún más cuando hace gala de defender una ideología conservadora que ensalza la tradición española.

¿Qué está pasando para que una política tan votada se avergüence tanto de su condición? ¿Será que la aristocracia ha caído en tal des¬prestigio en España que para conseguir el respaldo popular hay que ocultar vergonzantemente la realidad? El caso de Esperanza Aguirre es aún más paradójico porque todo el mundo conoce su condición aris¬tocrática y no parece que le cambiaría nada el voto. Te intriga tanto disimulo. En su biografía, a su marido le llama «hombre de campo». ¿«Hombre de campo» quiere decir campesino o terrateniente?

¿Por qué tanto disimulo? ¿Tanto ocultamiento? ¿Tanta vergüenza? ¿Tanta hipocresía? Disimulo, vergüenza, hipocresía, la tríada dominante en la sintomatología actual de la aristocracia. Ciertamente, una nove¬dad en la Historia de España, donde difícilmente se puede imaginar a un liberal —lo que sería hoy un socialista—, como el conde de Roma-nones, o incluso a un revolucionario antiborbónico, como Prim, conde de Reus, disimulando vergonzantemente su título. Y lo curioso es que no representa el caso aislado de un político concreto sino que se da en otros ramos y en otros países. Hace poco un amigo marqués, fran¬cés, me contaba su diálogo con la portera de su nueva casa:

PORTERA. —Encantada de trabajar para usted, señor marqués. MARQUÉS. —No, por favor, no me llame señor marqués cuando me vea con mis amigos. PORTERA. —A mí me gustan mucho los marqueses. He servido muchos años en sus casas. MARQUÉS. —Sí, pero conmigo no; mi reputación caería por los suelos.
PORTERA. —¿Y cómo quiere que le llame?
MARQUÉS. —Llámeme por mi nombre de pila: Alphonse.
PORTERA. —Así lo haré, señor marqués.
MARQUÉS.—¡Noooo!

Y para colmo de síntomas, ¡cuál no será el declive actual de la aris¬tocracia que hasta en un largo reportaje reciente El País habla bien de ella! Ya no la critica como ha sido la tónica en los periódicos progre¬sistas de los últimos trescientos años. No por nada, Ortega calificaba a España de país «aristófobo».

¿Pero es que ha quedado tan inane la aristocracia? El diagnóstico parece evidente: el desprestigio de la aristocracia. ¡Desprestigio cultu¬ral, desprestigio económico, desprestigio político… y hasta despresti¬gio social! Y, sin embargo, a pesar de todos estos síntomas irrefutables, la cosa es más complicada, cuando no, paradójica, porque si la aristo¬cracia goza de tanto desprestigio, de dónde el éxito de personajes como la duquesa de Alba…

¿Quién es la duquesa de Alba? Si examinas su biografía, aparte de unos supuestos romances con bailarines, toreros y folclóricos, ¿qué ha hecho de excelente? Que cada uno conteste lo que quiera, pero a ti te parece irrebatible que si no fuese duquesa de Alba, esa señora sería una perfecta desconocida. Y lo mismo con otros aristócratas más o menos grotescos que pululan por las revistas del corazón y la televi¬sión. Es decir, no son particularmente excelentes, pero interesan, sig¬nifican algo todavía para esta sociedad. Luego a partir ya de este primer esbozo nos encontramos con una constatación patente: la aristocracia ya no interesa salvo para cierto folclore.

¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado para que la tradicionalmente soñada, añorada y codiciada aristocracia se haya convertido en un reducto depre¬ciado y despreciado que corre grave riesgo de convertirse en una «espe¬cie en extinción», como los gorilas? Porque el síntoma más contundente es que por primera vez en la Historia los nuevos ricos, los magnates de la industria, las finanzas, la política o las artes no aspiran a conseguir un título nobiliario para ellos ni intercambian fortuna por título casando a sus hijos e hijas con títulos arruinados, como ha sido una constante desde siempre. No quieren pertenecer a la aristocracia; no les interesa; no les aporta beneficio alguno; no la ven más que como un vestigio del pasado a olvidar. Ante este panorama contradictorio, decides salir a la calle y preguntar a unos y otros: «¿Para qué sirve la aristocracia en el siglo XXI?».

