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Historia de los Apellidos (2)

El apellido patronímico: el nombre del padre

En la Edad Media, tras las previas huellas romanas y visigodas, comienza a configurarse la estructura de los apellidos que luego se aplicará en la España. José Godoy Alcántara en 1871 su obra "Ensayo histórico etimológico filológico sobre los apellidos castellanos" que recibió el premio de Real Academia Española, explica de forma sintética la función esencial del apellido paterno en esa fase de la historia de los reino peninsulares españoles.

Actualizado 17 octubre 2018  
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Gonzalo Fernández de Navarrete González Valerio
  
En la primera parte de este artículo aparecía una síntesis de la secuencia explicada por José Godoy Alcántara,  de cómo del simple nombre utilizado por culturas como la Hebrea o la Griega, se pasa con el Imperio Romano a acumular unos nuevos nombres que acabaron configurando la función de los apellidos, con el objetivo de poder individualizar e identificar a las personas.
 
En la actualidad los nombres hispánicos, ya sea en las actuales Portugal o en España deriva de la última fase del Imperio Romano.
 
Si bien los romanos conquistan lo que llamarán Hispania a partir del siglo II antes de Cristo. El dominio romano se prolongará en Hispania hasta las invasiones bárbaras de las tribus bárbaras germánicas en el Siglo V después de Cristo, entre ellos los Suevos, los Vándalos, los Alanos y sobre todo los Visigodos que entraron en la península sin oposición, en un Imperio Romano de Occidente que se escindiría en múltiples territorios.
Sobreviviría  sin embargo el Imperio romano de Oriente llamado Bizancio, con capital en Constantinopla,  hasta 1453
 
Será este evento de la caída del Imperio Romano de Occidente el que configurará de forma mucho más cercana a la actual los apellidos en la península Ibérica.
 
Tras la inicial complacencia y sometimiento en el siglo II antes de Cristo  a los nuevos gobernantes romanos:
“Uso constante es en los pueblos sometidos a dominación extraña, adoptar los nombres de los vencedores y ponerlos a los hijos, como para procurarles útil patrocinio”.
 
En el libro de Godoy se observa lo que hoy llamamos “imperiofobia” -tras el celebrado libro de María Elvira Roca Barea-  en el odio remanente hacia el imperio caído en lo referente a los nombres y apellidos.
Una vez caído el Imperio romano de occidente en el siglo V después de Cristo, más 650 años después de dominar casi toda Europa, Medio Oriente y norte de África, el odio irracional hacia la antigua estructura se intensificó perdurando en todo el medievo.
En palabras de Godoy:
 
“Después de la caída del poder romano fue tal el desprecio que cubrió cuanto llevaba nombre latino que en el siglo X escribía el obispo de Cremona: “nosotros los lombardos, así como los sajones, francos, loreneses, bávaros, suevos y borgoñones, despreciamos tanto el nombre romano, que en nuestra cólera no encontramos mayor injuria para ofender a nuestros enemigos que llamarlos romanos; porque comprendemos en este solo nombre todo cuanto hay de innoble, tímido, avaro, lujurioso, mendaz y todos los vicios sin fin””.    
 
Y en la península Ibérica ocurrió lo mismo que en el resto de los territorios romanos de Occidente anteriormente gobernados desde la ciudad de Roma:
 
 “La España romana hizo como las demás provincias del imperio, aceptar los nombres bárbaros, lo cual favoreció el principio de fusión entre ambas razas [hispano romana y germánica.]
[…] la adopción del nombre era completamente voluntaria , é indistintamente siguieron llevándose durante la Eda Media góticos, hebreos y cristianos, […]
 
 
Y es de esta nueva tradición mestiza entre los hispanorromanos y los godos de las tribus invasoras que surgen en la alta edad media el modelo actual de apellidos en la península ibérica, basado inicialmente en la declinación del nombre del padre, que se aplicará a los hijos a modo de “apellido”. Godoy Alcántara lo describe así
 
“El nombre indicativo de la familia á que pertenece el individuo, el apellido, apunta en España por la forma más natural, el “patronímico”. Apellido, del latín “appellare” , ya en Tácito “appellitare”, llamar, nombrar, designar  […]
Formase el patronímico aplicando al hijo el nombre del padre modificado por un prefijo o por un sufijo, o por la declinación.” 
 
