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Un pasadizo lleno de deseos

Redacción Ocio  |  03-07-2008

pasadizo Tres delincuentes, atracan una oficina de cambio en París. Tras repartirse el botín, uno de ellos decide entregar su parte a su antigua novia de la que sigue enamorado y que habita en el pasadizo del Deseo. Poco después, sus compañeras de piso la encuentran muerta en su habitación, en un lago de sangre, con una bolsa de dinero a su lado, y, lo que sorprende a todos, con los pies cortados. Cuando las sospechas recaen sobre Maxime, dueño del restaurante donde trabajan, la comisaria retirada Lola Jost, cliente asidua del restaurante, y amiga de Maxime, decide pasar a la acción e investigar por su cuenta el dramático crimen. Así, de esa manera y de la mano de Dominique Sylvain, acababa de nacer un nuevo personaje de esa larga lista de protagonistas de la llamada novela negra

Han pasado ya algunos años, la ex inspectora ha corrido alguna aventura mas, y  Dominique Sylvain  empieza a ser un personaje conocido en nuestro país, es por tanto, el momento de saber algo mas de esta autora. Su acercamiento al mundo literario , como la de otros muchos autores se inicia con la profesión de periodista. Durante años, esa fue la profesión de Sylvain, pero  el traslado de su marido a Tokio hizo que aquello cambiase. Una vez que sus hijos son ya mayores, el gusanillo de . escribir renace y Dominique se lanza a escribir. Y nace su primer personaje, el detective Bakal. Aunque el éxito no es rápido su representante la anima  y, a pesar de vivir en Tokio, o quizá por ello, nace un personaje que la hará famosa, Lola Host, una “descomunal” – en el amplio sentido de la palabra-  policía, retirada de su trabajo por la muerte de uno de sus  compañeros de trabajo, del que, en el fondo se había enamorado. Los personajes siempre tienen algo que ver con el  autor , o con sus sueños. Así, la policía no tiene  mucho que ver con la autora, pero  Ingrid Diesel, su amiga y colabora, si. Su actitud ante la vida, su reacción ante los acontecimientos, su espíritu y su forma  mantenerse en forma, tienen algo de Dominique Sylvain. Por otra parte, conforme vayamos conociendo los personajes podremos comprobar como sus viajes, los nuevos escenarios responden a viajes y gustos de la autora.
Desde otro punto de vista, la narración los acontecimientos resultan próximas a aconteceres diarios, vivos y vividos y es que la profesión de periodista he dejado huella y la simple lectura de una noticia sirve como pretexto para todo un argumento. De hecho, parte de los personajes de  este “Pasadizo de los deseos” tiene que ver con la realidad en la que vivimos con hechos reales de bandas  atracadoras y sus modos de comportarse.
Por otra parte, algunas maneras de pensar de la autora se trasmiten a los personajes y a los hechos. La tolerancia, la libertad, la importancia de vivir un mundo moderno en el que la tecnología es parte de la vida, el respeto hacia uno mismo, son valores que aparecen entremezclados con el devenir de los acontecimientos que se narran. No es de extrañar que así, las novelas de Sylvain se conviertan en un modo distintos, en un forma diferente de trabajar ese genero policiaco que vuelve a estar de moda y en el que  las mujeres han encontrado, siempre,  un modo de hacerse un hueco importante en el mundo literario. Incluso llegando a la critica social desde este genero. El problema es que los personajes, a veces dan disgustos a los autores y ahora Dominique se encuentra ante una grave disyuntiva. La amiga de la inspectora Ingrid  ha tenido una gran historia de amor, de la que, ni su creadora sabe como  cerrar sin destruir la relación “quasi profesional” de estas dos mujeres. 
De cualquier forma, la saga de personajes no se termina en la pareja de amigas “parisinas”, tendrá  su continuidad en nuevos y quizás mas exitosos personajes. De momento en España tendremos que conformarnos y disfrutar con este deseado pasadizo,  una calle de Paris donde todos los que habitan en ella y sus alrededores, de una u otra forma, se conocen y se relacionan. Un día dos jóvenes camareras que habitan en el pasadizo descubren asesinada a su joven amiga Vanessa. Bellísima y entregada a su trabajo a favor de los niños marginados, Vanesa aparece muerta junto con un saco de dinero y los pies cortados. Al principio todos piensan que el responsable de tan macabro acto puede ser un asesino fetichista, o que es un crimen pasional, quizás ejecutado por Farid, el delincuente que estaba enamorado de ella. Pero pronto todos descartan que Farid sea el autor y las sospechas recaen sobre Maxime, dueño del restaurante Belles de jour comme de nuit, el único establecimiento francés de la calle. Existe la sospecha de que él era amante de Vanesa, y lo que es peor aún, su mujer falleció en circunstancias similares años atrás. 
