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Mentiras verdaderas

Las redes sociales han modificado radicalmente las costumbres. Lo virtual está sustituyendo a lo tangible y las redes sociales están reemplazando a aquel mundo en el que podíamos tocar y oler a las personas. Es la tiranía de los clics Las sociedades superficiales que ya valoraban al individuo por los euros de su patrimonio también lo evalúan ahora según su número de seguidores en las redes.

Actualizado 16 octubre 2016  
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Rafael Cerro, periodista. Ha publicado este articulo en Bez.es
  
Este diario ironizaba el otro día sobre la posibilidad de que los patrocinadores terminen por preferir a un deportista malo que consiga más fans en Internet. Incluso si tiene que tirarse en carrera para hacer viral un vídeo.

Es la famosa tiranía de los clics, un procedimiento selectivo cuantitativo, nunca cualitativo. En lugar de currículum, a los periodistas nos piden para contratarnos la cuenta de Twitter y la dirección de nuestro blog. Los periódicos digitales dicen ir sobrados de lo que menos abunda en España según el CIS, los lectores. Si los anunciantes se tragan la mentira, la convertirán en verdadera y abultarán la cuenta de resultados del medio. Lo virtual está sustituyendo a lo tangible y las redes sociales están reemplazando a aquel mundo en el que podíamos tocar y oler a las personas.
Instagram recoge una imagen tuya sin ojeras y Twitter, tus chispazos de ingenio. Facebook, a veces lo más gris. Es la red que consiguió el milagro de que llamásemos amigos a los desconocidos, otra mentira que se hizo verdad. También es el lugar ideal para que, el sábado por la tarde, yo realice anuncios fascinantes como "Voy a hacer croquetas". Difundiré el acontecimiento en cinco entregas vespertinas de texto y fotos. Si tomo un vermú con amigos o encargo una mariscada, enviaré urbi et orbi fotos de todo ello, sin compasión.
Este mes de octubre, una mujer a la que llamaremos Marisa envía el siguiente mensaje textual a Facebook: “Qué horror, no me encuentro bien y hace ya siete días que no voy de vientre”. A ella le gustaría compartir con su grupo un momento mágico, el del movimiento de su intestino. Dos mujeres dejan de seguirla, asqueadas ante lo gratuito del anuncio escatológico. Todavía peores son los casos de poetastros: Fidel (32) envía un poema espantoso a 2.000 amigos a los que no ha visto nunca. Nueve de ellos contestan “me gusta” y ensalzan la proeza literaria, mientras 1.991 guardan silencio. El vate seguirá castigando al mundo con su diarrea poética. 
 
Escribir era antes un medio, un trabajo para pagar las facturas, y ahora es un fin: publicar a cualquier precio o sin remuneración. Si aparecer en la Red es un fin y no un medio, la acción de escribir se convierte en amateur y la calidad de los textos se desploma.
De nuevo en Facebook, Alfonso escribe a su mujer cartas públicas de amor edulcoradas como merengues. Seguramente resultarían adecuadas para la esfera íntima, en la que el sentimiento es más importante que la sintaxis, pero publicarlas las revela como pésimas. Las redes han cambiado radicalmente las costumbres de conquista sexual y han generado un aluvión de relaciones fugaces en las grandes ciudades, pues hay muchas más personas en contacto.
Una cuarentona de Panamá lleva 14 meses deprimida, tomando medicación; hay un tipo de Madrid que no termina de enamorarse de ella. Pregunto a terceros cuándo visitó ella nuestra capital y se enamoró: nunca ha cruzado el charco. Ha caído rendida por un señor al que jamás ha visto…o cree que lo ha hecho. Bienvenida la vida virtual que enriquece la tangible, maldita la que intenta sustituirla.
Un tuitero describe una distopía, un mundo en el que hay que hacer amigos sin utilizar Facebook porque lo han prohibido. “Para hacer amigos ahora, recorro la acera adaptando mi paso al de los transeúntes. Les cuento lo que he comido, cómo me siento, lo que hice ayer y lo que pienso hacer esa noche en casa, después de cenar. Les entrego fotos de mi mujer, mi hija pequeña, mi perro y mis hámsters. También las mías de cuando estoy en el jardín o en la piscina. Camino por la calle detrás de todos esos desconocidos y exclamo que lo que dicen ¡me gusta! Les pido que seamos amigos. El método funciona, pues ya me siguen cinco personas: un psicólogo, dos psiquiatras y dos policías de paisano”. 
 
Mi madre nos decía cuando niños que el límite de amigos íntimos para una vida estaba en dos. Pío Baroja creía que solo los tontos tenían muchas amistades y afirmaba que el mayor número de amigos marcaba “el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”. Las redes han modificado sustancialmente el concepto de amistad. Además de inventar amigos, algunos internautas fingen una intensa vida social publicando como propias fotos de otros. Ante un fin de semana en solitario, el hombre cabal distribuye su tiempo para gozarlo y meditar en silencio, mientras que al otro le entra el horror vacui: se pone como loco a concertar encuentros para llenar los huecos. 
Estamos retorciendo hasta el paroxismo la idea misma de realidad. Mientras algunos diarios inventan todos esos lectores, las redes están integrando en ella el concepto mismo de impostor, para el que hasta tienen ya un nombre: fake, que quiere decir farsante. Muchos tuiteros tienen segundas cuentas fake para, de incógnito, poder ser más agresivos. Algunos solterones de Facebook convierten sus vidas en publirreportajes fingidos con personas a las que ni conocen y en change.org han llegado a creer que, en lugar de un foro para que la gente opine, tienen un auténtico parlamento con poder de decisión.
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