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El eterno retorno.

¿Un ciclo de postnacionalismo?

Existen modas o ciclos en la historia, al igual que en el diseño. La "historia" es una compilación narrada de los hechos pasados; un relato que busca generar apego entre los habitantes de una determinada unidad política hacia su pasado. La percepción de los habitantes de un lugar puede no coincidir con los hechos realmente acaecidos. Son los nacionalismos quienes alimentan esos relatos.

Actualizado 28 febrero 2018  
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Gonzalo Fernández de Navarrete G.V.
  
En la historia normalmente  toda estructura política ha buscado destruir o por lo menos debilitar  la imagen de los poderes  que se consideren rivales o enemigos.
 
Aunque esa vertiente sigue existiendo,  se percibe de un modo más difuminado desde que se fueron creando estructuras de “aliados” de larga duración como la Unión Europea o la OTAN –o en su momento el Pacto de Varsovia y el COMECON que fue el  pacto comercial de los países de la órbita soviética- nunca deja de haber una vocación histórica de intentar destruir el prestigio ajeno para aumentar el apego al propio país o estructura política.
 
Las estructuras políticas dominantes desde hace 200 años son llamadas “naciones-estado”, pero anteriormente al siglo XIX estaban fundamentalmente estructuradas en forma de “monarquías compuestas”. En los textos históricos se demuestra que en el siglo XVII  se llamaba “españoles” – y ellos mismos así se denominaban- a  los flamencos de Flandes, a los mexicanos habitantes del virreinato de la Nueva España, o  como los burgaleses de la Corona de Castilla en tanto que miembros de la Monarquía Hispánica.
 
Daba igual que no hablaran el mismo idioma, y que vivieran en territorios distantes en miles de kilómetros entre sí, o que unos fueran de raza caucásica y otros tuvieran sangra amerindia por sus venas: se sentían vinculados a la Monarquía Hispánica.
 
Fue la llegada de esa ideología llamada “nacionalismo” a finales del siglo XVIII con la fundación de los Estados Unidos y la posterior revolución francesa la que inició el cambio el modelo político mundial. Comenzó la era en que las leyes fundamentales de las antiguas monarquías comenzaban a incluir la “soberanía nacional” en sustitución de la anterior “soberanía regia”. Las idas y venidas y resurgimientos del “antiguo régimen”. Uno de esas reacciones fue el Carlismo español.
 
 Aunque fue un proceso largo, durante el siglo XIX se consolidó la identificación del término “nación” con un  territorio concreto, una lengua, una cultura y en ciertos casos  incluso con una etnia  – muchas inventadas como la inexistente raza aria tantas veces repetida-  que por supuesto era mejor que cualquier otra que no fuera la que se identificaba o la inventaba como propia- .
 
Previamente el siglo XVIII fue llamado “siglo de las luces”. Tuvo mucho de marketing, pero también hubo algo de cierto: los pensadores de la Ilustración comenzaron a preocuparse de forma más intensa por la “felicidad” de los habitantes de los territorios. A principio del siglo XVIII la divisa que guiaba esa preocupación por el buen Gobierno era “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”.
 
Esto significaba que había que mejorar las condiciones de vida de los habitantes, pero sin que pudieran `participar en la vida política más que de forma simbólica. Seguía dominando la visión según la cual el “regalismo” imperante justificaba que el Rey había sido impuesto por Dios, y por tanto de él procedía el poder terrenal: era una soberanía regia por encima de cualquier derecho individual.
 
En España y sus dominios, especialmente los reinados de borbónicos  de Fernando VI y de Carlos III supusieron un gran avance en la mentalidad de desarrollo económico, y establecieron la base de la pre-revolución Industrial en las mentalidades con sus grandes fábricas, manufacturas y altos hornos promovidos desde los poderes públicos.
 
Desgraciadamente, y a pesar de seguir siendo la estructura política más extensa del mundo durante el siglo XVIII, la perenne inestabilidad política española desde Carlos IV hasta Alfonso XII, con 2 invasiones francesas, y no menos de 4 guerras civiles y más de 70 pronunciamientos militares  truncaría el liderazgo mundial de España, que aún era la primera potencia mundial en 1788. Inglaterra empezó con sus máquina de vapor a mediados del XVIII y su estabilidad política le permitiría y un gran desarrollo de la industria textil apar suceder a España como primera potencia mundial en el siglo XIX.
 
