Esta circunstancia se ha dado tres veces en la historia americana:
1º.- En 1800 y dio lugar a un problema constitucional. Hasta entonces el Colegio Electoral decidía sobre los dos Candidatos mejor colocados, nombrando Presidente al primero y Vicepresidente al segundo. En 1800 Thomas Jefferson y Aaron Burr –ambos del mismo Partido, el Demócrata Republicano—empataron a 73 votos electorales; John Adams, Federalista, quedó en tercer lugar, con 65. Se necesitaron 36 votaciones en la Cámara para deshacer el empate entre Burr y Jefferson, a favor de este último, por 16 Estados de diferencia. El problema dio lugar a la Enmienda número 12 de la Constitución, que establece votación separada para el Presidente y el Vicepresidente.
2º.- En 1824, el primer año en que se registraron los votos populares a escala nacional. Andrew Jackson consiguió 99 votos electorales, John Quincy Adams, 84 y William H. Crawford, 41. Ninguno de ellos la mayoría necesaria de 181. Trece de los 24 Estados votaron por Quincy Adams a la primera y le dieron la Presidencia. Había vencido un Candidato con menos votos –populares e, incluso, electorales—que su contrario, Jackson.
3º.- En 1876 estalló el escándalo. Samuel J. Tilden, Demócrata, había conseguido la mayoría de votos populares: el 50,98%, frente al 47,9% del Republicano Rutherford B. Hayes, pero no hubo manera de discernir a quién correspondían los 19 votos electorales de Carolina del Sur, Florida y Louisiana. Después de varios meses de controversia, el Congreso decidió establecer una Comisión Electoral, compuesta por 5 Senadores, 5 miembros de la Cámara de Representantes y 5 Magistrados del Tribunal Supremo. Ocho de estas quince personas eran Republicanos y siete Demócratas. La votación fue fiel al Partido: ganaron los Republicanos por 8 a 7, se dieron los votos electorales a Hayes y éste fue el Presidente por un solo voto electoral de diferencia: 185 a 184.
Otro caso de curiosidad constitucional es el que se produjo en las elecciones de 1888. El Demócrata Grover Cleveland consiguió 95.713 votos populares más que su adversario, el Republicano Benjamín Harrison. Pero éste había ganado los Estados con mayor número de votos electorales, hasta sumar 233, por 168 de Cleveland. La victoria, pues, sin necesidad de ninguna otra intervención, fue para Harrison.
1789.- George Washington, primer Presidente Constitucional
La adopción de la Constitución no fue tarea sencilla. El 28 de septiembre de 1787 el Congreso recibió el informe de la Convención Federal, junto con la Constitución y una carta de George Washington. Se decidió que tales documentos fuesen enviados a cada una de las legislaturas para someterlos –tal como preveía la misma Constitución—a una Convención de Delegados, elegidos en cada Estado por el pueblo, para su estudio y aprobación, si así lo creían conveniente.
El conocimiento del texto constitucional originó una vivísima discusión, tanto a nivel público como a nivel privado. De manera natural se fueron creando dos grupos antagónicos: los Federalistas, o partidarios de aprobar sin dilación la Constitución, y los Antifederalistas, quienes miraban con recelo y disgusto a la Constitución y temían, incluso, que fuera la tumba de las libertades americanas.
Una parte importantísima de la discusión fue alimentada por la prensa de Nueva York. En ella colaboraron, con artículos muy ponderados, tres políticos de primera fila: Alexander Hamilton, John Jay y James Madison. Sus artículos fueron coleccionados en dos volúmenes bajo el título de El Federalista, que resulta imprescindible para el estudio de la Historia de la época. También es necesario acudir a los discursos y opiniones de Thomas Jefferson, menos amigo de los periódicos, pero esencial en su posición –seguida por la población rural—claramente antifederalista.
Entre 1787 y 1788 se reunieron las Convenciones de la mayor parte de los Estados y las discusiones mantenidas en ellas fueron tan equilibradas que nadie daba un centavo por la Constitución. En principio fue aprobada por las Convenciones de Delaware, New Jersey y Georgia. También se decidieron a favor grandes mayorías de Pennsylvania, Connecticut, Maryland y Carolina del Sur. Rhode Island se negó a convocar la Convención y, en el resto de los Estados, la duda era el factor dominante.