Descubres al poco que las personalidades que vas contactando rehúyen las entrevistas. Unos, amablemente, como Felipe González; otros, no tanto, como José María Aznar; y otros ni siquiera responden…

¿Será que no les interesa? ¿Será que es una «estupidez», como te contesta Gonzalo Anes, presidente de la Real Academia de la Histo¬ria, para no hablar más? Te paras un momento: ¿es una estupidez? Nunca se sabe; pero sospechas que si te riges por esta noción tan difusa y sub¬jetiva, entonces puedes prescindir de casi todo lo que se publica actual¬mente. ¿O es que no es una estupidez la mayoría de lo que te rodea, incluidas esas instituciones rimbombantes y rancias? No, la estupidez no sirve como concepto porque no va por ahí la cosa. ¿No será que, por el contrario, hay demasiada precaución para no ser incorrectos? ¿O se puede llamar simple y llanamente miedo?

¿Por qué tanto miedo? Por ejemplo, otro de los que rechaza la entre¬vista, el marqués de Tamarón, uno de los pocos aristócratas no vergon¬zantes que ha intentado hasta tener el título en el carné de identidad, con un notable historial de servicio público, además de escritor, arguye que prefiere callar por no decir lo que realmente piensa de la aristocracia. Y esta cantinela la repiten muchos otros. ¿Por qué tienen que callar lo que realmente piensan? De otros asuntos ves que no paran de rajar…

¿Será censura? En España sigue habiendo miedo y censura en algu¬nas cuestiones. ¿O autocensura? Tú sabes, y en tus propias carnes, que sí hay autocensura, y mucha, y que te temes una regresión histórica si se compara con hace veinte años cuando se decían, se escribían, se dibu¬jaban, se representaban y se cantaban cosas que hoy parecen impensa¬bles… Porque si la aristocracia es algo tan pasado, obsoleto o estúpido, ¿por qué tanto rechazo?, ¿por qué ese miedo? En definitiva, la crítica de la aristocracia es tan vieja como la Historia. Ya en las Cortes de Segovia de 1386, con Juan I, se lee: «Porque avemos entendido que algunos ommes malos […] dizen algunas palabras o rrazones muy malas e feas […] contra nos commo contra los de nuestro consejo e ofiçia¬les, e contra otros grandes de los nuestros rregnos…».

Una buena parte de la literatura occidental se ha alimentado de satirizar a los aristócratas. El mismo Erasmo, no sospechoso de radical, hacía que un sabio consejero le dijese a un joven aspirante a noble: «A menos que seas un experto jugador de cartas y dados, un consumado rufián, un bebedor pertinaz, un extravagante descarado y domines el arte de pedir prestado y baladronear, y por añadidura tengas el mal fran¬cés [sífilis], casi nadie creerá que seas un caballero».

Casi peor que un conocido odiador de la aristocracia, como el labo¬rista inglés Dennis Healey, cuando afirmaba: «Las clases altas en cada país son egoístas, depravadas, disolutas y decadentes». Su primer ministro laborista, Lloyd George, liquidaba el papel histórico de la aristocracia con la célebre frase: «Justo como el aroma en un pañuelo de bolsillo».

Esta crítica la ha habido siempre, hace honor a la aristocracia, y tú supones que en un buen porcentaje de casos no pasa de la envidia. Como en el divertido soneto del duque de Rivas dedicado a esos crí¬ticos de la aristocracia que, en cuanto pueden, se desviven por entrar:

Detesta Pero Antón la aristocracia y títulos y bandas escarnece […] mas luego con arte y eficacia en la Bolsa o garito se enriquece, y con poca vergüenza medra y crece […] en bajezas e intrigas se deshace hasta esmaltar blasones en su techo: ser marqués, atrapar un alto enlace y ornar con cintas el villano pecho.

Pero, si por lo que parece, hoy ya no, ¿será que finalmente la aris¬tocracia no produce ya más que indiferencia? No hay peor desprecio que la indiferencia.Te viene aquella sentencia lapidaria del siempre oportuno Oscar Wilde en Vera o los nihilistas: «La indiferencia es la ven¬ganza del mundo hacia la mediocridad».

