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El futuro del proyecto europeo: de la familia Europea al Brexit

Recordaba el recién desaparecido Zygmunt Bauman que desde su mito fundacional en el que la princesa Europa era raptada por Zeus, nuestro continente no se encuentra, se construye. Sin embargo, en los dos últimos años hemos asistido a una crisis en la que por primera vez empezamos a debatir sobre si el proyecto europeo no solamente está agotado, sino a punto de colapsar.

Actualizado 1 abril 2017  
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Lluc López i Vidal – Profesor en la UOC
  
Existen algunos argumentos que nos remiten a esta idea. En primer lugar, la confianza entre las naciones está desquebrajándose. Cuando el historiador Henry Kissinger identificaba el interés nacional o raison d'état como la lógica de poder tras la cual rezumaba cada una de las decisiones de los estados nación, estaba identificando el interés opuesto de la idea del proyecto europeo que ha imperado en los últimos sesenta años. Sin embargo, el interés nacional vuelva a estar presente en cada uno de los discursos de los diferentes gobiernos europeos, tanto en el brexit británico, en el interés nacional francés o en el discurso antieuropeo de Polonia. Cuando tratamos de entender el porqué de dicho retorno, las palabras de Stephan Zweig cuando afirmaba con pesadumbre qua institución un supranacional no podría suplir siempre los sentimientos que nos aporta una nación.
En segundo lugar, en los últimos años hemos  observado como un fantasma recorría Europa, el fantasma del populismo”. El neopopulismo no representa a ninguna ideología concreta sino que suele irrumpir en un período de crisis en el que grandes bolsas de la población no se sienten representadas por el sistema y se inicia una crisis de representatividad. Dicha crisis es aprovechada por unos líderes populistas que se abanderan como defensores de las clases populares ante las elites. Esta ha sido sin duda la esencia de la campaña de Donald Trump: un pueblo hastiado por el establishment que representaba Hillary Clinton y cobijado por un líder autoproclamado “outsider” que entendía sus necesidades.
Pero aunque en Europa nos entestemos en identificar a Trump como populista, es aquí donde se ha iniciado un movimiento populista, con tintes xenófobos y racistas en unos casos, y antisistema y anticapitalistas en otros pero cuyo denominador común es ser antieuropeos. Este populismo ha afectado a países como Austria que ha estado a punto de ver como un candidato de extrema derecha se convertía en Jefe de Estado o bien Holanda, en la que el candidato de la extrema derecha, Geer Wilders, ha llegado segundo en las recientes elecciones legislativas. En Hungría, el gobierno del Primer Ministro Viktor Orban se ha abanderado como el líder de una Europa que dice no a los exiliados sirios, y a la entrada de inmigrantes. En Alemania, algunos partidos xenófobos como Alterativa para Alemania han irrumpido con fuerza en las elecciones de Sajonia, En las elecciones al parlamento federal alemán del próximo setiembre evidenciaremos si dicho fenómeno se convierte en una preocupante e incómoda tendencia.
Pero si la situación de la extrema derecha en Suecia, Dinamarca, Finlandia, Bulgaria o en Bélgica agrava aún más dicha situación, existe un país cuyo devenir político puede afectar de sobre manera al futuro de Europa. En Francia las elecciones en abril son la prueba de fuego del edificio europeo. Si bien es cierto que el sistema electoral a dos vueltas reduce sus posibilidades de éxito, una victoria del Frente Nacional representaría el acta de defunción de Europa. En enero Marine Le Pen afirmaba en un semanario alemán que debíamos volver a la Europa de las fronteras y espetaba: “Europa ha muerto, pero aún no lo sabe.”
Hablar de Europa es indeleblemente hablar sobre Rusia. Para la UE Rusia es la estación de llegada del proyecto Europeo y toda vez Rusia esté integrada en él, el atávico proyecto de establecer una paz perpetua en Europa habrá triunfado. Sin embargo, la relación entre la UE y Rusia pasa por uno de los peores momentos desde el fin de la URSS. El especialista de las Relaciones Internacionales John Mearsheimer afirmaba en 1993 en un artículo ridiculizado entonces por sus colegas, que Europa viviría en veinte años el inicio de un conflicto que volvería a los dos países más grandes de Europa -Alemania y Rusia- a enfrentarse en una guerra. En 2014, la crisis de Crimea ha estado a punto de cumplir esta vieja profecía realista.
Aunque durante muchos años los especialistas en la UE han reiterado una tras otra vez que la UE crece, avanza, solo tras la irrupción de crisis que la terminan por reforzarla, esta vez la idea se antoja agotada. Esta máxima que había sido la llama que hacia prender el proyecto europeo, ahora la está abrasando. ¿Qué futuro le depara al proceso de integración regional de tipo política y económica más avanzado de la historia de la humanidad?
El pasado mes de febrero el libro blanco de la Comisión Europea dejaba entrever los cinco escenarios en los que la UE confía para salir del atolladero en el que se encuentra. La primera opción sería un mantenimiento del status quo en una UE que sigue avanzado hacia la integración pero sin el Reino Unido. Como alternativa, se nos presenta la idea de avanzar todos juntos hacia una Federación de Estados Europeos que termine con las riñas entre las instituciones Europeas y los Estados, opción que posee hoy en día muy pocos seguidores. Un tercer escenario pasa por convertir a la UE en un gran mercado económico, en el que paradójicamente cabría la presencia del Reino Unido.
El Brexit en lugar de destruir a la UE, habría servido para dar un rumbo a la integración europea en el que se sacrificaría el legado político a cambio de crear un gran mercado. En cuarto lugar, seguir avanzando a través de lo que llaman “cooperaciones reforzadas”, es decir, una Europa a dos velocidades políticas en la que algunos países avanzarían unidos en temas como la defensa, o la diplomacia. Por último, existe la posibilidad de avanzar con una UE que decide devolver a los Estados algunas competencias que pasarían a manos de los diferentes socios. La máxima sería hacer “menos pero de manera más eficiente”.
Aunque los movimientos populistas, el euroescepticismo, y la crisis económica han atacado al corazón de la construcción europea, continúan existiendo algunos elementos que nos invitan a un moderado optimismo. Europa, no solamente será inquebrantable mientras exista un beneficio económico que satisfaga a los Estados y apueste por ser un “club de democracias”, sino mientas exista el entente entre Berlín y Paris. La UE aunque en proceso de naufragio, va a situarse en su zona de seguridad.
 
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