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EN DEFENSA DE LA GLOBALIZACIÓN Y EL LIBRECAMBIO

La denominada "Gran Recesión" de finales de la primera década de este segundo milenio ha afectado con especial virulencia a los países desarrollados y ha provocado, especialmente en estos países, que se cuestione la globalización y el comercio internacional como quizá no se había hecho desde los tiempos duros de la Guerra Fría.

Actualizado 24 marzo 2018  
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José Luis Feito Higueruela, Presidente del Instituto de Estudios Económicos
  
El avance e incluso el mero mantenimiento de los niveles de comercio internacional está siendo una de las víctimas del enrarecido contexto político que se ha configurado en la mayoría de los países desarrollados, de manera que el proteccionismo es hoy día una de las grandes amenazas que se ciernen sobre la economía mundial.
 
Un sencillo razonamiento mediante el método de reducción al absurdo debería bastar para mostrar el sinsentido de las políticas proteccionistas. Si el proteccionismo, la prohibición o reducción de importaciones de otros países que pueden poner en peligro puestos de trabajo en el nuestro, fuera una política beneficiosa para los trabajadores de un país lo sería también para los de otros países y, por tanto, debería ser aplicada por todos los demás. Pero si esta política fuera instrumentada por todos los países, entonces no sólo se reducirían nuestras importaciones y, por ende, sus exportaciones, sino también sus importaciones y consiguientemente nuestras exportaciones, ocasionando con ello pérdidas de trabajo en cualquier país mucho más cuantiosas que las que supuestamente se ganarían con las políticas proteccionistas. Es crucial entender las consecuencias extremadamente negativas que tendría el proteccionismo para todos, y especialmente para los grupos que más pretende proteger. Efectivamente, por muy negativas que sean las consecuencias que se quieran atribuir a la globalización y al comercio internacional, las que acarrearía el proteccionismo serían aún mucho peores.
 
El proteccionismo (la contención o el repliegue de las importaciones mediante su encarecimiento artificial) no sólo no evita las pérdidas de empleo de algunos trabajadores de baja o media cualificación sino que empeora su situación. Ello se debe a tres razones. En primer lugar, como se ha dicho, si nosotros redujéramos las importaciones de otros países ellos reducirían nuestras exportaciones con lo que todo, o más, o al menos buena parte de lo que se gana por un lado, se pierde por el otro. En segundo lugar, las importaciones son el resultado de las decisiones libres de empresas e individuos de manera que si se reducen aumentando sus precios hasta niveles que sean disuasorios o suficientemente superiores a los de los productos nacionales (esto es lo que hace el proteccionismo), se reduciría el bienestar de los consumidores y la competitividad de las empresas que las adquieren. En otras palabras, aumentaría el precio y se
reduciría la variedad de los bienes consumidos por el impacto alcista directo de los aranceles y otras barreras a la importación sobre los bienes y servicios de consumo importados, y por el impacto alcista indirecto sobre los inputs importados por las empresas que fabrican el resto de bienes y servicios que componen la cesta de consumo de la sociedad. Esta subida de precios reduciría especialmente el poder de compra de los perceptores de salarios medianos y bajos (y de los perceptores de rentas fijas en general), ya que son estos grupos de ciudadanos los que consumen una mayor proporción de bienes importados. En tercer lugar, el proteccionismo desvía recursos desde los sectores más dinámicos, con
mayor ritmo de avance tendencial de la productividad, a los sectores menos dinámicos y más vulnerables a los cambios tecnológicos y a las ganancias de competitividad de otros países, con lo que se reduce el potencial de crecimiento del país y las posibilidades de incrementar los salarios reales. Finalmente, el proteccionismo induce caídas de la demanda, de precios y de costes, así como devaluaciones cambiarias, en los países que producen las importaciones, todo lo cual aumenta su competitividad. Esto implica que el empleo ganado con proteccionismo es efímero, ya que sólo se puede mantener con cada vez más proteccionismo, lo que, antes o después, termina siendo inviable. Lo sucedido con el anuncio, el mero anuncio, por parte del presidente de EE.UU., Donald Trump, del posible establecimiento de un arancel de un 25% a los productos importados de México ilustra bien este razonamiento. Dicho anuncio, junto con las potenciales restricciones a la entrada de trabajadores mexicanos en EE.UU., ha inducido una caída del tipo de cambio del peso mexicano frente al dólar estadounidense del orden del 40%, lo que supone un abaratamiento de las importaciones de productos mexicanos a Estados Unidos superior al monto del posible arancel, haciéndolos, por tanto, más competitivos de lo que eran antes del anuncio de esta medida.
 