Lola Jost, amiga de Maxime, se niega a aceptarlo. Lola, comisaria jubilada, mujer de carácter, apreciada por sus antiguos subordinados, decide salir de su retiro impuesto tras la muerte de su compañero en la policía, y se dispone a averiguar quién mató a Vanessa. Bebedora, fumadora empedernida, sabueso tenaz, se verá acompañada en la investigación por Ingrid Diesel, una hermosa masajista americana. Ingrid, mucho más joven que Lola, deportista, sana, jovial, y en muchos sentidos opuesta a Lola, será la compañera ideal de la ex-comisaria, aunque como casi todos en el callejón, esconderá un secreto.
El lector podrá seguir las pesquisas de las dos investigadoras, en las que intentarán averiguar quien era la verdadera Vanessa, la mujer asesinada, de la que cada uno mostrará una faceta, bien la mujer entregada a su trabajo, un soldadito dedicado a los niños, bien la belleza fría, bien la joven ardiente. A la vez se desvelarán los secretos de las compañeras de piso de Vanessa, Chloé y Jadiya, la dramática historia de Maxime, el fotógrafo de guerra herido en el alma por sus vivencias en el campo de batalla y por la pérdida de su esposa, y las motivaciones de las vidas cruzadas de Farid, Noah y Jean-Luc.
El pasadizo del deseo
Dominique Sylvain
SUMA

Por cortesia de lka editorial SUMA se publica el primer capitulo de este libro
París es una rubia... que a todos gusta...». Pues no, no me
gustas, calla de una vez..., estás un poco loca... «Nariz
respingona, aspecto burlón...». Nos tienes hartos de tu nariz y
tu pelo...
«Los ojos siempre risueños...».
Jean-Luc tardó unos segundos en recoger sus pensamientos
desperdigados por la colcha. «La voz de la cantante sale de la
radio despertador —pensó—. Son las cuatro de la madrugada».
Y Jean-Luc recordó que era domingo, el día en el que debían
chocar directos contra un paredón, apretando los dientes
y el culo. Seguro que Noah y Farid le habían gastado una
broma. Eligieron un dial abandonado a la nostalgia y pusieron
el volumen a tope. Si pretendían que olvidara el miedo, no lo
habían logrado. A Jean-Luc le dolía el estómago.
Se levantó, fue al cuarto de baño, se mojó el rostro con
agua fría y miró fijamente en el espejo a un tipo de cabeza rapada
y perilla morena calcado al de la víspera. Se tragó un antiespasmódico,
se vistió y bajó a la cocina.
Allí estaban Noah y Farid ante un café, con cara de circunstancias,
aguantando la risa, eso se notaba. Mordisqueaban
unos biscotes, ambos vestidos de negro y el pelo negro, Farid
ojos negros, Noah azules; al margen de ese detalle, siameses,
siameses del Mediterráneo.
—Eso es París —cantó Farid.
—Cha che París —dijo Noah con la boca llena—. ¿Has
dormido bien, mi querido Jean-Luc?
Farid había cogido mermelada de arándanos, su preferida,
un tentempié antes de renunciar a probar bocado en todo
el día, por el ramadán.
—Como dices que Noah y yo sólo escuchamos rap americano,
hemos querido darte gusto —dijo, mientras bailaba con
las manos, donde brillaban tres anillos de plata.
Farid nunca se los quitaba. Durante los alunizajes, siempre
los llevaba bajo los guantes. Significaban mucho para él, pero
¿qué?
—Yo, man! Lo que nos gusta es darte gusto —abundó
Noah.
—Observa, la Mistinguett remasterizada, ésa es la idea
con la que te has de quedar —añadió Farid, haciendo un nuevo
gesto gracioso que demostraba lo relajado que se sentía.
