Domingo, 26 de septiembre de 2021    
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Cuando vivir endeudado es la norma

La crisis sanitaria que comenzamos a padecer a principios de 2020 ha sido devastadora en términos económicos, y se ha cebado con algunos sectores de servicios como es el caso del turismo que, para España, siempre ha representado una fuente de ingresos muy importante.
Actualizado 6 abril 2021
Pablo Gil Jefe de Estrategia de XTB
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, nos explicaba hace una semana que el déficit público había crecido en 77.557 millones en 2020, o puesto en términos relativos contra el PIB español, un 10.1%. La descomposición de esa cifra tiene dos claros componentes, por un lado, 53.070 millones de aumento del gasto para paliar los efectos de la crisis sanitaria y económica, y 24.487 menos de ingresos por una menor recaudación, dado el desplome de la actividad económica. 
Gracias a ese esfuerzo de gasto, hemos podido llevar a cabo medidas para paliar el daño de esta crisis, en forma de prestaciones por ERTE, subsidios por cese de actividad, exoneraciones de cuotas o coberturas por incapacidad temporal. Mientras tanto el Banco Central Europeo se ha encargado de bajar el coste de financiación hasta niveles absurdos, ya que en muchos casos hablamos de tipos de interés negativos, consiguiendo que el pago de intereses de la deuda pública en España haya bajado más de un once por ciento, pese al incremento absoluto en términos de endeudamiento. 

El principal problema de los análisis estáticos es que se pierde la perspectiva del origen del problema. Antes de la crisis financiera del año 2008, el déficit respecto al PIB, es decir, el nivel de endeudamiento respecto al crecimiento económico de España, era de tan solo un 37%. Actualmente, ese mismo dato ahora arroja la escalofriante cifra de 120%, y no se debe a la pandemia sino a una tendencia que se ha desarrollado desde hace más de una década. Por desgracia, esta tendencia no solo se observa en nuestro país, sino de forma generalizada por todo el mundo de economías desarrolladas y en parte de las economías emergentes. Estoy cansado de oír que todo va bien a nivel económico, como ocurrió desde 2014 a 2019, y descubrir que pese a ello no se reduce nuestro endeudamiento.

¿Cómo puede ser que si las cosas marchan bien no aprovechemos para reducir nuestro nivel de endeudamiento?
Creo que hay varias respuestas a este interrogante. Por un lado, pienso que las cosas no van tan bien como nos cuentan, porque si tienes que incurrir en endeudamiento crónico para financiar el crecimiento económico, o para mantener nuestro nivel de bienestar, entonces no tenemos un modelo económico que se sustente por si solo, sino que necesita estar continuamente apoyado por estímulo fiscal y monetario. Por otro lado, estamos viendo el efecto pernicioso de que el coste del dinero sea cero o negativo. Cuando un Gobierno puede financiarse sin coste, la disciplina presupuestaria deja de tener sentido. ¿Por qué no voy a gastar más de lo que ingreso, si financiar ese exceso de gasto no cuesta nada? Y eso conduce inexorablemente a un crecimiento continuo del nivel de deuda sobre el PIB, que es exactamente lo que estamos viendo que ocurre desde hace años. Este criterio también se puede aplicar a empresas y a ciudadanos y cuando miramos el problema en toda su magnitud, descubrimos que estamos recorriendo un camino de falta de rigor financiero que suele acabar muy mal, tal y como nos ha demostrado la historia en cientos de ocasiones. 

Alguno se estará preguntando, qué puede poner fin a este juego pernicioso de endeudamiento continuo. Lo cierto es que, si surgiesen presiones inflacionistas, los bancos centrales, que son los encargados de decidir cuál debe ser el coste del dinero, tendrían que subir las tasas de interés, y a partir de ahí, nos tocaría enfrentarnos a la triste realidad de que vivimos en un mundo más endeudado que nunca, porque nos hemos acostumbrado a financiar el crecimiento futuro con deuda. Y dado que la deuda no es otra cosa que traer al presente bienestar futuro, descubriremos que llevamos mucho tiempo viviendo por encima del nivel que nos corresponde, dado el crecimiento económico real que producimos.  No deja de ser triste que, en este momento, nuestra esperanza para los próximos años sea que todo se mantenga como hasta ahora, con crecimientos paupérrimos, pero sin inflación, a fin de poder seguir endeudándonos cada vez más y, de ese modo, mantener la rueda en la que vivimos girando una y otra vez.