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Historia de los apellidos (3)

Los apellidos de las mujeres en España

En la historia ha habido oscilaciones en el reconocimiento de las mujeres a través de sus apellidos. En muchos países anglosajones y también en Francia se elimina la personalidad de la mujer, erradicando sus apellidos por el matrimonio, y privando a sus descendientes de los mismos todavía en pleno siglo XXI. En cambio España y en los países iberoamericanos el sistema legal influido por el Imperio Romano permite el mantenimiento y la transmisión de los apellidos de las mujeres.

Actualizado 17 noviembre 2018  
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Gonzalo Fernández de Navarrete González Valerio
  
España fue de 1492 a 1824 -durante más de 333 años- el primer Imperio del mundo, y el más avanzado en política, economía y también en muchas otras materias. Los propios españoles en su mayoría ignoran ese liderazgo –circunstancia explicable-  ya que los ciudadanos son víctimas  de la disgregación y dispersión educacional que supone el sistema de nuevos reinos de Taifa llamados “Comunidades Autónomas”,  que la improvisada Constitución de 1978 diseñó al descentralizar sin orden ni control central suficiente, pensando que los gobiernos regionales iban a obrar de “buena fé”. No ha sido el caso en muchos de ellos.
 
En la España actual no solo se impide enseñar una historia mínimamente cierta de la Monarquía Hispánica por parte de gobiernos regionales en las denominadas “Comunidades Autónomas” , sino que en varias de ellas se centra esa educación regional -transferida en los años de la Transición de forma irresponsable-  en destruir en la mente de los alumnos toda vinculación afectiva con la idea de España y con su historia.
 
Si no se les enseña los alumnos de Barcelona que el condado de Barcelona perteneció a la Corona de Aragón –y no al revés-  desde el siglo XII, difícilmente van a saber que España tuvo mujeres que fueron pioneras en muchísimas disciplinas.
 
Quizás sabrán los alumnos que Isabel la Católica fue reina de Castilla cuando por su matrimonio con Fernando de Aragón se produce la Unión de los reinos de Castilla y Aragón, pero seguramente desconocerán muchos de ellos que durante su mandato se produjo una normativa que incidió en la igualdad de los administrados bajo un gobierno común,  debilitando a los señores Feudales y sus jurisdicciones,  o que se creó la Santa hermandad, primer cuerpo moderno de vigilancia ciudadana, que se puede asemejar a las policías actuales.
 
No se enseña tampoco que la primera mujer Almirante fue la española Isabel Barreto - mucho antes de que ningún otro país la tuviera-, que realizó expediciones en el océano Pacífico llegando en el siglo XVI hasta las Islas Filipinas.
 
 
Tampoco se incluye en las enseñanzas de literatura el dominio de las letras de la escritora de la Nueva España “Sor Juan Inés de la Cruz”, una de las exponentes de la literatura del Siglo de Oro español.
 
 
En cualquier caso el objetivo no es reivindicar únicamente el papel de las mujeres en la historia de España en el mundo como pioneras en muchas disciplinas, sino también reivindicar lo avanzado de la tradición civil española en el ámbito de los apellidos de la madre y de su transmisión a los hijos.
 
Mientras en la actualidad muchos países como Francia u otros muchos de tradición anglosajona  en pleno siglo XXI siguen mostrando una estructura jurídica que amputa la transmisión del apellido materno, sorprende que sin embargo tienen movimientos que dicen luchar por los derechos de las mujeres en los que no se observa prioricen la “igualdad en términos de apellidos. .
 
 
En los Estados Unidos de América, en el Reino Unido, en Francia y en tantos otros países del norte de Europa  y del mundo,  la mujer al casarse pierde su apellido y su individualidad, para asumir el apellido de su marido.
 
 
Y en cambio en España y en la mayoría de los países que pertenecieron al núcleo común de la Monarquía Hispánica en toda América (con la excepción de los enormes territorios españoles que  pertenecen a Estados Unidos) existe un  sistema español de mantener el apellido paterno y materno en los registros, y que la mujer conserve su propio apellido tras el matrimonio.
 
 
Y es que el sistema español, aunque de fijación tardía durante el siglo XIX en que se fijan las leyes que regulan de forma fija el sistema de doble apellido paterno-materno,  tiene reminiscencias del Imperio Romano, que fue pionero en muchas materias, y del que la Monarquía Hispánica se sentía heredera.
 
                                              
De la inexistencia del apellido femenino en la antigüedad a la incorporación durante el Imperio Romano de un segundo nombre vinculado a la familia de la mujer.
 
En muchos momentos y culturas de la historia de la antigüedad, las mujeres carecían de apellido.
Así lo describe el académico de la Historia José Godoy Alcántara en el siglo XIX,  en su ensayo sobre los apellidos en España :
 
En la antigüedad las mujeres no llevaban más que un nombre. Destinadas al matrimonio, que las segregaba para siempre de su familia para identificarlas con la de su esposo, no había lugar a confusión.”
 
