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Por nuestro bien, olvidémonos de NutriScore.

Desde hace ya demasiado tiempo, fundamentalmente desde el mundo de la sanidad, se viene pidiendo que el consumidor, pueda ver la teórica, para nosotros, calidad sanitaria de lo que compra. 

Actualizado 18 marzo 2021  
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Redacción Agrolibre
  
Así, en los últimos años, hemos podido comprobar en todos los supermercados de alimentación, el nacimiento de productos “naturales”, “bajos en grasa”, “artesanos”, “ecológicos”, “bajos en sal”, “light”, que en la mayoría de los casos confunden más que aclaran, la necesidad de un etiquetado, digamos sanitario, porque el engaño y la estafa se producen de forma continua, bajo estas etiquetas. Con estas denominaciones se viene conduciendo, en numerosas ocasiones, al ciudadano creyente en la publicidad hacia un consumo inadecuado. 

Bajo esta necesidad, en el año 2005 nació el FOPL NutriScore, un nuevo y esperado semáforo nutricional, desarrollado por la Universidad de Oxford, que desde entonces se está abriendo camino, fundamentalmente en la UE. Francia, fue el primer país europeo en adoptar el nuevo sistema anunciando su aplicación en enero de 2017 de forma voluntaria, es decir, que las empresas, fabricantes y distribuidoras de alimentos puede elegir si quieren o no incluirlo en sus productos. 
El etiquetado frontal (FOPL), herramienta de la Organización Mundial dela Salud, es una herramienta política importante para que los países ayuden a los consumidores a elegir alimentos más saludables. Este documento, los principios rectores y el manual marco de la OMS para el etiquetado frontal del envase para promover dietas saludables, se ha elaborado para ayudar a los países a desarrollar, implementar, monitorear y evaluar un sistema apropiado de FOPL.
En España la propuesta para su implantación fue presentada el pasado mes de junio por Alberto Garzón, ministro de Consumo, durante una comparecencia en el Senado. Así y como siempre viene ocurriendo España, de aprobarse la propuesta del ministro pasaría a formar parte del grupo, junto a Francia y Alemania, es decir volveríamos a ser los primeros en la aparente modernidad que este sistema preconiza. Para Sanidad, de acuerdo con los principios de la OMS, se trata de prevenir un buen puñado de enfermedades no transmisibles vinculadas a la mala alimentación e intentar combatir las altas tasas de obesidad y sobrepeso que hay en nuestro país.

NutriScore utiliza un etiquetado aparentemente sencillo. Actúa como un semáforo nutricional en el que, a través de un código de colores, que oscila entre el verde y el rojo, y unas letras, que van de la A a la E. De esta manera el consumidor podrá saber, en teoría, si se encuentra ante un alimento procesado saludable o poco recomendable. El algoritmo empleado en la calificación de los alimentos valora tanto los aportes nutricionales positivos relacionados con el aporte en frutas y verduras, fibra y/o proteínas, como los negativos, vinculados a la cantidad de azúcar de un producto, la sal, las calorías o las grasas saturadas.
El algoritmo va atribuyendo puntos según la composición nutricional por cada 100 gramos de producto, contando sus valores positivos, proteínas, fruta, verdura, legumbres … … y sus valores negativos, azúcares simples, sales, grasas saturadas… …  En este sistema lo negativo suma puntos y lo positivo lo resta, por ello, cuantos menos puntos tenga el producto analizado, más cerca estará de la calificación verde A más sano será y por el contrario cuantos más puntos tenga un producto más cerca estará de una mala calificación, más cerca estará del rojo E, menos saludable será.  
Así, cuando acudamos a la estantería del supermercado, podremos saber la calidad alimentaria de lo que compramos nos bastaría con ver el artículo ver el color y la letra de su envase para saberlo. 

La normativa europea exige que la información alimentaria que se facilita al consumidor, puede incluir, además de la información obligatoria de cada producto, (lista de ingredientes y la tabla de información nutricional), de manera complementaria y voluntaria un sistema de FOPL, con el fin de facilitar a los consumidores la comprensión de la información nutricional obligatoria. Cualquier FOPL, al menos sobre el papel, debe facilitar un resumen visual del valor nutricional del producto. Hay múltiples FOPL y el NutriScore es solo uno de ellos. En Europa se contabilizan no menos de 9 tipos distintos de FOPL. 
Es decir que la aparente novedad de nuestro gobierno, presentando ahora el NutriScore vuelve a ser una falsedad más, un simple seguidismo a franceses y alemanes, sin meditación alguna sobre los tremendos daños que se pueden inferir a nuestra dieta mediterránea, sobre la puñalada que se da a muchos e importantísimos productos españoles, de no mediar y cambiar las hipótesis actualmente establecidas.
Basarse en nutrientes y no en productos completos permite por ejemplo que se dé mejor nota a unos alimentos que a otros sin que haya un motivo científico real para ello. Permite que se penalicen los ácidos grasos saturados o que el contenido calórico de una mala puntuación a las conservas marinas, que son alimentos interesantes en su conjunto, mientras que se da una buena nota a la mayoría de los productos light, que no lo son. 
Nuestro aceite de oliva, producto estrella de nuestra gastronomía tendría una malísima letra D, mientras que una Coca Cola Light tendrá una A Verde. Poe ello el Ministerio de Sanidad ya hace dos años, en 2018, tuvo que salir a la palestra y asegurar que exigiría a NutriScore que los productos con un solo ingrediente, como en el caso del aceite, no se someterían a este sistema de etiquetado. Pero creen ustedes que los consumidores no conocerían la calificación del aceite de oliva… 
¿Y si el Nutriscore se cargara la dieta mediterránea?  nos dice R.Miguelañez en Qcom.es.