En España el enganche a la revolución Industrial sería muy desigual entre regiones. A pesar de los mitos de atraso, algunas de las regiones españolas como Asturias o Cataluña estarían rápidamente a la vanguardia industrial europea, pero en algunas zonas rurales del interior, fue un enganche muy tardío, incluso algunas de ellas a finales del siglo XX llegaron directamente a una sociedad terciaria de servicios sin haber pasado por la industrailzación.
 
El nacionalismo  liberal del siglo XIX como complemento de la Revolución Industrial. 
El siglo XIX supuso la toma del poder político por los nuevos propietarios de las rentas industriales y comerciales. Fue acompañado del paso al sufragio universal a finales del Siglo XIX y el nuevo nacionalismo antiliberal.
 
Los siglos XIX y XX han sido los siglos donde el nacionalismo como ideología sucedió a la Ilustración como modelo filosófico rector. Desde que el nacionalismo pasó a ser la ideología que se fue imponiendo en Occidente - y por consecuencia en el mundo entero- solamente se pasó a considerar legítimo el que los habitantes de un determinado territorio se “autogobernaran”. Poco a poco se consideró “obsoleto” y fuera del espíritu que existieran virreyes o administradores nombrados por gobernantes o personas no componentes del territorio “nacional”.
 
¿Y quiénes podían nombrar a los nuevos mandatarios si según la doctrina nacionalista los antiguos monarcas ya no estaban “legitimados” para nombrar gobernantes ni para gobernar ellos mismos?
 
Aunque en un inicio durante el siglo XIX fueron solo los ciudadanos varones que tuvieran ciertas rentas  - era el llamado “sufragio censitario masculino”, a finales del siglo XIX fue extendiéndose el “sufragio universal  masculino”. En España las primeras elecciones en que pudieron votar todos los hombres fueron en 1869. 
 
Por ejemplo en Francia se había establecido en 1848. Pero España también fue  uno de los países pioneros en Europa en experimentar con el “sufragio Universal masculino”. Otros países europeos que gozan de una gran reputación “democrática” lo establecieron mucho después:   en Suecia fue1911, en el Reino Unido en 1918.
 
En el caso de la otra mitrad de la población, el sufragio Universal femenino no se generalizaría en occidente hasta bien entrado el siglo XX. En España apareció en 1931 tras muchas disquisiciones. En Francia por ejemplo, una de las primeras  en el sufragio Universal masculino en 1848, el sufragio Universal femenino no llegaría hasta 1945. En Estados Unidos fue reconocido a nivel federal en 1920 tras una resolución judicial, y en Reino Unido en 1928.
 
En cualquier caso, no siempre los gobiernos elegidos por sufragio universal han sido mejores que los de las monarquías compuestas –de hecho en muchos países han generado una inestabilidad perenne en el siglo XIX y XX con crisis de gobiernos constantes  que impiden permanezcan siquiera un año en el cargo-  pero lo cierto es que por lo menos los países con sufragio Universal y pluripartidismo pueden cambiar a los gobiernos que caigan en la corrupción y el “mal gobierno” si así lo desean.
 
El nacionalismo se ha desarrollado al mismo tiempo que éste promovía el Sufragio Universal masculino y posteriormente el femenino. Como ideología  ha  tenido una longevidad que quizás nadie podía esperar cuando surgió.
 
Es cierto es que el nacionalismo inicialmente liberal ha sido progresivamente asumido y aceptado por los antiliberales – que niegan el sufragio individual en su visión de que los órganos o estructuras son superiores a la libertad del individuo- . En el siglo XX ya no era imposible encontrar ni carlistas nacionalistas, ni marxistas nacionalistas, lo que en puridad ideológica del nacionalismo originario decimonónico era una contradicción insalvable.
 
¿El fin del nacionalismo tal y como lo habíamos entendido?
Existe en el inicio del siglo XXI una tendencia a buscar una narración histórica que recupere el tono épico de las “construcciones” nacionales, en que grandes batallas frente a agresores externos, o grandes “revoluciones” internas fundamentaron la consolidación de esa nación. Su regreso ha sido motivado por el desconcierto mundial generado por la gran crisis económica de 2007 y que en 2017 ha comenzado a remitir.
 