Algunos antiglobalizadores dicen que no pretenden eliminar el comercio internacional sino “sólo” replegarlo, especialmente obstaculizando las importaciones de países con salarios bajos que ponen en peligro el empleo de los trabajadores menos cualificados en los países desarrollados. Como se ha dicho antes, esta posición olvida que si nosotros prohibimos o coartamos las importaciones de los países menos desarrollados, ellos restringirán nuestras exportaciones y todos sufriríamos en el proceso, especialmente los trabajadores de baja cualificación. Pero al margen de esto, esta visión incurre en una rancia falacia económica consistente en confundir costes salariales con costes de producción. Si los bajos salarios fueran los únicos determinantes del poder exportador de un país, los países africanos liderarían el comercio mundial. Sin embargo, son Alemania, Suiza, Holanda y los países escandinavos, cuyos niveles salariales y de protección social son los mayores del mundo, los que exportan una mayor proporción de su producción total de bienes y servicios (una proporción que prácticamente duplica la de China o India).
 
La competitividad exterior de un país y, por ende, su potencial exportador, no depende sólo del nivel de sus costes salariales sino de la calidad del empleo y de la cantidad y calidad del capital y demás factores productivos que cooperan con el factor trabajo en la elaboración de los bienes y servicios que produce la sociedad. Son todos estos elementos los que determinan los costes de producción por unidad de producto y, con ello, la capacidad del país para competir en los mercados internacionales. No es el proteccionismo, sino la mejora de la educación, el aumento de la inversión empresarial y la adopción de avances tecnológicos los que consiguen aumentar los salarios reales de cualquier país y preservar su competitividad exterior.
 
El progreso de la civilización, el progreso del bienestar, no se consigue generando cada vez más trabajo no cualificado sino trabajando (tanto los cualificados como los no cualificados) cada vez menos y consumiendo cada vez más. El avance de la tecnología y el comercio internacional son los instrumentos más potentes descubiertos por la humanidad para alcanzar estos fines. No es sorprendente que muchos de los que se oponen a la globalización se opongan también, de una forma u otra, al avance tecnológico, pues si bien ambos contribuyen decisivamente al progreso general de nuestras sociedades, ambos también pueden ocasionar, durante algún tiempo, efectos negativos sobre algunos grupos de individuos. Sin embargo, a pesar de los innegables costes transitorios que puedan generar, se ha de reiterar que el progreso tecnológico y el avance del comercio internacional han sido las fuerzas principales que han hecho
posible que cada vez vivan más seres humanos (y, por tanto, que cada vez sea mayor el número de empleos), que cada vez trabajen menos horas y que cada vez vivan mejor.
 
El progreso económico, hoy como siempre, exige aprender a convivir con los ajustes de empleo y de producción que la tecnología y el comercio internacional puedan provocar en algunos segmentos de la sociedad. El comercio internacional, aunque sus efectos netos totales sobre la desigualdad de rentas sean muy reducidos (en el peor de los casos), puede reforzar el impacto negativo del avance tecnológico sobre algunasempresas y ocupaciones. Pero incluso en estos casos, la intensificación del comercio internacional termina siendo positiva al menos por tres razones. Primera, porque las empresas, empleos o profesiones negativamente afectados por la mayor apertura al exterior sufrirían, antes o después, la caída de su demanda por el imparable desarrollo de los países menos avanzados y por el cambio tecnológico, que habitualmente opera sus efectos negativos sobre los mismos grupos en los que incide el comercio internacional. Segunda, y sobre todo, porque la liberalización del comercio expande los sectores más dinámicos del país y permite absorber, en mayor medida y más rápidamente, los recursos laborales y de otro tipo expulsados por el avance tecnológico y el propio comercio internacional. Tercera, porque el aumento de renta provocado por el cambio tecnológico y por el comercio internacional genera un aumento de los ingresos públicos que se puede destinar a mitigar los costes de ajustes de los sectores más afectados.
 
Para reducir los costes transitorios del avance tecnológico y de la expansión del comercio es necesario mejorar la educación general y la formación profesional a fin de asegurar que las cualidades laborales de los trabajadores se adapten lo mejor posible a la demanda de cualificaciones de la sociedad. Asimismo, las instituciones del mercado de trabajo deben eliminar los incentivos a que el empleo sea el principal mecanismo de ajuste ante caídas de la demanda y se han de instrumentar políticas activas encaminadas a mejorar la empleabilidad de los desempleados. Estas son las terapias más eficaces para hacer más digerible política y socialmente la globalización y no poner en riesgo el progreso económico.