Farid estaba satisfecho de sus manos; y también podía estarlo
de su cara: la jeta guapa de un tipo de veinte años que no
se preocupa por nada, porque el mañana no existe. Comparado
con esos dos, Jean-Luc se consideraba un viejo. Un viejo de
veintiséis años. Se esforzó por sonreír.
Los siameses acabaron de desayunar, Jean-Luc sólo pudo
tragar un café, y el trío bajó al garaje a recoger los kalashnikovs,
las mazas y las bolsas. Subieron a un Mercedes todoterreno.
La puerta automática se abrió ante un BMW aparcado
detrás de la verja; Menahem, al volante, puso de inmediato
el motor en marcha. Menahem, un excelente chaval, siempre
hacía las entregas como un clavo; había mangado el todoterreno
y el BMW en Asnières. Noah protegía a su hermano, jamás
permitiría que pusiera un pie en esa casa: había quedado
claro, únicamente se ocuparía de proporcionarles los vehículos
y conducirlos.
Mientras atravesaban Saint-Denis, Noah encendió la radio.
Rápidamente surgió el conflicto de Palestina. Unos cuantos
muertos en un atentado suicida. Sharon por un lado, Arafat por
el otro y Ramala en ruinas. Farid cambió de emisora. Farid
siempre cambiaba la emisora de la radio, la cadena de la tele, el
tema de conversación o el espacio vital cuando se hablaba en
serio, y jamás abría un periódico. Por eso prefería el rap americano;
no le gustaba el francés, le obligaba a escuchar la letra
y entonces tenía que pensar en los demás. En cuanto a Noah,
todo lo que había aprendido escuchando a los raperos yanquis
era ese Yo, man! que soltaba sin parar.
Jean-Luc tomó otro antiespasmódico; necesitaba hablar
para olvidar que el intestino le bailaba la javera; además, todo lo
que le pasaba por la cabeza a Farid Yunis le despertaba curiosidad.
No podía ser únicamente un tipo que derrochaba la pasta
en ropa y CD. Farid se cerraba como una ostra. No obstante,
una ostra con perla. Jean-Luc pensó un instante y le preguntó:
—Farid, ¿tienes algún problema con la realidad?
—Ninguno. Mi realidad es la pasta.
—Yo! La mía también —dijo Noah.
—¿Te das cuenta, Jean-Luc? Mi mejor amigo es un sucio
judío y su realidad también es la guita.
—Eres el moro de mi vida —soltó Noah, revolviendo el
pelo a Farid.
—No lo entiendo. Jamás discutís sobre ese asunto.
—Ya hay demasiada gente que habla de ello —respondió
Farid.
—¡Uy, eso sí que sí! —apuntó Noah.
—Si yo estuviera en vuestro lugar, se me revolverían las
tripas. Hermanos matándose entre ellos. Podríais ser vosotros,
cada uno en un bando. ¿Lo habéis pensado?
Un profundo silencio por parte de los siameses. Ese silencio
tranquilo de quien desafía al miedo y no se cuestiona
nada. El todoterreno entró en París y Noah condujo hacia el
bulevar Ney con Menahem y el BMW siempre a su rebufo.
—Es una pesadilla en espiral —continuó Jean-Luc—.
Gente decidida a destriparse hasta el final por un trozo de tierra
prometida hace tanto tiempo que ya ni se sabe a quién. No
veo cómo puede pararse eso.
—Yo, man! —dijo Noah—. «Pesadilla en espiral». ¿De
qué hablas?
—De los muertos que se amontonan, de la tensión que
aumenta. A eso me refiero, Noah.
—Es verdad que nos concierne —respondió Farid—. Y te
diré por qué, Jean-Luc.
—Adelante, te escucho.
—Pienso que es malo para nuestro negocio. Porque siembran
el caos en todo el planeta y porque, por ese motivo, los
terroristas aterrorizan y la gente tiene miedo. Entonces, aquí o
en cualquier sitio, vota a la derecha. Y como resultado, hay un
montón de pasma por todas partes, principalmente en París,
y eso hace más difícil nuestro trabajo. ¿Te das cuenta de que mi
colega, el sucio judío, y yo pensamos en ello? Hemos entendido
a la perfección que todo está relacionado. ¿A que sí, Noah?
—Por supuesto, man —afirmó Noah, tragándose las
ganas de hacer un chiste.
—Un respeto, Farid. Resulta un resumen interesante vincular
a terroristas que aterrorizan con nosotros que alunizamos.
