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El juego afgano

¿Con qué imagen identificamos Afganistán? Probablemente, muchos tengamos aún en mente la mirada penetrante de aquella niña afgana que ilustró el reportaje de National Geographic de 1985, imagen que trataba de acercarnos un conflicto complejo y lejano en la deriva de la Guerra Fría.

Actualizado 2 septiembre 2021  
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Javier Benavides Malo Profesor de la Universidad Villanueva
  
Los afganos llevan desde los años 70 del pasado siglo luchando por crear un Estado, pero sufriendo influencias extranjeras que han convertido esta aventura en una inmensa partida de Risk, donde los jugadores han tratado de desplegar sus mejores estrategias militares con escaso éxito. El Estado asiático se erige en una gran lección de política internacional en áreas que van desde lo político hasta lo militar, pasando por lo económico social; donde la interdependencia internacional queda más que patente. 
 Lord Byron afirmaba que “apenas son suficientes mil años para formar un Estado, pero basta una hora para reducirlo a polvo”. Por lo que en primer lugar debe quedarnos claro que la conformación de un Estado, que funcione, ha de realizarse desde dentro y siguiendo su evolución natural. Esta afirmación, aparentemente simple y lógica, es la piedra con la que las distintas potencias del siglo XX se han tropezado una y otra vez a la hora de platear su política exterior. La historia nos muestra muchos ejemplos de construcción de Estados que se erigieron como potencias tras duros procesos revolucionarios, como la independencia y secesión americana o las revoluciones bolchevique o francesa. 
Los últimos 20 años han estado marcados por una misión internacional (la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad - ISAF) bajo el amparo de las Resoluciones de Naciones Unidas, de la OTAN y de los Acuerdos de Bonn de 2001  sobre Arreglos Provisionales en Afganistán para el Restablecimiento de Instituciones Gubernamentales Permanentes. Tras la caída en 2001 del primer gobierno talibán se generó en los países occidentales y en las organizaciones internacionales la ilusión de crear un futuro prometedor para Afganistán, construyendo un Estado de Derecho en base a los principios y derechos básicos de estos Estados y del Derecho Internacional, lo que implicaba una gran oportunidad para exportar la fórmula de Estado y sociedad occidentales a este rincón de Asia. Sin embargo, esta misión se ha quedado muy lejos de los resultados deseados. En apenas un mes, el gobierno establecido ha colapsado y en su mayor parte huido del país, provocando la retirada del ejército gubernamental (supuestamente bien entrenado y mejor equipado por los Estados aliados) y la huida de miles de personas por el temor al nuevo gobierno talibán. Por lo tanto, la comunidad internacional ha de replantearse el porqué del fracaso de una misión que ha costado millones de euros y que ha generado limitados beneficios sobre la población. Quizás una de las respuestas a este porqué pueda encontrarse en el cariz eminentemente militar que tomó desde el principio, dejando de lado el desarrollo de infraestructuras y la formación de la población.