Habiendo existido el patronímico en tiempos romanos, en la Edad Media los posteriores nombres bárbaros fueron los que acabaron declinándose para dar nacimiento a los apellidos modernos en toda Europa. Se utilizaba como apellido el nombre del padre con un complemento:
 
 “ En las de origen teutón se añade la pala bra equivalente a “hijo”  al fin del nombre del padre: “sohn” en alemán, “son” en inglés y sueco, “sen” en dinamarqués […]
Los ingleses reemplazan frecuentemente “son” por una “s” […] como en Peter´s por Peterson, pero aquella letra acaba por unirse al nombre [apellido] como en Adams, Richards.
 
Y este fenómeno ocurre en todos los idiomas y culturas tanto europeas como mediterráneas. Mientras “los hebreos y árabes anteponían las palabras “bar”, “ben” (hijo, descendiente)” en otras culturas centroeuropeos se utilizaban otras fórmulas para construir el nombre del padre como apellido:
“ - En los dialectos eslavos se emplean las finales [tras el nombre del padre] “itsch”, “its”, “witsch”, “wicz”, witsch”, “ewitsch, “off” y ”eff”.
 
- En la lengua polaca “ski” para el masculino y ska para el femenino.
 
- Los normandos llevaron a Inglaterra el “fitz” (filius) [hijo de],
 
que los escoceses reemplazaron por el “mac”(Mac-Crohon, Mac Mahon)
 
y que adoptaron también los irlandeses al par del suyo propio “O’ ”, que es la preposición inglesa “of” (O´Donnell, O´Farrel)
- Los franceses, traduciendo del genitivo latino, hicieron “Dejean, Depierre”.
 
- Los italianos lo conservaron [el genitivo latino] (Galileo Galilei, Pelegrin Pelegrini)[…]”
 
 
 
El apellido patronímico en la España medieval
Y así llegamos a la configuración de los apellidos patronímicos  en España y Portugal.
 
No fue una configuración del patronímico única y menos al principio. Primero se adoptaron en la España visigoda los nombres germánicos que se corresponden con los actuales Fernando, Alvaro o Gonzalo. El caso de por ejemplo se latinizo el nombre germano como “Ferrandus, Federnandus”, y el apellido patronímico en los primeros momentos se declinaba con una “i”:”Federrandizi,Federnandizi declinación que luego sería  “ez”, “iz” o “z” en Castilla o “es” en Portugal que acabaría con los siglos dando el actual “Fernandez o Ferrandiz” en España y sus virreinatos coloniales o “Fernandes”  en Portugal, como patronímico del nombre “Fernando”
 
 
Y es que no deja de sorprenderme en la actualidad como gran parte de la población no es consciente de que algunos de sus apellidos son “patronímicos”, que eran la declinación del nombre del padre que se utilizó en la edad media para apellidar al hijo:
 
Y es que “Fernández , Ferrándiz”  no significan otra cosa que “hijo de Fernando”,
 
“Díaz” es “hijo de Diego”
 
“Ruiz” es “hijo de Rui o Ruy”
 
“ Alonso o Alfonso” es “hijo de Alfonso o de Alonso”
 
“Pérez” es  “hijo de Pero o Pedro”
 
“Sánchez, Sanchiz” es “hijo de Sáncho”
 
“Rodríguez” es” hijo de Rodrigo”
 
“Nuñez” es “hijo de Nuño”
 
“González”  es “hijo de Gonzalo”
 
“Vázquez o Vásquez” es “hijo de Vasco”
 
 “Gutiérrez” es hijo de “Gutier o Gutierre”
 
“Velázquez, Velasquez o Velasco” es “hijo de Velasco”
 
“Lainez” es “hijo de Lain”
 
“Ramirez· es “hijo de Ramiro”
 
“García o Garcíez”  es “hijo de García”
 
“Ordoñez” es “hijo de Ordoño”
 
“Jiménez” es “hijo de Jimeno”
 
“Álvarez” es “hijo de Álvaro” etc. 
 