—Querías saber si tenía un problema con la realidad; ahora
ya lo sabes. Yo miro de frente a la realidad.
Jean-Luc se rindió interiormente ante la inconsciencia
de los siameses. Entonces se daba cuenta de que envidiaba esa
inconsciencia. Quizá si hubiera sido judío o árabe, o ambas
cosas, los siameses habrían sido sus colegas de verdad; una
complicidad así debía de ayudar a sentir menos miedo en el
momento de chocar contra la luna. Sin embargo, lo único que
sabía es que estaba circuncidado. Antes de abandonarlo, su
madre se preocupó de que le cortaran el prepucio. Vete a saber
por qué.
Lo adoptó una familia normanda y creció en un pueblecito
donde los críos acudían al catecismo sin protestar. Un día
explicó a los siameses del Mediterráneo que era un poco como
ellos, pero menos definido. Su prepucio cortado no les interesó
más que la destrucción de Ramala.
Seguía doliéndole el estómago.
Un París desierto desfilaba por la ventanilla. Hasta las
putas de Europa del Este se habían ido a dormir. El otoño se
parecía cada vez más al invierno. El deseo de surcar el Mediterráneo
le atraía más y más. Unos cuantos golpes más y podría
comprar el barco de veinticinco metros de sus sueños. Una
oportunidad, un negocio de un millón doscientos mil euros.
La operación la haría a través de un intermediario de Palma de
Mallorca. Dices que prefieres pagar en metálico y la pasta vuela
a una cuenta de un banco en las Islas Vírgenes, un paraíso
fiscal donde los barcos cambian de matrícula como los vientos
de dirección.
De vez en cuando, escucharía canciones francesas para
acordarse de París y, quizá, un poco de Normandía. Después
de todo, gracias a su infancia normanda se había convertido
en navegante. Jean-Luc se preguntó por qué Farid nunca hablaba
de Argelia, el país de sus padres. Los Yunis vivían en el
barrio de Stalingrad y Farid jamás iba allí, estaba enfadado
con su viejo. También la hermana estaba enfadada con el pa-
dre y el hermano con la hermana. Un auténtico revuelto de
amargura.
Se acercaban a su destino. Noah dejó atrás Saint-Philippe-du-
Roule. Jean-Luc leyó la pancarta que colgaba del frontón:
«Acude a él, Jesús está aquí para escucharte». Mejor hubiera
sido algo sexy del tipo: «Jesús se entrega a ti». En aquel momento,
la gente necesitaba eso, tenía miedo. Jean-Luc había oído hablar
en la radio de un estudio. Los franceses no estaban a la cola en
cuanto a temores. El terrorismo, el paro, la amenaza de la guerra,
mareas negras, virus apocalípticos, vacas locas, maíz mutante,
sectas de clonación. Todo les asustaba. Decididamente,
sólo se vivía bien en el mar, a condición de evitar las zonas de
piratas. «Si pienso en otra cosa, tengo menos miedo», se decía
Jean-Luc. Ya llegaban, era cuestión de pocos segundos...
En los Campos Elíseos había algo más de gente que en
los bulevares de los mariscales. Un puñado de juerguistas salía
de una discoteca; por aquí y por allá, algunos anormales, a quienes
nunca nadie preguntaba por qué, recorrían la acera a todo
correr en un frío amanecer. Se veía algún coche, pocos, que circulaban
muy aprisa por la avenida que se les ofrecía hasta la
plaza de la Concordia y más allá. Un París fluido...
Habían llegado.
Farid se puso los guantes sin que le temblaran las manos.
En los bajos de un edificio moderno, una cristalera bien iluminada
con un portero automático, dos empleados detrás de
las ventanillas y, mala potra, dos clientes. Un chico y una chica
con mochilas.
—¿Qué coño hacen unos turistas en una oficina de cambio
a las cinco de la madrugada? —articuló Jean-Luc mientras
se colocaba el pasamontañas.
—Buscar algo de pasta, como nosotros —dijo Farid.
Noah aminoró la velocidad, todo el mundo se puso el cinturón.
Farid le bajó el pasamontañas a Noah antes de colocarse
el suyo. El judío subió el todoterreno a la acera, aceleró.
—¡París es una rubia...! —berreó.
—¡Que a todos gusta! —siguió Farid, riendo.