De esta forma, cabe poner de manifiesto que una operación internacional ha de ir acompañada con otros factores además del militar para resultar exitosa, buscando la coordinación de lo militar con lo político y lo social. Para que esta coordinación sea eficaz, primero, debe conocerse la idiosincrasia, cultura y necesidades de la región y de su población, pues no todos los países y las personas somos iguales ni todas compartimos exactamente mismas necesidades y culturas. Si bien tenemos una base común de principios y valores que tratan de recogerse en la Carta de San Francisco y en la Declaración de Derechos Humanos, debemos de tener claro que existen muy diversas formas de alcanzarlos y desarrollarlos. Además, estamos en un momento en el que el modo de vida y parámetros occidentales de los que partimos se están poniendo en entredicho ante el auge de otros modelos socio-económicos, como el chino. Por lo tanto, en las relaciones internacionales del siglo XXI la empatía y la sensibilidad son fundamentales para analizar y actuar ante una crisis internacional.
En segundo lugar, para el éxito de una misión internacional será de gran relevancia la capacidad que tienen los medios de comunicación de jugar como bisagra, permitiendo una adecuada información y coordinación entre los distintos poderes y la sociedad. Hoy día, el cuarto poder es un jugador clave del tablero internacional, altamente involucrado y trascendente en la toma de decisiones de cualquier país. No obstante, la tendencia individualista y cortoplacista de la sociedad occidental actual obstaculiza en ocasiones su labor independiente y contrastada, ya que medios de comunicación, redes sociales y las propias personas viven en gran parte de lo efímero y sensacionalista, sin mirar con perspectiva en las consecuencias que una situación o acción pueden tener en la comunidad internacional. En este sentido, resulta muy fácil jugar con los temores de una sociedad, pero el verdadero profesional de los medios de comunicación, militar o de la política debería saber anteponer su visión de Estado y de servicio público para centrarse en la persona, pues para conseguir hacer frente a crisis internacionales, la persona debe ser el centro con los intereses de Estado como subsidiarios, ya que éstos se conforman a partir de aquél. Afganistán lleva sumido en una gran crisis muchas décadas, con una economía en buena parte basada en el cultivo del opio y con una gran brecha social entre la población rural y urbana, además de otros graves problemas coyunturales. Los cambios de gobierno o de influencias externas solo azuzan estos conflictos enquistados.

Un Estado de derecho solo es efectivo y eficaz si se trabaja con perspectiva de futuro y se basa en la comunidad y en el bien común, en la solidaridad y el diálogo de las personas que lo componen. La información y formación que los medios de comunicación y las redes sociales tienen capacidad de crear y generar son claves para canalizar bien dichas situaciones.
En Afganistán se han puesto a prueba una vez más las organizaciones internacionales, mostrando sus debilidades y fortalezas. La supeditación a las políticas e intereses estatales, demasiadas veces cortoplacistas y efectistas al depender de resultados electorales, dificultan las decisiones y acciones de la comunidad internacional en su conjunto frente a cualquier tipo de crisis. Esta brecha tiene como consecuencia la obtención de resultados dispares y poco efectivos en la mayoría de las ocasiones. Sirva como ejemplo la evacuación de Kabul de los distintos Estados y el cierre de sus Embajadas, lo que dificulta el seguimiento de la situación sobre el terreno y la prestación de ayuda directa. 
Así pues, las debatidas reformas necesarias a las que debería someterse Naciones Unidas, o incluso la OTAN, vuelven a estar en boca de todos, pero ¿cuál será el resultado de estas discusiones? ¿Supondrá el conflicto de Afganistán un antes y un después en estas organizaciones y en el sistema internacional? Tenemos mucho sobre lo que reflexionar. Lo mismo sucede con la Corte Penal Internacional (CPI), quien tiene que lidiar con una difícil situación en las investigaciones iniciadas en 2019 en Afganistán ante la presunción de crímenes contra la humanidad cometidos en este país a lo largo de los últimos años. Investigación que se verá influida porque solo podrá investigar aquellos crímenes cometidos tras la entrada en vigor del Estatuto de Roma que la crea (1 de julio de 2002) y habrá de recaer sobre todas las partes: talibán, gobierno afgano y aliados y las tropas de la misión internacional. Y, como curiosidad, mientras que Afganistán es miembro firmante comprometido con la actuación de la CPI, Estados Unidos no lo es.
Finalmente, la crisis de Afganistán ha puesto de relieve que los Estados y las organizaciones internacionales ya no juegan solos la partida internacional. Los medios de comunicación, las empresas, los movimientos y organizaciones de carácter político-militar como el ISIS, el tercer sector o la propia ciudadanía tienen gran relevancia y pueden generar, agravar o mitigar crisis de todo tipo a nivel internacional, desde sanitarias hasta económicas y por supuesto militares. Lo que demuestra que la interdependencia no es solo entre Estados, sino a todos los niveles económico-sociales y que no se restringe a las relaciones político-militares, sino también económicas, sociales o sanitarias. Baste como ejemplo las implicaciones que los migrantes afganos afrontan desde su salida, acogida, situación sanitaria ante el Covid o temores sociales (empleo, economía o hasta terrorismo).