¿Es un problema de mediocridad? Tal vez… ¿O no será que hay algo más oculto? ¿Como un tabú? ¿Incluso algo subversivo? ¿Algo molesto de lo que se prefiere no hablar pero que vuelve una y otra vez con sorprendente virulencia? Tendría gracia que la aristocracia fuese un concepto subversivo, es decir, que subvierte los valores dominantes…

¿Será que la aristocracia es lo revolucionario por excelencia? ¿Que lo revolucionario hoy es precisamente la excelencia? Sí, claro, porque si todos están de acuerdo en que los aristócratas actuales no son los «mejores» de nuestra sociedad, qué ocurre si se invierte la pregunta: ¿son los que nos gobiernan, los aristócratas de hoy, los «mejores» de nuestra sociedad? ¿Un Zapatero, un Aznar, un Felipe González, un Calvo Sotelo, un Suárez y sus gobiernos respectivos son los «excelen¬tes» de nuestra época? Ya te parece oír el grito mayoritario de un gran: «¡Noooooooooooooooooooooooooooo!».

Entonces, ¿quiénes nos gobiernan, si no son los «mejores»? Parece que se aclara un poco: ¿no será que no se quiere hablar de aristocra¬cia, de excelencia, para no poner en evidencia que los que nos gobier¬nan no son excelentes? Entonces: ¿quiénes son los excelentes y dónde se encuentran? Tú sabes que ésta es la pregunta del millón desde que se plantea por primera vez la democracia en Atenas. Inicialmente, ésta se concibe para que la ciudad pueda elegir a los mejores gobernantes, pero pronto, como enseñan los sofistas, no necesariamente ganan los mejo¬res sino los más demagogos, los que más prometen aunque no puedan cumplirlo, los más ricos… Ya enumera Aristóteles en Política los casos en que «los demagogos produjeron la caída de la democracia». Y advierte: «Casi todos los tiranos comenzaron por ser demagogos».

Tanto en Grecia como en las democracias de hoy, tú sospechas que el problema de fondo está relacionado con el hecho de que la exce¬lencia tira por tierra el concepto político más mimado de los últimos dos siglos: ¡la igualdad! Tú vas a cualquier mitin político de cualquier campaña electoral actual en España o en el extranjero y compruebas que la palabra más repetida es «igualdad», junto con sus valores aso¬ciados desde la Ilustración: democracia, libertad, derechos humanos…

¿Igualdad? Lo comprendes y piensas que así debe ser para la con¬vivencia social si tienes en cuenta el horror de las desigualdades, ser¬vidumbres, jerarquías, privilegios y esclavitudes históricos. Hablando de desigualdades y jerarquías, te encanta recordar aquella lección de protocolo que apenas hace cien años todavía decía alguien como la bri¬tánica condesa de Warwick, considerada liberal para su época: «Los ofi¬ciales del Ejército y de la Marina, los diplomáticos o clérigos pueden ser invitados a cenar. Médicos y abogados pueden asistir a garden parties, pero nunca, naturalmente, a comidas o cenas. Quien esté dedicado a las artes, la escena o el comercio, por bien relacionado que esté, no puede ser invitado en ningún caso».

Ha sido terrible, y gracias sobre todo al auge de las fuerzas pro¬gresistas y socialistas laicas y terrenales de todo tipo contra los conser¬vadores que querían, como su nombre indica, conservar, es decir, mantener esas desigualdades en nombre de algún concepto u orden trascendente, hoy se vive en un mundo más igualitario, más justo y más libre en el que todo aristocratismo no sólo está mal visto sino que es condenado y perseguido. Muy bien.Todo está muy claro, es lo políti¬camente correcto y, por lo tanto, lo que te hace biempensante. ¿Pero termina aquí la cosa? El problema es que como siempre con lo humano nunca nada resulta tan sencillo ni cierra bien, afortunadamente, porque existe algo que siempre parece querer olvidarse: la naturaleza.

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