Los efectos en las mentalidades occidentales  de la crisis económica de principio de siglo XXI han sido comparables en la a los que causó la crisis de 1929. En 1929 esa crisis tumbó a la mayoría de gobiernos europeos. En el siglo XXI caso a pesar de muchos rebrotes antiliberales como el Brexit, o el rebrote de independentismos regionales de corte totalitario antiliberal, se ha podido controlar parcialmente los efectos políticos dañinos de esta crisis global.
 
En el siglo XXI ha rebrotado un nacionalismo de corte antiliberal que en el siglo XX demostró los riesgos destructivos que puede  tener si no es controlado. Son esos promotores de “grandes” historias mitificadas los que no han comprendido que defienden una visión del nacionalismo cuyos tiempos dorados son de otra época. Aunque sea los más rancio del siglo XX lo que esos nacionalismos cerriles de “lengua, cultura, territorio”  promueven. 
 
Sin embargo el desafío para las Naciones-Estado cuya estructura en países domina el mundo desde hace más de 2 siglos, y que sucedieron progresivamente a las antiguas estructuras de monarquías compuestas como la española, la portuguesa o la británica,  es la rápida modificación de los modelos para generar sensación de pertenencia.
 
En la era digital, la sensación de pertenencia a una nación está evolucionando mucho más rápido que en otros momentos históricos. La era en que la prensa escrita y la escuela eran los mensajes dominantes que recibían los ciudadanos ha cambiado de forma radical en estos últimos 20 años, y seguramente lo hará a una velocidad aún más grande en los próximos decenios. Ahí tribus urbanas, digitales, que se articulan por las redes sociales con una rapidez impensable en otras y que no necesariamente sienten la nación como su prioridad vital como en otras épocas.
 
España a través de su descentralización administrativa acelerada – y sin planificación alguna- ha permitido se vuelvan a crear antiguas demarcaciones administrativas como en la época de as monarquías compuestas con competencias de gestión pública enormes, y también ha creado nuevas regiones uniprovinciales y la partición de antiguos reinos de dudosa existencia previa, pero que van cuajando en las creencias y hábitos de sus administrados. La historia va creando nuevas estructuras y creencias.
 
El nacionalismo como perversión.
Puede existir un nacionalismo de corte liberal, legalista, que respeta la libertad del individuo, que permite la diversidad, basado en la ley y sin olvidar la historia ni la tradición.
 
Sin embargo en la perversión del “nacionalismo” como ideología consiste en  que llevado al extremo el sofismo del “autogobierno”, por ese principio una calle de una población cualquiera podría reivindicar su derecho a “autogobernarse” o independizarse, tal y como hemos visto en estos últimos meses en España.
 
Es el nacionalismo  una ideología de un simplismo y con carencia de hondura intelectual sin límite, pero quizás por eso ha triunfado: la prédica del mismo genera adeptos dispuestos a luchar por supuestos “agravios históricos” del vecino, incluso de la calle de al lado, o del vecino del 5º si fuera necesario. 
 
Me decía hace unos meses un miembro de una fundación que busca preservar la unidad de España, que el objetivo de su Fundación era que los españoles valoraran la diversidad que permite nuestra estructura política actual. España es una moderna y estable monarquía constitucional donde el rey no tiene poderes ejecutivos.
 
En ella la suma de diferentes regiones y diferentes culturas suma a la unidad de España. En cierto modo el objetivo es consolidar una recuperación de la noción de territorios que suman a la Unión. Una versión española del  estadounidense “de pluribus unum”.
 
Y es que aunque en líneas generales los últimos decenios han sido magníficos para España  a pesar de grandes manchas como el terrorismo nacionalista vasco, existen riesgos de involución. Es una paradoja: mientras España ha renunciado a promover el nacionalismo español excluyente desde el gobierno central, en cambio no ha evitado que ciertas regiones en su seno prediquen esa ideología y siembren la discordia entre los pueblos de España.
 