«Se divierten como unos pobres locos, es increíble», pensó
Jean-Luc. El todoterreno chocó contra la luna. El crujido
de un iceberg y unas fisuras grandes. Aliviado, Jean-Luc pensó:
«Listo, lo conseguiremos». Noah dio marcha atrás y aceleró.
Un agujero en el cristal, ya estaba, se hundía. Y ni una
sirena, ni un poli, nada. Un milagro que se repetía una y otra
vez.
El trío bajó del coche con los kalashnikovs en bandolera;
Farid y Jean-Luc agrandaron el agujero con las mazas, mientras
Noah, en el techo del todoterreno, los cubría. Oían chillar
a la chica. Jean-Luc apuntó a los oficinistas, Farid a los clientes.
La chica gimoteaba, tenía pinta de trotamundos decente.
Farid le golpeó en el rostro y cayó de rodillas, sangrando por
la nariz; acto seguido le pegó el cañón contra la sien. Petrificado,
su chico parecía a punto de caerse redondo. Durante ese rato,
los oficinistas permanecían inmóviles, con las manos arriba.
La fuerza de la costumbre. Jean-Luc sacó las bolsas de la
cazadora y las tiró por encima de la ventanilla. Farid se dirigió
al más joven:
—Mete ahí todo lo que tiene la caja fuerte en la panza.
Rápido.
El oficinista hizo lo que Farid le ordenó. Jean-Luc apuntaba
el kalashnikov ora a los turistas, ora al segundo empleado,
que seguía sin moverse. El dinero manaba y manaba. «Es
el golpe de mi vida», pensó Jean-Luc. La mujer volvió a gemir:
—Please, don’t shoot, please...
—Shut up! —mugió Farid.
Jean-Luc no sospechaba que Farid hablase inglés. Claro,
a fuerza de escuchar tanto rap, algo pillaba.
Cuando salieron de la oficina de cambio, Menahem llegó
en el BMW con las portezuelas entreabiertas. Jean-Luc saltó
delante, Farid se deslizó detrás, junto a Noah. Menahem aceleró
hasta la rotonda de los Campos Elíseos y giró hacia la avenida
Matignon.
«Otro limpio milagro —se dijo Jean-Luc—. A bote pronto,
por lo menos habrá un millón de euros. Eso como mínimo».
Noah empezó a contar los fajos y Farid sonreía con la mirada
perdida.
Merecía la pena burlarse del miedo. Jean-Luc siempre había
presentido que con Farid tendría suerte. En prisión, había perfeccionado
una técnica para descubrir el interior de la gente. Cuando
quería penetrar en una persona, pensaba muy concentrado en
ella, de tal modo que terminaba en trance. Veía como un vidente.
Poco después de salir de Fleury, Jean-Luc se concentró en Farid y
vio un ángel negro sobre un fondo de cielo agrietado de naranja,
un cielo a punto de reventar de ira. Unas inmensas alas flotaban
como velas, produciendo un sonido suave e inquietante.
Mientras ese poder se mantuviera concentrado en la pasta,
todo iría viento en popa. No obstante, ¡ojo si se volvía contra
alguien! Farid tenía agallas para matar.
La trotamundos americana no se dio cuenta de a quién se
enfrentaba. Quizá porque era mujer. De manera instintiva, los
hombres sabían que había que respetar a Farid para que el cielo
inflado de ira no se partiese en dos y cayera sobre el mundo.
—Tíos, así, a ojo, hemos pillado un millón quinientos mil euros
—señaló Noah con una voz sin timbre—. Hasta un paquetito
de dólares, y yenes.
Menahem se permitió soltar un silbidillo. Farid metió de
nuevo los billetes en las bolsas tranquilamente. Sin embargo, a
Jean-Luc le parecía que estaba contando.
—Me dejas en el pasadizo del Deseo —dijo Farid a Menahem
mientras cerraba una de las bolsas—. Regreso a Saint-
Denis en metro.
—¿Qué haces, Farid? —preguntó Jean-Luc.
—Estoy cogiendo mi parte.
—¡Man, es de pirados pasearse con toda esa pasta! —dijo
Noah.
Jean-Luc intentó leer en Farid, pero éste evitaba su mirada.
—¿Para tu hermana?
—No, no es para Jadiya, sino para Vanessa.
—¿La amiga de tu hermana?
—Exacto. Le daré mi parte.