Evidentemente también son patronímicos los nombres “de Pedro”, de Diego, “de Jaime”, “de Luis” etc…
 
 
Y así fue durante gran parte de la Edad Media, los apellidos no estaban fijados y se declinaban según el nombre del padre
 
Tomando por ejemplo el caso del Cid, llamado Rodrigo Díaz
 
- Su abuelo se llamaba Laín de nombre, por lo cual
el padre del Cid se llamó Diego y de apellido “Láinez”: es decir el Cid era hijo de Diego Laínez.
El Cid, que tomó el nombre de “Rodrigo” se apellidó “Díaz” como declinación patronímica de “Diego”: el nombre del Cid fue por tanto “Rodrigo Díaz”.
 
Aunque la época romántica transformó con posterioridad el apellido del Cid (siglo XI) en “Díaz de Vivar”, lo cierto es que no se habían fijado aún los apellidos “compuestos” y no de ja de ser una invención el llamarle “Díaz de Vivar”. Los descendientes del Cid aparecen en los documentos históricos del siglo XII con el patronímico del padre como “Rodríguez” (hijo de Rodrigo” en los documentos históricos).
 
Por lo tanto, la hija del Cid que contrae matrimonio con el hijo del Rey de Navarra; el Infante de Navarra llamado “Sancho Ramírez”, se llamó “Elvira-Cristina Rodríguez” en declinación del nombre de su padre “Rodrigo”.
 
 
Y así llegamos al momento en que la utilización del patronímico, que se utiliza en toda la península, acaba siendo poco útil para identificar a las personas.
Por ejemplo, en el condado de Barcelona en los Siglos XI y XII, los condes de Barcelona se llamaban Berenguer Ramón y Ramón Berenguer alternativamente de modo que la única fórmula de identificación que funcionaba era ponerle el “numero” a posteriori.
 
Así hasta el siglo XII en que el rey de Aragón pasó a ser Conde de Barcelona, y los condados de Besalú,  Vic o Barcelona pasaron a formar parte de la Corona de Aragón. Ramón Berenguer IV, último Conde de Barcelona antes de subsumirse sus condados en Aragón casó con Petronila de Aragón, y utilizaban los Condes ese sistema de “patronímico” para ls apellidos lemosines igualmente, muy similar al de Castilla y Navarra.
 
 
Así describe Godoy como se “agota” el modelo del patronímico o declinación del nombre del padre como único sistema para apellidar a la población, tal y como hemos visto en el caso del Conde de Barcelona:
 
Muchas familias se abonaban, por decirlo así, a dos nombres propios, que alternaban formando cadena entre ascendientes y descendientes, El abuelo se llamaba Froila, el padre Ramiro Froilaz, el nieto Froila Ramirez, y no salían de Froilas y Ramiros
 
Por lo tanto dejó ser suficiente el patronímico para identificar a las personas:
 
“Necesariamente hubo que recurrir a lo que después se llamó “alcuña” , á un sobrenombre , mote, apodo o sobreuso [Rubio, Moreno] , tomado de defecto [Calvo], dolencia [Sordo], cualidad [Valiente, Fuerte], Virtud [Rico, Clemente], costumbre, parentesco [Sobrino, Primo, Nieto], estado [Casado], condición [Guerrero] , cargo [Juez, Escriba] , u oficio[ Molinero, Zapatero, Trapero, Tendero, Farolero, Tabernero…]. Aun el delito [Ladrón] sirvió para este efecto.” 
 