La Convención de Massachussets, reunida en enero de 1788 fue la clave. En ella se fijaron los ojos de todos los Estados por la importancia que tenía el convocante. Se examinó el texto constitucional párrafo por párrafo y los debates se prolongaron durante un mes. Pero el panorama no parecía claro. Uno de los miembros de la Convención manifestaba así sus temores:
“En ninguna asamblea se vieron nunca debates tan animados y con tanto talento sostenidos, pero aún dudo si se aprobará la Constitución. Desgraciadamente están en contra de ella los tres grupos siguientes:
1º.- Todos los hombres partidarios del papel moneda y de las leyes que le favorecen
2º.- Todos los últimos insurgentes, de los cuales tenemos en la Convención 18 o 20 que estaban hace poco en el ejército de Asís (Un líder rebelde que, con 1.200 hombres se opuso a las autoridades de Massachussets reclamando, especialmente, algunos derechos económicos)
3º.- Una gran mayoría de los miembros de la provincia de Maine, muchos de los cuales desean evitar que se hagan averiguaciones sobre su conducta, temiendo aunque equivocada-mente, que se destruya su plan favorito de formar un Estado separado. Añádase a esto el honrado pueblo, que duda, y tenemos un enemigo poderoso”.
La verdadera salvación llegó cuando se hizo cargo de la Presidencia John Hancock y propuso que se introdujeran ciertas enmiendas en la Constitución. Simplemente con esto varió la posición de varios destacados opositores, entre ellos Sam Adams y el formidable orador Fisher Ames. Las enmiendas propuestas eran las mismas que luego se aprobaron e introdujeron en la Constitución. El 6 de febrero se empezó a discutir el proyecto, que se aprobó por 187 votos contra 168.
No obstante la autoridad de Massachussets, las discusiones se harían – todavía—especialmente vivas en las Convenciones de Virginia, Nueva York y Carolina del Norte. Cuando llegó la hora de la elección, este Estado y Rhode Island no habían ratificado la Constitución y en Nueva York fue complicado designar los Electores, porque el Senado era claramente Federalista, pero la Asamblea se proclamaba Antifederalista.
Al final, los Electores se reunieron en varios Estados el 6 de febrero, primer miércoles de este mes, y otorgaron sus cédulas. Lo realmente curioso es que la discusión –centrada sobre el respaldo o la negativa a la Constitución—se acallaba a la hora de la persona que podía ser elegida. La unanimidad popular sobre George Washington se reflejó también en la emisión de las actas y el héroe del pueblo recibió los 69 votos electorales posibles. Luego, se escrutaron los votos para determinar quién sería el Vicepresidente.
Esto se hizo en la reunión del Congreso del día 6 de abril de 1789. Se había fijado, inicialmente, la fecha del miércoles 4 de marzo –que sería luego, durante mucho tiempo, la de toma de posesión de los Presidentes—pero la mala situación de los caminos y la peor intención de algunos Electores, que forzaron deliberadamente el retraso, obligaron a esa demora de más de un mes. En la fijación de 4 de marzo se habían tenido en cuenta algunos datos de realismo, como el cálculo de cuánto se tardaba a caballo desde los puntos más alejados del territorio nacional.
El resultado oficial de estas primeras elecciones fue:
Candidatos Partido Votos electorales
Presidenciales
________________________________________________
George Washington Ninguno 69 (Pres.)
John Adams “ 34 (Vice.)
Otros “ 35
No útiles 4
El resultado fue comunicado a Washington y Adams y se determinó que la toma de posesión del Presidente se haría en el Federal Hall de Nueva York, que tuvo que ser rehabilitado arquitectónicamente gracias a la contribución económica de varios comerciantes neoyorquinos (el equivalente de 150.000 pesetas de la época).
No se ha explicado por qué la comunicación oficial a Washington se retrasó. Todo el mundo conocía los resultados, pero dicha comunicación se hizo el 14 de abril (¿se acordaría alguien de John Hanson?), ocho días después de abrirse las papeletas electorales. Pero el retraso no desagradó al Presidente electo, antes bien, escribía así a su amigo, el General Knox: “Debo confesaros que esta dilación equivale para mí a que me hubieran puesto en capilla, pues os aseguro con la mayor franqueza –el mundo no lo creería—que, según me voy acercando a la silla presidencial, lo que yo siento debe asemejarse en algo a lo que siente el culpable, que marcha al lugar de la ejecución. Figuraos, pues, cuánto me desagrada, ahora que me aproximo al ocaso de la vida, abandonar mi pacífica morada para lanzarme en el Océano de los negocios públicos, sin esa competencia, sin esa inclinación, y sin esos conocimientos políticos que son necesarios para manejar las riendas del Gobierno. Todo lo que yo puedo ofrecer es rectitud y firmeza. Ya sea el viaje corto, ya largo, no me abandonarán esas dos cualidades, aun cuando todos los hombres me dejaran aislado, pues el mundo no puede privarme seguramente del consuelo de haber obrado según me dicte mi conciencia”.