La noción de que el paso de los siglos implica una mejora en el gobierno del mundo ha sido muchas veces falsa, con grandes involuciones y revoluciones. Muchas de ellas han supuesto un retroceso inimaginable de la libertad y en la economía, aunque invocaran una supuesta liberación del yugo previo.
 
Pero no hay que perder el optimismo. A pesar de las turbulencias hay una mejora generalizada del gobierno en el siglo XXI en gran parte del planeta. En parte se debe a la mayor movilidad de los habitantes del planeta, a las redes sociales y a los teléfonos móviles
 
Estos dispositivos permiten transmitir fotos y videos en tiempo real. Los documentos pueden mostrar crímenes y e injusticias –o bellezas arquitectónicas y buenas obras- a través de un pequeño ojo “divino” que nos muestra realidades más allá de los mitos o creencias.
 
Es cierto que existe el riesgo de las noticias falsas y de las injerencias extranjeras o de aquellos que quieren desestabilizar las estructuras, pero con el tiempo acaban siendo desenmascarados.
 
El ser humano siempre busca “soluciones” aun a costa de provocar retrocesos.
 
El ser humano no es matemático. Tampoco lo es el lenguaje. No es coincidente la visión de lo que significa el avance y el progreso. Los que creemos que no hay progreso sin libertad individual ni progreso económico combinados vemos en el nacionalismo antiliberal del siglo XXI una posible vuelta atrás y un empeoramiento de las condiciones de vida.
 
En este sentido, un riesgo a no desdeñar lo constituyen los denominados “nacionalismos periféricos” existentes en España. Son de ámbito totalitario como el nacionalismo catalán o el vasco. Siguen vendiendo modelos rancios de nacionalismo excluyente en pleno siglo XXI, ayudados por una pléyade digital y medios de comunicación que no descansan en su mensaje trasnochado, pero que mantiene adeptos creyentes que no atienden a razón alguna.
 
Una nación abierta como la española, o como aquellas que componen la Unión Europea no debe olvidar su pasado. España como primera potencia del planeta tierra durante 333 años -desde1492 hasta1824- debe recordar que esa potencia vino de la suma de diferentes territorios, y culturas para sumar a una idea común de pertenencia, y de unos principios legales heredados del Imperio Romano que dejaban claro el marco normativo y de gobierno.
 
Pero una España abierta, diversa, que ha recuperado en los últimos 40 años esa noción de coexistencia de liberalismo y de foralismo regional,   no debe claudicar ante los herederos de lo más rancio del nacionalismo del siglo XX  como el totalitarismo catalán, que arremete para desestabilizar España y la Unión Europea, que son unos espacios de libertad
 
El mundo digital ha demostrado que a pesar de las ventajas de ver imágenes y testimonios en directo de otras partes de España y del plantea, la naturaleza humana es la misma y tiende en muchos caso más a la creencia y a lo preconcebido, que al conocimiento.
 
Que entremos en un nuevo ciclo de post-nacionalismo tras el espectáculo cerril y pueblerino que ha rebrotado con la crisis económica en el siglo XXI depende de los propios españoles. Que los estados de la Unión Europea sigan siendo países basados en el respeto al individuo,  depende de la concienciación de las instituciones españolas y europeas.
 
Toda estructura como las naciones-estado o la Unión Europea han de defenderse de las agresiones, y deben ser capaces de frenar  las involuciones y desintegraciones que recurrentemente aparecen, coincidiendo con momentos de crisis económicas o de vacío intelectual.
 
Los “estados” o países miembros  deben buscar un  difícil equilibrio:  de las instituciones de la  Unión Europea con los gobiernos centrales de los estados miembros, y a su vez de los gobiernos centrales con las administraciones regionales y locales para aplicar el “principio de subsidiariedad” . Este principio rector de la UE significa que la administración más cercana preste el servicio al ciudadanos, Esto sin embargo ha de hacerse pero sin permitir que esas administraciones locales y regionales como la Generalitat suplanten a los estados. El riesgo de fragmentación debilitaría a todo el continente. 
 
En el caso español,  únicamente poniendo cerco a los excesos nacionalistas excluyentes de los poderes regionales  que se han tolerado en los últimos decenios se podrá entrar en un verdadero ciclo de post-nacionalismo.
 
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