Viernes, 20 de septiembre de 2019    
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Sí, pero no. (Sobre un artículo del periodista agrario Vidal Maté)

No se termina de entender, por casi nadie y el artículo que adjuntamos a continuación es una buena muestra de ello, el hecho fundamental de que la acción humana ha demostrado palpablemente que la demanda es la que crea la oferta, lo que ya para todos es una certeza absoluta.
Actualizado 18 julio 2019
Redacción Agrolibre
Pero también lo es que, en todos los casos, siempre se demanda una cantidad concreta a un determinado precio, nunca se demanda una cantidad ilimitada a cualquier precio.
Al parecer, tampoco nadie se ha leído nunca nuestros artículos, más de diez desde hace ya más de doce años, sobre las permanentes y deplorables exigencias sobre “un precio mínimo garantizado”, compensador, dicen muchos como justificación, de los gastos de producción, axioma extendidísimo hoy cuando, a menudo, surgen caídas en los precios de las producciones agrarias.
Leamos uno de los últimos artículos de Vidal Maté, uno de nuestros más clásicos y conocidos comentaristas agrarios.
Nos dice Vidal:
“Es un dato objetivo que existe una mayor sensibilización entre los consumidores para la adquisición de productos más sanos o de una mayor calidad y ahí están, no solo los datos sobre la evolución de este tipo de oferta por parte del sector agrario y de la industria, productos bio, ecológicos, integrados, bajos en, sin y sobre todo, el tratamiento que cada vez dan a los mismos en sus lineales a los grandes grupos de la distribución.
Es un hecho que hay una mayor sensibilización en la sociedad en defensa del bienestar animal, en contra del maltrato de los animales, de las producciones intensivas donde los animales puedan ser considerados como tornillos, y que aumenta la demanda de productos de cabañas bien tratadas, donde los animales vivan relajados, que pasten en libertad y que su crianza sea lo más natural en el tiempo.
En función de esa nueva demanda y la mayor sensibilización de la sociedad, en unos casos dando cumplimiento a disposiciones comunitarias y en otros simplemente respondiendo a esa demanda social, diferentes cabañas ganaderas tuvieron que hacer frente en los últimos años a elevadas inversiones para que los cerdos tuvieran más metros para moverse en las granjas, para que los pollos pudieran pasearse por el suelo de los gallineros sin agobios de espacio y pastar en el campo o para que las gallinas dejaran de poner huevos en batería y en formación y pasaran igualmente a paseantes de gallinero de corral.
La gran distribución ha sugerido recientemente a interprofesionales ganaderas la posibilidad de que los sectores establecieran un sello de calidad diferenciada con una certificadora  reconocida que fuera más allá del cumplimiento estricto de las disposiciones comunitarias sobre el bienestar animal y la bioseguridad de las producciones, algo en cuya reglamentación se halla trabajando el sector con el porcino a la cabeza, pero que contemplaría ese tipo de condiciones para cada una de las cabañas.
Dar un plus de imagen a la calidad y se debería entender que también con un mayor precio que apoyaría esa misma distribución que sugirió la idea. Es bueno el interés de la gran distribución por ofrecer a los consumidores eso que demandan en materia de calidad, de seguridad alimentaria o de bienestar animal.
Los más ágiles en ese circo de la gran distribución se apuntaron los primeros en ofrecer los huevos de gallina que ya no está estresada en su jaula, a las leches de pasto o de pastoreo, los pollos de pueblo cuya calificación formal no existe o los pollos de corral cuya denominación la registró en su día el grupo Coren. Todo de lo más natural.
Pero, la apuesta hecha ya por una gran parte del sector agrario, ganaderos y agricultores, empeñados en producir menos, pero de mayor calidad tras un proceso de un mayor coste en infraestructuras y en el manejo diario, necesita de entrada, un precio que asegure su rentabilidad y su continuidad. “

No se puede reclamar la oferta que los consumidores demandan si no se remunera adecuadamente al inicio de la cadena y donde los márgenes que suponen los mayores precios de venta no se reparten mejor.
La calidad, el bienestar animal, la bioseguridad, las producciones ecológicas, las cabañas extensivas… tienen otra imagen ante la sociedad, pero también un mayor coste y un precio. Porque, de lo contrario, la falta de precios en origen habrá matado a las estrategias de calidad o de bienestar animal de industrias y de distribución por falta de productores.”