Los romanos fueron pioneros en muchas cosas, sin embargo la innovación de añadir un segundo nombre de la familia de la mujer tampoco perduró en la antigua Roma:
Escribe Godoy:
 
 “Las mujeres romanas añadían a veces al suyo nombres de familia, Julia Agrippina, Valeria Messalina, Furia Sabina Tranquillina,  […]”
 
Sin embargo la caída del Imperio Romano con las invasiones bárbaras de los pueblos Germánicos acabó en muchos casos con la tradición de los nombres y apellidos hereditarios, algunos pocos pudieron mantener la tradición.
 
Las mujeres salieron perdiendo en muchos de esos territorios escindidos del antiguo Imperio Romano de Occidente con capital en Roma, donde la fragmentación en diferentes monarquías y condados supuso una vuelta a tradiciones que los romanos  consideraban “bárbaras”, o menos civilizadas.
 
 
La tradición española medieval: la mujer conserva su apellido.
Sin embargo en los reinos de la España medieval, con la sistematización de la tradición del apellido, que mestizaba los nuevos nombres de las tribus germánicas con la tradición del patronímico romano, acabó por consolidarse que la mujer no perdiera sus apellidos.
La mujer era una persona, cuya individualidad no se subsumía en la identidad de la familia del marido como en los atrasados y bárbaros reinos del norte de Europa.
 
En el Reino de Castilla fue penetrando el mantenimiento del propio apellido de la mujer en todas las clases sociales, llegando incluso a veces a ser designado el marido como dependiente de la mujer. En palabras de José Godoy Alcántara:
 
“ En las mujeres fue más lenta la adopción del apellido. Entre las de clase inferior conservábanse todavía muy entrada la Edad Medianombres griegos y romanos, y no eran raras las Octavias, Livias, Creusas y Julias. Aún en el siglo XII persisten las huellas de la formación romana del nombre femenino “ Palumbina filia Pelagii Palumbo” [Paloma hija de Pelayo Palomo ], leemos en escritura de 1167 en el tumbo viejo de Sobrado. “
 
 
Y en el reino de Castilla  se consolida el mantenimiento del apellido de la mujer:
 
[…] ya en uso darle apellido como al hombre no solía perderlo después de casada: en los documentos en que figura con el marido se les designa á cada uno con su propio apellido, aunque hay ejemplos de qué en tal caso a la mujer se le omite”
 
En algún caso se llegó incluso al extremo denominar al marido con relación con su mujer, tal y como explica Godoy:
“La notoriedad de la mujer servía en algunos casos para señalar al marido, y se decía “Domingo marido de Stevanía (testigo en escritura de 1187 en el becerro de santa maría de Aguilar de Campóo), ó Martín González el marido de Doña Helena (ídem en otra de 1235 en íd.) 
 
 
El sistema de doble apellido en España
Antonio Alfaro de Prado, en su “Manual de genealogía”  en el artículo titulado “El sistema oficial de doble apellido en España” escribe lo siguiente.
 
“Pocas cuestiones despiertan tanta unanimidad y orgullo entre los españoles como nuestro sistema de doble apellido, paterno y materno. A diferencia de tantos otros países, en los que la mujer al casar debe renunciar a su apellido para sí e incluso para sus hijos, en España consideramos que lo natural es identificarnos con los dos apellidos, los cuales nos vinculan explícitamente con las respectivas familias por ambas ramas, consideradas iguales y representadas así de forma equivalente. [….]”
 
 
Alfaro cita un estudio del genealogista George  R. Riskamp sobre el doble apellido en España, con el que coincide en lo fundamental:
 
“Sus conclusiones, que en lo esencial compartimos, fueron que el doble apellido surgió entre las clases altas castellanas y que desde el norte de Castilla, especialmente los señoríos vascos, no se llegó a extender al resto de la población de España hasta el XVIII, aunque su plenitud como uso generalizado sólo puede afirmarse que se alcanzó a partir de 1850.  Igualmente concluye que tanto en la metrópoli española como en los territorios americanos antes de 1800 la mayoría de las personas sólo usaba un apellido, que era generalmente el paterno, si bien había excepciones en las que se optaba por el materno o, muy minoritariamente, por otro de la familia. El uso del apellido materno por las mujeres destacaba especialmente en Galicia y Extremadura, aunque no en exclusiva.
 