“No tengo muy claro quien ha creado el famoso Nutriscore, porque entre unos y otros me han liado, y no lo sé a ciencia cierta, pero el despropósito informativo, o desinformativo mejor diría yo, que ha ocasionado este tema en España, tiene ya dimensiones desproporcionadas.
Luego hay varias corrientes de científicos, unos a favor y otros en contra del tema, y otros, que han firmado en ambas listas, que también se han enzarzado por el tema. Entrevistas, artículos bien y mal hechos en la prensa generalista que sufren, porque no tienen toda la información, las medias verdades de quien se lo cuenta y que tiene intereses, y los que lo escriben no lo saben, y nunca lo sabrán.
Todo un despropósito, pero lo que sí que tengo claro es que, si un sistema de etiquetado frontal tiene que sacar, por el artículo 33, determinados productos de su ámbito de aplicación, el modelo no funciona y parece ser que es lo que ocurre con Nutriscore.
Y voy a ir un poco más allá. Este fin de semana me hacía una reflexión. ¿Y si resulta que el Nutriscore acaba con la Dieta Mediterránea? Pues es difícil que esto ocurra, pero analizando bien todo lo que está pasando y los resultados del algoritmo famoso, habrá que tener cuidado, porque hay muchos productos amparados por este estilo de vida que salen tocados y hundidos con un etiquetado frontal como el que se propone.
La Dieta Mediterránea es uno de los estilos de vida más saludables del mundo, como lo demuestran los datos de esperanza de vida de nuestro país, pero un sistema de etiquetado como el que pretende implantarse puede demonizar determinados productos de este patrón alimentario y conseguir que la ciudadanía no los tome por tener uno u otro color. Hace falta más formación, es una de las cuestiones en las que inciden la mayoría de los expertos, pero ya sabes qué pasa con esas políticas a medio plazo: no interesan. 

Pero lo que más me llama la atención es que el fin para el que dicen que tiene que servir un sistema de etiquetado frontal, ayudar al consumidor a discernir entre las cualidades de uno u otro producto, no lo va a cumplir Nutriscore, porque va a confundir más aún a los ciudadanos de a pie que no van a saber si ese etiquetado realmente aplica a los productos que compran ellos o no, porque no olvidemos que es un sistema voluntario. Vaya por delante que la idea de un sistema de etiquetado frontal, como ayuda a reducir el sobrepeso en nuestro país, es muy loable, pero comparar productos basándose únicamente en los ingredientes sin contemplar los hábitos y sobre todo propiedades nutricionales y su impacto en la salud me parece que no ofrece muchas garantías.
Parece que Nutriscore NO se adapta a nuestro estilo de vida, no se adapta a la dieta mediterránea: no distingue la calidad y la procedencia de las proteínas de los productos y no es comprensible ni práctico, y no hablemos ya si atendemos a las porciones o frecuencia de consumo de estos alimentos, pero es difícil asumir esto ahora que el debate ya está en la sociedad. Será mejor que reflexionen todos los implicados, también la Administración Pública y salvemos la Dieta Mediterránea, no vaya a ser que de este experimento haya gente que deje de tomar algunos productos amparados por este patrón de vida que, además, es símbolo de nuestra cultura y tradición.”

Para nosotros, seguir coqueteando con la posible implantación de NutriScore, en nuestro país, es un crimen a todo nuestro sistema agroalimentario. ¡Cómo podemos despreciar nuestros productos más significativos! Cómo pensar que nuestro futuro está centrado en el consumo de piensos para humanos, no moriremos de ataques cardiacos, pero sí de pena y depresión, como ya ocurre con todas las anorexias, bulimias y demás enfermedades carenciales por seguir el paso a las modernidades que, los Al Gore de turno, quieren seguir imponiéndonos. 
Por nuestro bien, olvidémonos de NutriScore.
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