Los “falsos amigos” de la globalización y de la libertad de comercio advierten de los riesgos de contestación social y de la llegada al poder de los enemigos abiertos de la globalización, del capitalismo y de la democracia, si no se altera el curso actual de los acontecimientos. Pero olvidan que un riesgo aún mayor, la autopista por la que los populismos de un signo u otro han alcanzado el poder en las sociedades desarrolladas, es la recesión y el estancamiento económico. Frenar el comercio internacional mediante políticas proteccionistas y persistir en la instrumentación de subidas de impuestos o del gasto público para evitar el primer riesgo terminaría materializando el segundo.
 
La política adecuada frente al comercio internacional y la globalización no es frenarlos o ralentizarlos sino fomentarlos y reforzar las políticas educativas y laborales en la dirección antes señalada, explicando bien a los ciudadanos los beneficios que les reporta y los costes de la alternativa proteccionista. Ciertamente, esto no es fácilmente comprensible, ni mucho menos aceptable, para un grupo de ciudadanos que con globalización o sin ella tienen un elevado riesgo de perder su puesto de trabajo. Pero con más globalización tienen más posibilidades de encontrar otro y, entretanto, de ser formados y compensados para suavizar su pérdida de renta.

Para entender cabalmente la importancia del comercio internacional para el bienestar de nuestras sociedades y las raíces profundas del proteccionismo es conveniente examinar este fenómeno desde una perspectiva histórica más amplia. El fenómeno decisivo que propició el salto del paleolítico a la cultura sedentaria de los asentamientos del neolítico que se consolidó hace unos 10.000 años, y el ulterior crecimiento de estas poblaciones, fue el comercio entre comunidades de seres humanos que se consideraban mutuamente extranjeros y se miraban con la hostilidad que confiere el ser rivales en la lucha por la supervivencia.
 
Cuando las bandas de humanos y subsiguientemente las primeras comunidades del neolítico establecieron contactos e intercambios amistosos, limitados pero permanentes, con otras bandas y otras comunidades se amplió el universo de utensilios y demás objetos a su disposición. A través del comercio (y del comerciante, que se fue convirtiendo en una clase profesional) las bandas y comunidades que lo ejercían con mayor profusión y constancia, no sólo tenían acceso a los bienes y habilidades de las otras bandas y comunidades con las que comerciaban sino también a los de las que comerciaban con estas y con otras que comerciaban con ellas, y así sucesivamente. Así, a través del comercio se difundieron los avances del conocimiento, haciendo que los utensilios, las técnicas, las semillas, los cultivos, los animales y las posibilidades de su domesticación descubiertos en unos sitios llegaran a otros.
 
La evolución de la especie humana ha estado dominada por la tensión entre los instintos heredados biológicamente y codificados durante muchos cientos de miles de años y los latidos de la razón procedentes del legado cultural acumulado en los últimos 10 o 12 mil años. La genética determina el instinto de los humanos de aislarse frente a “los extranjeros”, de agredirlos, invadirlos y apropiarse de sus bienes matándolos o esclavizándolos, de dividir los bienes disponibles a partes iguales entre los miembros del grupo, de pensar que la riqueza está dada y su reparto dentro del grupo es un juego de suma cero. La herencia cultural explica el desarrollo del comercio y de la globalización, así como la aparición y el
fortalecimiento de las instituciones que los hacen posible, como la propiedad privada y el consiguiente freno del instinto igualitario, el dinero, la ley y el respeto a los contratos.
 
El crecimiento y la propagación del comercio internacional, apoyado en instituciones económicas, como el dinero y la propiedad privada, en leyes y normas de conducta que castigan la violación de los contratos y la apropiación de los bienes ajenos, no frena el instinto del ser humano de levantar la mano contra el miembro externo a la tribu, pero le inocula el pensamiento de que un extranjero pueda ser nuestro cliente o nuestro proveedor, con lo que se doblega el instinto y se afloja la mano. Es esta herencia cultural, estas instituciones y normas de conducta asentadas en los últimos diez mil años de vida del ser humano, luchando continuamente con la fuerza de los instintos codificados genéticamente durante cientos de miles de años y, por ende, tropezando en guerras, matanzas y violencias de todo tipo, la que ha construido la civilización. Lo que ha hecho posible que la población humana pase de las decenas de miles que vivieron en el paleolítico al millón que la constituían en el neolítico y a los más de siete mil millones de personas que viven hoy.

 
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