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Historia de los Apellidos (1)

El origen de los apellidos en España

Los apellidos en España atravaseron diferentes fases hasta llegar a la normativa que rige en España en nuestros días, que procede de la época liberal que todo buscaba sistematizar. Antes de ellos, los griegos, los romanos, los visigodos, los reinos cristianos… todos utilizaban diferentes sistemas para identificar a sus residentes. En 1871 el académico de la historia Godoy Alcántara escribió su obra "Ensayo histórico etimológico filológico sobre los apellidos castellanos" premiado por la RAE

Actualizado 3 octubre 2018  
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Gonzalo Fernández de Navarrete González Valerio
  
El libro de Godoy Alcántara es una fuente de información histórica que de forma sencilla, y con una erudición nada pretenciosa basada en documentos históricos escritos desde hace más de 2000 años hasta el siglo XIX,  explica de forma secuencial las diferentes fases que los nombres y apellidos atravesaron,  en los reinos hispánicos medievales, esencialmente en la Castilla medieval, pero mencionando también otras tradiciones equivalentes como la Navarra o la Aragonesa así como las de otras culturas antiguas y territorios europeos .
 
 
En sus líneas  puede leerse:
 
“Propiedad al abrigo de los caprichos y vicisitudes de la fortuna, es el nombre lazo moral que liga en la sucesión de los tiempos la de los individuos, y que parece responder a ese innato secreto anhelo del hombre  de prolongar más allá del sepulcro su existencia de un momento.”
 
Y es que largo tiempo ha que la voluntad de individualizar a las personas se halla en el seno familiar que pretendía que el nombre fuera un identificador, Esta voluntad respondía a variadas circunstancias:
 
Los pueblos en que el nombre es individual , y que como entre los hebreos, lo imponían á los pocos días de nacidos, como el niño no tiene profesión, ni cualidades morales ni físicas, ni ordinariamente nada en su figura que lo distinga, dábanle el nombre de alguno de los abuelos; predilección fundada en la creencia de que las cualidades saltaban una generación para reproducirse en la siguiente, ó de algún próximo pariente, ó lo determinaban las circunstancias del nacimiento, ó las primeras palabras que el padre había pronunciado al verle, ó los deseos por su felicidad.”
 
 
Sin embargo la presente tradición española de dar apellido además de nombre, como casi todo, procede del Imperio Romano.
 
“ Pero el nombre de familia, el apellido no aparece sino con la sociedad romana. Se ha demostrado que lo tomaron de los etruscos. Ningún pueblo como el romano ha rendido culto tan especial a la memoria de los antepasados.  Bajo la denominación de “lares” y “penates” hizo de ellos divinidades y en las circunstancias graves de la vida les pedían consejo y auxilio.”
 
 
Y es que la actual obsesión española, europea y mundial por santificar a personajes de la historia, y demonizar a otros – en estos días del siglo XXI tenemos el eterno “retorno” español de quitar los nombres de las calles a unos para dárselas a otros que supuestamente fueron “mejores” – o casi siempre igual de malos- circunstancia que se repite desde el siglo XIX cuando los liberales inauguraron la tradición de darle nombre de personas “mortales” a las calles y plazas de nuestras villas.
 
 
De hecho se ha demostrado que cuanta más información existe sobre los personajes históricos de siglos pasados, difícil es santificar a ninguno de ellos, pero en esas costumbres romanas seguimos en la península, pero también en Estado unidos, donde acaban de desposeer de sus calles y estatuas a Fray Junípero Serra, “santo varón” español originario de Mallorca,  que participó junto a su paisano Portolá en la colonización de California para la monarquía Hispánica en el siglo XVIII.
 
 
En cualquier caso el sistema romano no es exactamente el que rige en España en la actualidad, aunque hay ciertos elementos esenciales que surgen en ese momento, y que se aplican en Hispania y sus provincias. En palabras de Godoy Alcántara:
 
El nombre romano se componía del “praenomen” distintivo de cada individuo, y del “nomen”, que era el de la familia (gens) , y cuando esta era numerosa se añadía el “cognomen”, que designaba la rama, por ejemplo: Públio Cornelio Léntulo, Marco Porcio Caton, Lucio Sergio Catilina. El “agnomen” era una especia de sobrenombre particular , como en los Scipiones “el africano”, “el asiático”, “el hispánico”.
Había familias ilustres que se complacían en acumular nombres sin término […]”
 
 
Y es que los romanos fueron los que establecieron la costumbre de que los patricios y nobles tuvieran nombre y apellidos largos. La frase  de que entre los romanos “Había familias ilustres que se complacían en acumular nombres sin término” se sustanciaría fundamentalmente a través del denominado “tria nomina nobiliorum” romano;  es decir “los tres nombres de los nobles”.
 
 
Ningún pueblo hasta entonces había conocido la herencia del nombre [es decir el apellido] ; ni los judíos, que tanta importancia daban a la filiación y entre quienes tan poderoso era el espíritu de la familia; ni de los griegos cuyos héroes recuerdan sin cesar su genealogía”
 
Otro asunto de gran actualidad, y que procede de los romanos es que los apellidos no solo se transmitían a los hijos:
 
“No solo por filiación se transmitía el nombre [apellido] entre los romanos sino también por adopción y emancipación.”
 
Y es que los esclavos solo tenían un nombre  pero  podían ser emancipados o liberados por su dueño – exactamente igual como  posteriormente establecería la legislación española en su época colonizadora para los africanos ya que las normas se basaba en la legislación  de las “Siete Partidas” de Alfonso X el Sabio que a su vez se inspiraba en la legislación romana de Hispania -.
En el momento en que eran liberados por su dueño: “cuando se le emancipaba anteponía á su nombre el “praenomen” y “nomen” del dueño”.
 
Y en eso la tradición romana rigió luego en el imperio español o Monarquía Hispánica en América hasta el siglo XIX.
 
 
El indispensable libro “La esclavitud en la América española” de José Andrés-Gallego, que en una mente cartesiana –algo poco recomendable en un mundo donde campa la incultura por doquier especialmente entre los gobernantes-   debería ser obligatorio en la lectura en la escuela española y a su vez regalado a todos los diputados y políticos de los antiguos territorios de la España Peninsular y de los Virreinatos y capitanías de América y Filipinas, explica en detalle y en perspectiva comparada con nuestros vecinos europeos  portugueses, franceses, ingleses y otros más cómo se estructuró legalmente la esclavitud en la Monarquía Hispánica. No es lo que un lector mal informado podría esperar: España sale mejor parada que cualquiera y que todos los demás juntos.
 
 
En este libro sobre la esclavitud del prestigioso catedrático José Andrés-Gallego se observa como en los pleitos que interponían los esclavos contra sus amos - pese a que la mayoría pueda creer que en Derecho español los amos eran inmunes e impunes no era así- ,en esos pleitos –ganados en un 90% por los esclavos - los apellidos eran exactamente los mismo. Los del amo y el del esclavo…..
 
Por último insistir en otra huella romana en el mundo actual: “No solo por filiación se transmitía el nombre [apellido] entre los romanos sino también por adopción […]”
 
Y es que nos cuentan los medios que si estamos en una fase de progreso social, que si “avanzamos” con las nuevas normativas.
 
Observando la historia, es un bucle en la que se repiten los hechos desde hace 2500 años. Sin embargo casi todos los que ejercen tareas de gobierno  -no solo en España sino en el mundo entero- son personas de muy poca formación, en cualquier caso claramente insuficiente para conocer un pasado apasionante que se repite sin cesar, para lo malo y para lo bueno.
 
 
 
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