Y, si el productor, primer eslabón de la cadena, no produce y vende a un precio que sea demandable por un primer comprador, quien a su vez lo pueda ir colocando en los sucesivos tramos de la cadena hasta llegar al consumidor y si, el producto demandado llega al poder del consumidor y este, no puede o no quiere pagar el precio que les suponga, a todos los eslabones de la cadena, las ganancias esperadas y esperables, lo mejor que puede hacer cada sujeto de la cadena, empezando por el primero, nuestro productor, es desistir de sus empeños y por supuesto no intentar que nadie le compense por su teórico esfuerzo empresarial, porque, lo crea o no, la equivocación y derivado de ello su caída económica, habrá sido responsabilidad exclusivamente suya. Él para bien o para mal será siempre responsable de sus decisiones, de producir o no producir en la forma y modos que el crea conveniente para alcanzar éxito en sus emprendimientos.
Porque, aunque casi ninguno de nuestros comentaristas agrarios, se caiga del guindo, y siga insistiendo en que nuestro productor sea compensado por no se sabe nunca bien por quién y por qué, y aunque se siga insistiendo en lo bien que lo ha hecho y que el fracaso debe ser compensado, el mercado no funciona, ni debe funcionar así.
Estas formas de actuar a base de ayudas y subvenciones, tan común en nuestros lares, es y ha sido la causante de nuestra falta de competitividad. Todo grupo de países que, como la UE o en concreto nuestro propio país, siga manteniendo empresas, actividades y/o formas de hacer que no resistan una competencia abierta y necesiten de forma permanente asistencias más o menos encubiertas, están condenados a medio plazo a cambiar radicalmente sus posturas.
Nada ni nadie puede seguir eternamente utilizando medios públicos por encima de sus posibilidades empresariales, si la propia función empresarial lleva al empresario al fracaso, el empresario y solo él, será responsable de sus fracasos.
El fracaso continuado jamás debe ser asistido por el Estado, ni incluso en el supuesto demasiado común, (recordemos las ruinas derivadas de los fomentos gubernamentales de biocombustibles, termosolares……), de que el fracaso se derive de acciones y dirigismos gubernamentales.
 
Todos o casi todos hoy nosotros no, aunque esté muy de moda, nos creemos sostenibles, medioambientalistas de pro y muy circulares y continuamos en la creencia de ser únicos, de ser los adelantados en el universo climático, pero, créannos, todo cambiaría si nuestro gobierno, que nos estafa informativamente, nos informara de los incrementos de coste que supone el absurdo reordenamiento energético en el que estamos sumidos.
Hasta que no sepamos la verdad de lo ocurrido en nuestro país, con los biocarburantes, las desaladoras, la moratoria nuclear, el abandono del fracking, el fomento de las termosolares, las subvenciones al carbón, el protocolo de Kioto, el cachondeo de París, la tomadura de pelo de China, la verdad de los aranceles Usa, el porqué de los tratados UE… …mejor permanecemos calladitos. ¡No les parece!
“… …Pero, la apuesta hecha ya por una gran parte del sector agrario, ganaderos y agricultores, empeñados en producir menos, pero de mayor calidad tras un proceso de un mayor coste en infraestructuras y en el manejo diario, necesita de entrada, un precio que asegure su rentabilidad y su continuidad. “
No se puede reclamar la oferta que los consumidores demandan si no se remunera adecuadamente al inicio de la cadena y donde los márgenes que suponen los mayores precios de venta no se reparten mejor.
La calidad, el bienestar animal, la bioseguridad, las producciones ecológicas, las cabañas extensivas… tienen otra imagen ante la sociedad, pero también un mayor coste y un precio. Porque, de lo contrario, la falta de precios en origen habrá matado a las estrategias de calidad o de bienestar animal de industrias y de distribución por falta de productores”.
¿De verdad cree Vidal Maté, que yo ciudadano español, tengo alguna obligación, de pagar “un precio que asegure la rentabilidad y la continuidad para todo empresario agrario que, de forma voluntaria y creyendo en su particular ocurrencia empresarial, se haya lanzado a la aventura de producir, teniendo en cuenta, patochadas generalizadas como “el bienestar animal, la bioseguridad, las producciones ecológicas, las cabañas extensivas…”, para compensar a algún eslabón de la cadena?
 
Qué gran equivocación porque a sensu contrario el productor, si su nuevo sistema le enriquece, si al fin ha encontrado su “gallina de los huevos de oro”, no tendría ninguna obligación para el consumidor, que en la teoría defendida por muchos agraristas habría pagado de más.
O es que defendemos exclusivamente la posibilidad de ganancias en los negocios agrarios… … Así no funciona ni debe funcionar, pese a quien pese, nuestro sistema de libre mercado. Así funcionan, lo de funcionar es un decir, los mercados socializados.