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Los populismos marxista e independentista: raíces y mecanismos

Actualizado 16 abril 2016  
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José Luis Feito Higueruela Presidente del Instituto de Estudios Económicos
  
Desde el punto de vista económico, el populismo de cualquier tipo se caracteriza esencialmente por prometer a los ciudadanos, no a todos, sólo “al pueblo” o “a los nuestros”, mejoras inmediatas y sustanciales de su bienestar sin esfuerzo alguno para ellos.

Mejoras que según los populistas se materializarían inmediatamente una vez que consiguieran los votos necesarios para aplicar su programa de gobierno, y que serían tanto mayores cuanto mayor fuera el poder que le otorgaran los ciudadanos. Desde el punto de vista político, su objetivo, como el de cualquier otro partido, es adueñarse del poder, pero, a diferencia de los otros, con la intención de cambiar las reglas del juego para ejercerlo totalitariamente e indefinidamente.
Las características de los partidos populistas que en los últimos años han alcanzado un notable protagonismo político en el mundo desarrollado difieren según los países.

En España destacan de manera especial, por una parte, el nacionalismo y el independentismo catalán (nunca ha habido diferencias de fondo, sólo de tácticas, en los objetivos de estos movimientos) y, por otra, las corrientes marxistas englobadas en Podemos (tampoco hay diferencias de fondo entre las diferentes corrientes de este movimiento). Estos partidos están intentando denodadamente aprovechar la oportunidad histórica brindada por la crisis para, cabalgando a lomos del populismo más descarnado, conseguir la secesión, en un caso, y la sustitución de nuestro ordenamiento político por un régimen totalitario, en el otro. El objeto principal de este artículo es mostrar las raíces económicas comunes y el también común mecanismo de propagación que han catapultado el apoyo de buena parte de la ciudadanía a los populismos independentista y marxista en nuestro país.

La principal raíz económica común del auge de ambos movimientos en nuestro país es la secuencia de una larga e intensa expansión seguida por una brusca y profunda recesión acaecida entre 1995 y 2013. Esta secuencia, por sí sola, planta raíces que alimentan los movimientos populistas de cualquier tipo. Pero para explicar cabalmente el intenso crecimiento de los dos principales populismos de nuestro país durante los últimos años es necesario descifrar el mecanismo de riego, por decirlo así, mediante el cual los artesanos e ideólogos de esos movimientos han vigorizado esas raíces surgidas de la crisis y han conseguido el apoyo de amplias capas sociales. Dicho en la jerga bacteriológica, la brusca y, para la mayoría de la sociedad, inesperada interrupción de la larga, intensa y finalmente desequilibrada etapa expansiva de nuestra economía, así como la profundidad de la crisis subsiguiente, provocaron el rebrote violento de los virus independentista y marxista, siempre latentes en nuestro país y en muchos otros.

Pero su rápida difusión social se ha debido también al éxito del perverso mecanismo puesto en marcha por los activistas e ideólogos populistas para propagar dichos virus, un mecanismo, como sus raíces, común a ambos movimientos. Este mecanismo ha sido parte de la acción política de los partidos nacionalistas y marxistas a lo largo de la historia. Con baja o alta intensidad, mutando en diferentes variantes según el momento histórico, ha estado siempre en funcionamiento, no sólo en nuestro país sino también en muchos otros, si bien en las etapas de bonanza económica o de crisis suaves su capacidad de ganar adeptos y apoyo social en las sociedades capitalistas es limitada.

En lo que sigue se examina someramente la raíz común de estos movimientos. A continuación, y con mayor atención, se descifra su mecanismo de propagación. Finalmente se suministra una terapia intelectual con la esperanza de que sirva como un antiveneno eficaz a quienes habitualmente sucumben a sus mensajes o no saben contrarrestarlos y a quienes han de hacerles frente en la arena política y en los medios de comunicación. Vaya por delante la advertencia de que no será fácil deshacer la oscura fascinación que ejercen los mensajes populistas sobre la mente de muchos ciudadanos porque estos mensajes apelan a los instintos más primarios de la naturaleza humana, que siempre salen a flor de piel en tiempos de crisis, y porque estos partidos los dirigen verdaderos profesionales de la comunicación de masas y de la agitación social, activistas políticos que manejan con destreza innegable las redes sociales y las técnicas televisivas.

Ya lo dice el líder de Podemos, licenciado en técnicas cinematográficas además de en Ciencias Políticas, el plató de televisión es el parlamento de la nueva sociedad y las redes sociales sus verdaderas urnas, lo uno y lo otro constituyen los medios de movilización de masas de la sociedad contemporánea.

La crisis económica, inesperada, súbita e intensa, con el consiguiente derrumbe de parte de los logros materiales conseguidos en la última etapa del riguroso periodo expansivo precedente, un crecimiento económico alentado por el impulso de una deuda que se hizo finalmente insostenible, ha sido la principal fuente nutricia de los populismos en nuestro país.

Cuando una sociedad entra en una crisis económica de mayor profundidad que la sufrida por los principales países desarrollados, hay muchos rasgos del funcionamiento económico de esa sociedad que son criticables y justifican en parte, o en todo caso hacen inevitable, los movimientos de protesta. Hitler no habría alcanzado nunca el poder si la situación económica de la República de Weimar no fuera.  desesperada y consecuentemente las denuncias del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, así como los engaños y astucias de su supremo líder, no actuaran sobre un poso de triste realidad. Ni los bolcheviques, ni la inaudita e implacable capacidad conspiratoria de Lenin, habrían llevado a cabo la rápida y eficaz liquidación del régimen zarista si las penurias económicas que delataban no estuvieran refrendadas por la dramática realidad.

Pero si sus descripciones y denuncias de las miserias económicas padecidas podían ser generalmente certeras, identificaron dolosamente como culpables de las mismas a las personas o instituciones que querían eliminar. La monarquía y la propiedad privada, en el caso de los marxistas o leninistas, y el Tratado de Versalles, la democracia representativa, y sobre todo, la banca judía, la prensa judía, los comerciantes judíos, los judíos en suma, en el caso de los nacionalsocialistas.
Con esta identificación de las causas y responsables de la crisis se establecían parejamente los remedios de la misma: eliminar al viejo régimen y a los grupos que lo sustentaban o se beneficiaban de él, y establecer el nuevo orden. Remedios que en ambos casos se aplicaron rápidamente con total efectividad y terminaron ocasionando sufrimientos mucho más devastadores aún que los padecidos anteriormente a las generaciones que tuvieron la desgracia de vivir en aquellos tiempos convulsos y tenebrosos.
Mutatis mutandis, los populismos marxista e independentista que hoy arrastran tras de sí amplias capas de la sociedad española denuncian males económicos que, dejando fuera algunas tergiversaciones y exageraciones de mal gusto, son en buena medida realmente existentes; males, eso sí, que no son ajenos a sus ideas en un caso y a sus políticas en el otro.

Pero se equivocan dolosamente en su identificación de las causas y de los responsables institucionales de esos males, y se equivocan dolosamente y culposamente en las terapias que proponen para resolver nuestros problemas económicos, terapias que ya se han ensayado y ya han fracasado estrepitosamente en otros tiempos y en otros lugares, y volverán a hacerlo en cualquier otro tiempo y lugar en que se lleven a cabo.

 
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