Todo ello requiere una readaptación de los Estados y organizaciones en sus relaciones internacionales. 
Repasando brevemente la situación de algunos Estados con intereses en Afganistán, vemos que Estados Unidos lleva tres mandatos presidenciales centrándose más en sus asuntos internos y con una política exterior que no termina de asentarse; Rusia y China adquieren cada vez más relevancia, siendo grandes potencias económico-comerciales, con modelos sociales diferentes a los occidentales, sobre todo China, y que cuentan cada vez con más seguidores. Ambos seguirán de cerca la evolución de los acontecimientos afganos, tanto por las posibilidades logísticas y de explotación de materias primas que tiene el país, como por la necesidad de evitar que se convierta en un centro de radicalización de las minorías musulmanas de China y Rusia. Pero vemos influir en mayor o menor manera en la evolución política y militar de Afganistán y de la región a otras potencias regionales como Turquía, la India, Irán, Arabia Saudí o Israel, pujando todas por un lugar relevante en el juego.
En concreto, España ha resultado ejemplar a la hora de llevar a cabo la evacuación y la puesta en marcha de centros de acogida en las bases de Torrejón, Morón y Rota, sin embargo, es pequeño movimiento en el conflicto afgano, donde miles de personas están saliendo por sus fronteras terrestres sin un destino o país de recepción claro. Quedan muchas incógnitas que despejar en torno a un nuevo gobierno talibán, que puede encontrar cierto apoyo en el Afganistán rural y en las capas sociales más bajas del país, que recuerdan su primer gobierno centrado en las tradiciones, de cierta estabilidad y de mejora de infraestructuras, a pesar de la estricta aplicación de la Sharia y de la restricción de derechos. Por su parte, España deberá de tener en cuenta a la Unión Europea, quien tiene la opción de plasmar en la práctica una política coordinada, conjugando sus pilares: derechos humanos, cooperación y comercio. Ojalá nuestro país se erija dentro de la Unión en guía y se pueda establecer una estrategia a nivel europeo que incluya:
-    la acogida efectiva de los refugiados y migrantes afganos, los flujos migratorios han acompañado la historia de la humanidad y con la mejora de los medios de comunicación se hace necesario tener una política clara y humana;
-    la capacidad de influencia en Afganistán para lograr el cumplimiento del Derecho Internacional, a cambio de favorecer un mayor desarrollo económico y comercial. Cabe recordar que el opio sigue siendo el principal producto del país, situación que no ha cambiado en estos últimos 20 años y
-    la consecución de un avance en la educación y formación de la población afgana, dentro y fuera de sus fronteras. 
En conclusión, el siglo XXI obliga a analizar cualquier situación desde un punto de vista amplio y transversal para que las decisiones y acciones que se tomen se adapten a un mundo interdependiente a todos los niveles: políticos, sociales y económicos. Estados, organizaciones internacionales, medios de comunicación y demás sujetos que conforman la sociedad actual, incluidas las personas, tenemos por delante una profunda reflexión sobre cómo queremos relacionarnos si queremos un desarrollo real, igualitario y efectivo. 
Ante el elevado grado de interdependencia, la solidaridad y la empatía son fundamentales si queremos crear una sociedad de acogida y de confianza basada en los principios básicos de Derecho Internacional. La persona y la comunidad de personas deben ser el centro de debate y las guías para la toma de decisiones de calado, pues lo efímero y concreto no funciona para construir un Estado y una comunidad internacional sólidas. 
Afganistán debería convertirse en la oportunidad de replantear esta política internacional más centrada en las personas y en la comunidad, abierta a todos, para encarar los desafíos que el presente siglo nos sigue planteando.

 
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