Desmontado con este estudio el mito de que el sistema de doble apellido hubiera sido una práctica generalizada desde hace siglos […],
 
Y finalmente la tradición del doble apellido paterno-materno para los descendientes pasó a ser norma durante el siglo XIX, liberal, que todo buscaba regular y sistematizar. Tal y como señala Alfaro en su detallado escrito:
“¿Y cuando pasó de costumbre a norma? Pues con altibajos, y siempre bajo el criterio de que el doble apellido facilitaba la identificación de los individuos, durante todo el XIX se sucedieron normas dispersas por toda España que aconsejaban anotar los apellidos paterno y materno. Fórmula propuesta prematuramente en 1796 para identificar a las mujeres que solicitasen acogerse al Montepío Militar, se contempló para el fallido Registro Civil legislado en 1822, aconsejado para su uso en las cartas postales por los manuales de 1833, sugerido como opcional pero ventajoso en la elaboración de censos electorales de Barcelona en 1839, igualmente indicado para las letras de cambio en 1840, ignorado por las normas del Registro Civil de 1841, previsto que se recojan al solicitar ingreso en las universidades y para la inscripción de hipotecas en 1846, y sucesivamente incorporado en años posteriores a los Registros de Penados, documentación judicial en general, listados de reemplazos de tropas, cédulas de vecindad, etc.”
 
Sin embargo, según señala Alfaro de Prado, no fue hasta finales del siglo XIX cuando se sistematiza en la legislación español  el sistema español de doble apellido:
 
“Así llegamos hasta el Registro Civil de 1871, que ya se implantó para toda España y que, contrariamente a lo que habitualmente se piensa, no reguló nada sobre el doble apellido, aunque contribuyó a consolidarlo ya que fue el paso definitivo para que los apellidos traspasaran el ámbito personal hacia el público, al quedar anotados formalmente por el Estado. Y no será hasta el Código Civil de 1889 cuando se contemple el derecho al uso de apellido paterno y materno de los hijos legítimos y se detallen los procesos a seguir para los hijos naturales y los reconocimientos posteriores de paternidad.”
 
 
Por lo tanto  la legislación española del siglo XIX, en pleno momento liberal que busca sistematizar en toda Europa  las normas de todo ámbito, no hace sino plasmar una tradición española que había profundizado la inicial romana después de muchos momentos y vicisitudes..
 
 
El siglo XXI: el fin de la primacía del apellido paterno en España.
El diario El Mundo publicaba hace unos meses  un artículo sobre la ley española que plasmaba el proceso que dejaba de dar prioridad al apellido paterno frente al materno:
 
Desde el año 2000 se permite inscribir al niño con el apellido de la madre en primer lugar, si los padres envían una solicitud al juez encargado del Registro Civil y una declaración de mutuo acuerdo sobre el cambio en el orden de los apellidos. Este cambio afectaba por igual a todos los hijos de la pareja. Si bien, en caso de no existir consenso, se daba preferencia por defecto al apellido paterno.”
 
Y en junio de 2017 se acababa la prioridad del apellido paterno por defecto:
 
“El apellido del padre dejará definitivamente de tener preferencia en España a partir del 30 de junio [de 2017].
Si no hay acuerdo entre los padres en tres días, la decisión la tomará un funcionario del Registro Civil.”
 
Los territorios del norte de Europa, “bárbaros” y guerreros la perdieron y siguen sin haberla recuperado.
 
Son muchos los países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos  u otros del norte de Europa dónde el apellido del marido opaca al apellido de la mujer que lo pierde tras el matrimonio, y además ese apellido materno ni siquiera se transmite a los vástagos.
 
Aunque no todos los regímenes de estos países son exactamente iguales, lo menos que se puede decir es que
- la mujer pierde su propio apellido para asumir el del marido tras el matrimonio.
- el apellido del marido no es transmitido a los hijos en igualdad de condiciones.
 
 
La verdad es que España, a pesar de momentos de zozobra tras el desmoronamiento de sus imperios europeo y americano, o de normativas restrictivas de los derechos de la mujer por los regímenes antiliberales del siglo XX,  sigue siendo un país más avanzado en su estructura social que muchos de los que se dicen “avanzados” en otras partes de Europa o del mundo, pero que tienen herencia sin pulir de los pueblos “bárbaros”, y que no han actualizado sus legislaciones en lugares como Francia,  Reino Unido o Estados Unidos.
 
El matriarcado familiar español, la tradición con sus diferentes momentos históricos, y la estructura legal que desde el siglo XIX asegura el mantenimiento de los apellidos maternos y paternos a los hijos en España –a lo cual se ha añadido una simplificación para elegir el orden de los mismos en los últimos años- hacen de España un país mucho más igualitario en el acceso de los hijos a la herencia cultural materna, y que permite que la mujer no aliene su individualidad para asumir el apellido de su marido como propio de forma forzada.
 
 
Y es que España, aunque a muchos de sus habitantes les cueste verlo y defenderlo ha sido pionera en cosas que hoy parecen “modernas”.
 
A ver si esos “bárbaros” de Francia, de Reino Unido, de Estados Unidos y tantos otros países vuelven a la tradición Romana, que deriva en la legislación Española del siglo XXI, igualitaria en la selección de los apellidos de los padres entre hombre y mujer,  mantenida y profundizada por España a través de los siglos.
 
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