Y así se fue enriqueciendo la denominación de apellidos de las personas, que hasta la baja Edad Media se ceñía a los patronímicos.
Todos los reyes de los reinos hispánicos se apellidaban Sánchez, Fernández. Alonso, Ordoñez, Iñiguez, Ramón etc…
 
El “Tria Nomina Nobiliorum” romano reinventado: Los apellidos compuestos fijados en la Edad Media
Y escribía con anterioridad Godoy Alcántara que en la Hispania Romana:  “había familias ilustres que se complacían en acumular nombres sin término” se sustanciaría fundamentalmente a través del denominado “tria nomina nobiliorum” , es decir  “los tres nombres de los nobles”.
No tardaría en la Edad Media en aparecer una nueva forma de apellidarse que diferenciaría a los nobles o “hijosdalgo” del resto: la estructura “Nombre + Patronímico + Solar” .  Por ejemplo entrarían en esta estructura medieval Gonzalo Fernández de Córdoba, Pedro Menéndez de Avilés, Juan Fernández de Navarrete, Alonso Álvarez de Toledo, Francisco Ximénez de Tejada,  Diego Gómez de Zamora, Sancho Ramírez de la Piscina, José Alvárez de Goicoechea etc…
 
Define esta nueva estructura del apellido en España  José Godoy Alcántara, en la que queda claro que el “solar” puede no limitarse a una población, sino que puede designar  varias otras  “:
Entre las formas de apellido que debieron su origen al carácter feudal, fue la principal la que provino del solar de que se era dueño, y se denominaba “solar” todo edificio ó terreno, grande o pequeño, yermo ó poblado. El verdadero solar nobiliario era un extenso predio de “Latifundium”, poblado de familias de criación o de vasallos solariegos que lo cultivaban, y en cuya parte más eminente se hallaba una casa fuerte que habitaba el señor.”
 
Y continúa Godoy en explicación de lo que hoy persiste:
la división de las herencias […] multiplicó estas casas solariegas que dieron apellido á sus poseedores, y con él después motivo de vanidad á sus descendientes.”
 
Aunque en España no todos lo adoptaron –muchos nobles siguieron manteniendo su apellido patronímico “Fernández”, “Sánchez”, “Díaz,” “González”, “Rodríguez”  o “Pérez” sin juntarlo a un “solar” o “territorio”- el indicador del apellido en estructura de “nombre + patronímico + solar”  procedentes de la edad Media y Renacimiento sí que suele ser un elemento de distinción de la “hidalguía” de un apellido.
Igualmente -y pese a la creencia generalizada en muchas personas que escriben o hablan en medios de comunicación que creen que los patronímicos pueden ser apellidos muy comunes o sin valor diferencial- para un maestro de Armas o un Genealogista que investigue orígenes familiares, es mucho más probable que un apellido de origen patronímico sin parte compuesta pueda tener un origen “hidalgo”  que cualquier otros apellido , especialmente los que indican profesiones “Herrero o Herrera, Molinero, Trapero, Carretero, Tabernero o Zapatero”,
 
En España, heredera de la cultura Griega que denostaba el trabajo manual, hasta la llegada del Conde de Aranda a finales del siglo XVIII, los apellidos que indicaban profesiones de trabajo manual fueron considerados profesiones indignas. Los ilustrados españoles cambiaron esa circunstancia, rehabilitando la dignidad de esos apellidos y de lo que significaban.
 
Estas líneas es únicamente una breve síntesis de varias obras que explica igualmente la evolución posterior de los apellidos, con la proliferación de apellidos que son toponímicos –o nombres de poblaciones-,  de profesiones, o bien de  patronímicos de nombre de mujer  “de Juana” “ de María” o los dos a la vez : véase “Herrera” por ejemplo, y qué pueden implicar. 
 
Les animo a encontrar y leer estos textos antiguos que, en pocas páginas, especialmente en la obra del académico de la historia del siglo XIX José Godoy Alcántara,  pueden darle una visión mucho más rica del mundo de los apellidos en España y en occidente.
 
Los nombres y apellidos son algo que nos encontramos todos los días en nuestra relación con otros ciudadanos, aunque quizás el mundo de los dispositivos electrónicos y los “perfiles” como Whatsapp, Facebook, Twitter o Instagram puedan acabar con la estructura actual mundial de los apellidos,  para acabar volviendo todos a los “motes” o “sobrenombres” de hace cientos de años. 
 
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