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Boubouffe: en Beirut, un restaurante para libaneses.

Sorprende la hospitalidad de su gente, que brota de lo más profundo de su persona

Pasar una temporada en el Líbano actual es una experiencia fascinante y enriquecedora. Líbano es un país maravilloso, machacado desde hace años por organismos internacionales y por alguno de sus vecinos. Desde la última guerra, en 2006, sorprende la vitalidad con que se ha rehecho, y especialmente Beirut, su capital.

Actualizado 30 agosto 2014  
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Redacción Ocio
  

También sorprende, gratamente, la hospitalidad de su gente, que brota de lo más profundo de su persona; una consecuencia más de tener su vida centrada en lo fundamental. ¡Ay! Qué pena da la vieja y desorientada Europa, tan enferma de egoísmo y consumismo.
Un amigo libanés me llevó a conocer un restaurante de auténtica comida libanesa, en el centro de Beirut (Achrafiye), pero fuera de las zonas turísticas, como el Centre Ville (en torno a la Place de l’Etoile y el polémico Beirut Souks, de Rafael Moneo), o las calles Jemaize y Hamra. Se trata del restaurante Boubuffe. Comenzó en 1976, en un pequeño local cercano. Tuvo mucho éxito entre los parroquianos del lugar. Hace un par de años, se trasladó al local actual, mucho más espacioso. Los mantelillos y servilletas son de papel, o sea, nada de lujos. Pero todo lo demás es excelente: buena cocina, precios razonables, buen servicio, buena carta de vinos,… ¡Ah! Y las toilettes buenas y limpias. ¿Qué más se puede pedir?

El local tiene dos ambientes. Uno, interior, amplio, bien climatizado, con una buena barra. Y otro, también amplio, a modo de terraza semi-cubierta, para fumadores, con aire acondicionado y ventiladores de techo, que resulta muy grato.
Vayamos a la comida. Me dejé aconsejar por mi anfitrión, que diseñó una comida con una abundante “meza” (aperitivos variados). Comenzamos por tres calientes. “Kafta”: tiene forma y aspecto de croqueta, pero es carne de ternera picada con especias y aromas orientales (sí, aromas, estamos en oriente, y una o dos gotas de agua de rosas, o de agua de azahar, cambian un plato): una delicia. Seguimos con las “Sambousik”, empanadillas de carne y cebolla, recién hechas, muy crujientes. Y acabamos este primer envite con unos “Kebbehs”, también crujientes, de pasta tipo filo, tan frecuente en la cocina libanesa, rellenos de queso fresco de cabra, con especias y perejil. Muy ligeros. ¡Para hacer la ola!

A continuación, atacamos a la “meza” fría: Aceitunas negras en aceite, aliñadas + Un plato con productos de la huerta, tal cual: rabanillos, cebolletas, hojas de repollo, y lechuga + “Fattouche”: una deliciosa ensalada, con tomate, canónigos, abundantes hojas de menta, rodajas de rábano; venía ya aliñada con aceite, limón y especias.
Y llegamos a dos de los platos estrella: el “Hommos” (la famosa pasta de garbanzos, con menta, limón y aliño) y el “Batenjan Moutabal” (lo mismo, pero de berenjena). No sé qué tienen de especial, ni cómo los hacen, pero comparados con los que he probado en España, estos dos juegan en otra liga.
Como plato fuerte, optamos por un par de “Chawarma”, una especie de bocadillos calientes, que llegan a la mesa recién hechos, envueltos en papel. En lugar de pan, consisten en una torta blanda enrollada, en forma de tubo: uno de pollo (con patatas fritas, alioli y pepinillo) y otro de carne de ternera (con vegetales y especias). Fenomenales.

La puntilla fue un delicioso postre: “Achtalieh Boubo”, elaborado con chirimoya, almendras, pistachos y agua de rosas. Ligero, y algo que sorprende gratamente en la cocina, verduras, frutas y postres libaneses: todo es muy, muy sabroso.
No podíamos acabar sin degustar el café turco, intenso (¡pastoso!), con posos, que te deja la boca como de estropajo, y te despeja para varios días.
He dejado, a propósito, para el final, la carta de vinos. Es muy buena, y con precios razonables. Tiene casi todas las referencias libanesas de calidad de los últimos 8 a 10 años. Nos decidimos por un tinto difícil de encontrar, el “Le Souverain” 2007, de Château Ksara, del Valle de la Bekáa (www.ksara.com.lb ), que elaboraron con ocasión del 150 aniversario de la Bodega. Un buen exponente de los vinos locales de alta gama: suelen ser tipo Parker (con mucha extracción), y tipo Nuevo Mundo (recuerdan a los Syrah australianos). Suelen ser muy concentrados, casi pastosos, y algo escasos de acidez. Y así resultó ser nuestro vino, que además tenía alguna nota de resina (¿madera nueva mal tostada?). Dos uvas: Cabernet sauvignon y la local Arinarnoa. El corcho, fenomenal, de 55 mm. Pasó dos años en barricas nuevas de roble. A 7 años de la cosecha, está en un buen momento de consumo. Resultó ser un vino de gimnasio: corpulento, poderoso. Y quizá por eso, falto de ese mínimo de elegancia que uno espera de un gran vino. Largo, persistente. Algo goloso (uva muy madura), y con unas curiosas notas de algarrobas (por cierto, su árbol es muy frecuentes en el país). De textura algo terrosa. Capa alta. Alcohólico (14º). Un vino caro, que no consigue emocionar; es más, que resulta cansino. Nos sorprendió que, a pesar de no estar filtrado, no tenía posos.
Si se acerca por estos lares, no deje de visitar este restaurante. Lo agradecerá. ¡Ah! En ese caso, yo le aconsejaría que probase suerte con otro vino.


Boubouff.
Avenue Charles Malek, Achrafiye, Beirut (Líbano).
NB. En el Líbano no se suelen guiar por los números de las calles.
Tº + 961 1 33 40 40 – 20 04 08.

www.boubuffebraserie.com

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