—¿Cómo?
—Me has entendido muy bien.
—¿Por qué vas a darle tanta pasta a esa chica? Ni siquiera
es de tu familia.
—Jean-Luc, ¿quién te dice a ti que Vanessa no es de mi
familia?
Aunque el tono de voz no tenía nada de duro, en ese momento
Farid le miraba directamente a los ojos. «Las alas del ángel
crujen», se dijo Jean-Luc. Sopesó sus palabras:
—Era mera curiosidad; además, ahora que hemos dado
este magnífico golpe, quizá convendría pensar en el futuro...
—Con mi pasta hago lo que me da la gana.
—Nunca he dicho lo contrario. Todos hacemos lo que
queremos. Pero, al menos, piénsalo un poco.
Menahem detuvo el BMW en la calle Faubourg-Saint-
Denis. Farid salió sin decir ni una palabra y se alejó bajo la lluvia
hacia el pasadizo del Deseo. Jean-Luc dejó que Menahem cir-
culara un poco antes de reanudar la conversación, unas cuantas
frases inocentes para despistar. Conocía a Noah y sabía que
siempre acababa hablando, sobre todo si Farid no estaba a la
vista. Jean-Luc no se había tomado la molestia de entrar en
trance con Noah. No merecía la pena el esfuerzo. ¿Qué habría
podido ver? El ayuda de cámara de un ángel, el pez piloto de
un tiburón, ¡pues vaya! Una comadreja amiga de un chacal.
Noah tenía un lado cautivador y había que preguntarse por
qué.
Jean-Luc lo conoció en el trullo y Noah se alegró de contar
con un grandullón para que lo protegiese de los chiflados y
maricones. Cuando salieron, el judío se unió a Farid y Jean-
Luc perdió parte de su amistad, aunque no se enfadó por ello.
Farid y Noah formaban equipo con él por su casa, un buen escondite
que no querían dejar escapar. Los siameses vivían en
un suburbio por donde se movían demasiados logreros y polis.
En consecuencia, Jean-Luc creía que a Farid se le podía controlar,
siempre que se le tuviera bien cogido por los huevos.
—¿A ti te cabe en la cabeza que un tipo le dé pasta a una
chica que no quiere saber nada de él?
—Eso demuestra que la respeta —respondió Noah.
—Me parece caro el kilo de respeto. —Menahem soltó
una risa ahogada.
—Yo! Menahem, estás aquí para conducir, ¡no te metas
donde nadie te llama! —dijo Noah. Y, dirigiéndose a Jean-
Luc—: Da a entender que no es un cualquiera, que tiene clase.
Es eso, no le des más vueltas, man. Y si quiere que Vanessa
vuelva con él, tampoco es un mal plan.
—¿Para qué necesita engatusar a esa chica? Si fuéramos
tú o yo, lo entendería, pero Farid, con su jeta...
—Farid no se contenta con poco.
—¿Tan guapa es?
—No lo sé, man.
—¿Tú eres su mejor colega y no lo sabes?
—No.
—¡Vamos, Noah!
—¡Te lo juro por mi vida, nunca he visto a esa tía!
—¡Tiene miedo de que se la levantes!
—Farid es mi hermano, como Menahem. Le cuento todo,
me cuenta todo, pero de Vanessa no me habla. Y yo le respeto.
Lo admito. El día que Farid me diga algo de Vanessa lo
escucharé. Mientras tanto, controlo la lengua.
«Es mi hermano». Justo delante de ellos había unas nubes
violáceas sobre un fondo más gris plomo que negro noche. París
se despertaba con lentitud y daba la impresión de que eso le
hacía daño. Aunque había dejado de llover, la tregua no duraría,
el cielo amenazaba. Hacía frío, los últimos vestigios del veranillo
de San Martín desaparecían. Menahem circulaba cómodamente,
las aceras brillaban por el agua; con las calles vacías
de gente y sin polis, estarían en Saint-Denis en un abrir y cerrar
de ojos.
«Mi hermano».
Jean-Luc admitió que no le bastaba con entender mejor
a Farid, siempre quiso que se interesase por él, que le llamara
«hermano» con ese acento que le salía algunas veces. Ese acento
era todo lo que conservaba de un país que, a todas luces, le
importaba un carajo. Mi hermano, mi circuncidado de Normandía.
Yo! Man!


 

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