Estas afirmaciones no eran para “el gran público”, pues en su “Diario” particular anota el 15 de abril: “A eso de las diez me despedí de Mount Vernon, de la vida privada y de la felicidad doméstica, y con el corazón oprimido por dolorosas sensaciones que no puedo expresar con palabras, marché a Nueva York acompañado de Mr. Thomson y del Coronel Humphreys, animado de los mayores deseos de prestar un servicio a mi país correspondiendo a su llamamiento, pero con pocas esperanzas de satisfacer la expectación pública”.
El viaje a Nueva York fue una auténtica “Marcha Triunfal” rubeniana, aunque bajo los arcos pasaba un hombre acongojado por su responsabilidad. Llegó a la bahía de Nueva York en una balandra enguirnaldada que impulsaban 13 remeros vestidos de blanco y a la que saludaban multitud de buques congregados para dar la bienvenida. En el muelle de Murray sonaron salvas artilleras y el Gobernador de la ciudad y otras autoridades, incluidas las eclesiásticas y los representantes extranjeros, le recibieron y acompañaron hasta su residencia. Washington insistía esa noche en su “Diario”: “Al contemplar los buques empavesados, a cuyo bordo dejábanse oír alegres músicas, al escuchar las salvas de artillería y las ruidosas aclamaciones del pueblo, que atronaban el espacio, experimenté la más dolorosa sensación al reflexionar de qué distinto modo se me trataría si después de todos mis afanes y trabajos no consiguiera satisfacer las esperanzas del país”.
La ceremonia de la jura presidencial se fijó para el 30 de abril. Ese día todas las Iglesias de la ciudad celebraron actos religiosos especiales. Poco después de mediodía George Washington, escoltado por las Comisiones del Congreso y los Jefes de los Departamentos, subió al coche que le trasladaría al Federal Hall. Allí subió a la Cámara del Senado y, en el balcón de este aposento, prestó su juramento ante el Canciller Livingston con la fórmula que fijaba la Constitución. Pero él añadió algo más: tomó la Biblia la besó y dijo: “Lo juro por Dios”. El Canciller se volvió hacia el pueblo y gritó con voz muy recia: “¡Larga vida a George Washington, Presidente de los Estados Unidos!”. La respuesta de aclamación fue capaz de dominar las poderosas salvas de artillería.
El discurso que Washington pronunció a continuación fue, ante todo, una charla sincera y dirigida a “unos amigos”. Esto queda perfectamente reflejado en los dos últimos párrafos: “A las precedentes observaciones tengo que añadir una, que más propiamente debiera dirigir a la Cámara de Representantes; se refiere a mi persona, y será tan lacónica como pueda. Cuando por primera vez se me honró llamándome para que sirviera a mi país, en aquella época en que comenzaba la ardua lucha para conquistar nuestras libertades, la manera que yo tenía de juzgar cuáles eran mis deberes, me indujo a renunciar desde luego a toda indemnización pecuniaria, sin que hasta aquí haya variado de resolución. Como quiera que ahora pienso del mismo modo, debo rehusar los emolumentos personales que indispensablemente se señalarán para el Departamento ejecutivo, y ruego por lo tanto que los honorarios señalados que voy a desempeñar, se apliquen a los gastos que se juzguen necesarios para el bien público”.
“Habiéndoos comunicado con la mayor franqueza e ingenuidad todas mis ideas, me tomo la libertad de despedirme de vosotros, pero no sin suplicar una vez más al Todopoderoso que, puesto que se ha dignado permitir que el pueblo americano deliberara tranquilamente a fin de adoptar una forma de Gobierno que asegurara el bienestar de la nación, nos ilumine y nos guíe nuevamente al adoptar las medidas de cuyo buen resultado depende la existencia de este Gobierno”.
La fiesta se prolongó durante todo el día y la puesta en marcha del Primer Presidente de los Estados Unidos quedó cerrada no sin resolver antes –en el plazo de una semana—un problema de protocolo: ¿Cómo había que llamar oficialmente al Presidente?. Unos propusieron que “Alteza”, otros, que “Señoría”. Al final se quedó, sencillamente, en “Señor Presidente”.